2024-03-31

La urbe paceña está en emergencia después de ocho años

Temor en La Paz: De la cultura del riesgo a la insuficiente prevención

Siete muertos, seis ríos desbordados y la declaratoria de Alerta Roja son el resultado de los daños dejados por las persistentes lluvias en la ciudad de La Paz.

Tras las ríadas, en la zona Sur el panorama fue desolador. En días, los ríos se llevaron muros, casas, vehículos y calles enteras. En Caliri, Callapa, Aruntaya, Irpavi, Achumani, Gramadal, Aranjuez y Amor de Dios, los vecinos aún no duermen a la espera de que las lluvias pasen completamente. Su temor no es para poco.

Desde enero hasta marzo, las lluvias cobraron la vida de siete personas, generaron 4.767 emergencias atendidas por la Alcaldía de La Paz, desbordaron seis ríos y pusieron en Alerta Roja a todo el municipio. Vecinos, expertos y autoridades -actuales y pasadas- apuntan a diferentes factores, además del  récord en lluvias. 

Dos sobresalen y resumen los demás: una prevención insuficiente y la cultura del riesgo generada por los habitantes.

“Si bien la Alcaldía hizo labores de prevención, no fueron  suficientes, lo vemos en todos los sectores donde hay afectaciones por remoción en masa, deslizamientos y desbordes de ríos, entre otros”, se lee en  el pronunciamiento del Colegio de Geólogos de Bolivia.

El Sur en emergencia

“Era una pesadilla, había un sonido muy fuerte. El agua se llevaba todo y a la vez nos botaba montañas de tierra y piedras”, relata doña Patricia, vecina de la zona Amor de Dios.

Lleva unos guantes de trabajo y los zapatos llenos de lodo. Junto con otras vecinas,  llena pequeños sacos con arena que acomoda frente a su puerta a modo de muro defensivo. 

A unos pasos de Patricia y sus vecinas,  operan tractores para levantar el material de arrastre que dejó el río, bomberos ayudan a evaluar los daños y obreros sacan agua de las casas inundadas.  

En la urbanización Amor de Dios, el agua se llevó parte de las jardineras y el parque.       Foto: LENY CHUQUIMIA / VISIÓN 360

Entre la noche y la madrugada del 12 y 13 de marzo, el desborde del río La Paz terminó de llevarse las áreas verdes que hacían de franja de seguridad a las zonas Amor de Dios y Gramadal. La avenida Hernán Siles, que conecta la urbe con Mallasa, Mallasilla y Jupapina, quedó intransitable por segunda vez en menos de una semana.

Y es que la emergencia por los desbordes no empezó esa noche, sino en febrero. “Son varias noches que los vecinos no dormimos. Días  antes, el agua entró a las casas”, dice el vicepresidente de la zona Amor de Dios, Jorge Cusicanqui.

El río La Paz recibe las aguas del Choqueyapu y de todos los ríos de la zona Sur, entre ellos el Irpavi, Aruntaya y Achumani. Todo lo que pasa en estos repercute y se repite en el primero, incluidos los desastres.

“El río vino con fuerza, entró a las casas, levantó el asfalto. Por la ventana vi  cómo se llevaba  los autos con gente adentro”, relata María Renjel, vecina de Achumani y también concejal suplente de La Paz.

Bomberos voluntarios ayudan a los vecinos a hacer defensivos.    Foto: LENY CHUQUIMIA / VISIÓN 360

El desborde del río Achumani ocurrió la madrugada del 9 de marzo. Se salió de su cauce entre la calle 45 y la calle 42.  Seis días después, Visión 360 constató que el material de arrastre bajó hasta la calle 22.

En Irpavi, todas las calles se encontraban llenas de tierra y arena. Allí el problema empezó a mediados de febrero. El río que divide Irpavi II y Callapa se llevó muros de contención y las zapatas de varias edificaciones. De dos sólo quedaban ruinas.

“Estamos preocupados ante lo que aún pueda pasar. No sólo es la lluvia, son los loteadores, las constructoras, los límites”, dice la presidenta de la junta vecinal de la Urbanización Aruntaya,  Judith Cardozo.

¿Hubo prevención?

El 19 de febrero de 2002, una tormenta de granizo azotó la ciudad de La Paz. 68 personas murieron y otras 14 desaparecieron. Hubo deslizamientos, inundaciones y varias viviendas del centro colapsaron. 

Se dijo que ocurrió un desastre natural. Sin embargo, el análisis mostró que gran parte de la emergencia se debió a la vulnerabilidad estructural y la falta de prevención. Lo ocurrido fue una lección. La Paz aprendió y empezó a trabajar en gestión de riesgos, para que algo así no vuelva a pasar y si ocurre, encuentre una urbe preparada. 

Lo que muchos se preguntan es: si la lección fue aprendida, entonces  ¿qué pasó este año? 

La avenida Hernán Siles quedó intransitable tras la emergencia, se perdió parte de la vía.  Foto: LENY CHUQUIMIA / VISIÓN 360

Mientras limpian y rehabilitan sus barrios, los vecinos  coinciden en algo: no hubo una buena prevención. En Amor de Dios dicen que hace dos años que no se limpia el río; en Achumani observan que, para este año, ni siquiera se presentó el Plan de Emergencias; en Irpavi cuentan que sólo hubo una limpieza de cunetas y sumideros.

“Es claro que no hubo una buena prevención, por no decir ninguna”, sostiene el ex director del Retén de Emergencia en 2002, Freddy Miranda. “La muestra es el gran material de arrastre que estamos viendo en las calles. Eso debió limpiarse con topadoras durante la época seca y ya entradas las lluvias”, dice a Visión 360.

Por su experiencia sabe que para evitar estos problemas es necesario tener un trabajo integral. Se requieren profesionales especializados, pero también que conozcan a la perfección cómo funciona la ciudad, sus ríos, sus quebradas y sus zonas de riesgo, lo que sólo se gana con la experiencia y la relación con los vecinos, que son quienes saben cuándo aparece la menor señal de peligro.

“Piensan que estamos locos, no nos escuchan, pero los vecinos conocemos nuestro lugar. Desde hace días pedimos que draguen en ciertos lugares del río, pero no nos hacen caso. Antes conocíamos a todos los de emergencias, nos atendían personalmente, ahora a nadie”, dice una de las vecinas que pide mantener su nombre en reserva.

Conferencia de prensa del alcalde Iván Arias.    Foto: LENY CHUQUIMIA / VISIÓN 360

El alcalde Iván Arias señaló a los medios de comunicación que los trabajos se realizaron y que el problema fue la gran cantidad de lluvias. Afirmó que hay 180 maquinarias desplazadas en diferentes puntos y que llevan 32 días trabajando en los ríos.

“Los vecinos dicen que no hubo maquinaria, pero hemos ido a la Subalcaldía Mallasa  y afirman  que tienen los registros de todos los trabajos. Lo que sabemos es que fueron las lluvias más fuertes en 30 años. Habría que ver qué pasó entonces para ver qué falló”, dice Cusicanqui.

El 13 de marzo, Visión 360 acudió hasta la Secretaría de Resiliencia para consultar al titular, Sergio Palma, sobre los trabajos de prevención realizados. Indicó que no respondería a ninguna pregunta porque no tenía tiempo.

Ese día, entre el personal que se encontraba en el Sistema de Alerta Temprana, se halló a  un par de funcionarios que trabajan ahí desde la creación de esta unidad en 2009. Del resto, aunque son profesionales muy especializados, tal como corroboraron después  en el programa radial del alcalde, fueron contratados  entre dos años y un mes atrás.

Emergencia después de 8 años

En 2016, el Fenómeno del Niño puso en alerta al municipio de La Paz, que se preparó para recibir la época de lluvias más extrema vista hasta ese momento. Se destinó presupuesto, se concientizó a la población, se reforzó el plan de emergencias y se anticipó y redobló la limpieza en las cabeceras de los ríos para poner a la urbe en el mayor resguardo posible. 

Sin embargo, las lluvias no llegaron y la ciudad se quedó sin agua en 64 barrios de la ladera Este y la zona Sur, dos de sectores que hoy sufren los desbordes de los ríos. Esa fue la última ocasión en la que La Paz se declaró en Estado de Emergencia.

“Si hablamos de lluvias, no habíamos visto un evento de esta magnitud hace muchos años. Uno similar ocurrió en 1994. Las lluvias este año tardaron en llegar y tal vez por eso se pensó que esta vez no era necesario redoblar la prevención”, dice Renjel desde Achumani.

El  Sistema de Alerta Temprana municipal funciona las 24 horas del día.  Foto: LENY CHUQUIMIA / VISIÓN 360

En Amor de Dios sostienen  que la última vez que hubo una emergencia similar fue en 2002. En Irpavi, el recuerdo es más reciente. Con tristeza hablan del megadeslizamiento de 2011, “al otro lado del río”. Aunque varios barrios desaparecieron no hubo  pérdidas humanas.

“Este año, al frente, en Callapa, se perdió una avenida y en Caliri algunos ya dejaron sus casas. Un operador murió”, relata uno de los vecinos. 

Desde que las lluvias se intensificaron, al menos siete personas perdieron la vida. Dos de las víctimas fueron arrastradas por los ríos Aruntaya y Achumani el 4 y 9 de marzo. Una tercera muerte se produjo el 13, cuando un obrero bombeaba el agua que ingresó a una de las viviendas en la zona Amor de Dios. 

El resto de las víctimas eran una niña, una adolescente y dos adultos. Fallecieron en distintos puntos del municipio, enterrados bajo un deslizamiento o un muro colapsado.

“Todas estas muertes se pudieron evitar. Por años tuvimos un buen soporte en temas de gestión de riesgos, en 2016 incluso la ONU nos reconoció como una Ciudad Modelo. La misma Alerta Roja se dio después de muchos años”, dice la ingeniera geóloga y especialista en gestión de riesgos, Solangel Murillo.

Si bien las autoridades ediles insisten en que el principal problema fueron las lluvias, estas no llegaron sin aviso. Cada año, la época de lluvias es más intensa entre enero y febrero, con diciembre como un buen referente de lo que ocurrirá en esos meses.

Dos meses antes de los desbordes, el 16 de diciembre de 2023, la misma Alcaldía alertó que sería el diciembre más lluvioso en 30 años. Según sus datos, sólo en la primera quincena “se superó la precipitación mensual normal de 87,5 mm” con “101 mm”.

Murillo confirma que hubo una precipitación récord, pero también aclara que no es la primera vez que la ciudad es azotada por fenómenos de este tipo.

Una urbe complicada sin un mapa de riesgos actual

La Paz es un valle de alta montaña, ubicado al pie de la Cordillera Oriental y el Altiplano. Por su territorio corren tanto aguas subterráneas como las del deshielo y forman los más de 360 ríos sobre los que se construyó toda la ciudad.

La cordillera alimenta al Choqueyapu, Orkojahuira, Irpavi, Achumani, Huayñajahuira y La Paz. Los seis que pusieron en alerta al municipio. Si bien en época seca descienden sin material de arrastre, cuando llueve arrasan todo a su paso: el suelo, la tierra removida por las construcciones, escombros dejados en las quebradas y la basura. 

En Achumani, como en gran parte de la ciudad, se desechan escombros y basura.  Foto: LENY CHUQUIMIA / VISIÓN 360

“Estamos a 3.600 metros sobre el nivel del mar, mientras que el río Beni (donde desembocan estos ríos) está a unos 100 o 200 metros. Esta diferencia de altura significa que en la cabecera, donde está la ciudad, hay una erosión muy incisiva. Esta es la explicación del dinamismo externo que tienen los suelos de nuestra ciudad y su hidrología, eso hace que sea tan complicada”, explica Murillo.

En la urbe paceña, añade, el 90% del territorio es suelo no consolidado blando y solo el 10% es roca dura. Pero, el tipo de suelo, por sí solo, no hace que todo el territorio sea inseguro, el riesgo viene de todo lo que lo rodea, montañas, quebradas… ríos.

“Para eso sirve el Mapa de Riesgos, debe dar información sobre qué tipo de suelos hay, si hay asentamientos en las zonas peligrosas, cuántos pisos se puede construir en ciertos sectores, cuántos ríos hay, cuánto debe medir su franja de seguridad en ambos lados o qué tipo de actividades se desarrollan en ellos”, explica Miranda.

Al respecto, Murillo indica que no hay una normativa que establezca cada cuánto debe actualizarse este documento. Sin embargo, los especialistas recomiendan que en ciudades como la nuestra -con amenazas, ríos y movimientos en masa- el lapso debe ser de  cinco años. 

“Es un tiempo en el que los sectores pueden cambiar ya sea para bien, porque se hicieron obras de estabilización, o para mal porque no hubo intervención y aparecieron más factores que incrementan el riesgo. Es una herramienta muy confiable para definir dónde hacer las inversiones para la gestión de riesgos”, detalla la geóloga.

El Mapa de Riesgos de La Paz data de 2011 y lleva 13 años sin ser actualizado. En este se identificaron 36 zonas rojas de alto riesgo en las que ya figuran muchas de las zonas que están en emergencia.

“Sin la actualización, la Alcaldía trabaja sin un norte estratégico, casi a ciegas. No tiene conocimiento si hay o no población en las cabeceras de ríos o si hay movimiento de tierras que afecten a otras zonas”, afirma el concejal Javier Escalier.

Añadió que en noviembre de 2022, el ejecutivo municipal se comprometió a presentar el nuevo Sistema de Gestión Integral de Riesgos, Amenazas y Vulnerabilidades (Sigrav) para la actualización continua del Mapa de Riesgos en 14 meses. El plazo venció el pasado 29 de febrero.

Vivir construyendo el riesgo

La Paz creció rápidamente por diferentes motivos, como la migración del campo a la ciudad, la relocalización minera, el movimiento económico y otros incentivos para la búsqueda de espacios para habitar. 

Nuevos barrios treparon los cerros, tomaron los linderos del río y desafiaron las quebradas. No importó que a su paso acabaron emplazando sus edificaciones en sitios de alto riesgo.

Obreros estabilizan un garaje tras el desplome de una plataforma en la zona Gramadal. Foto: LENY CHUQUIMIA / VISIÓN 360

“Las construcciones proliferaron mucho antes de que la urbanización pudiera ser planificada. Al ser una ciudad tan compleja en su dinámica externa y susceptible de deslizamientos y derrumbes, mucha gente quedó expuesta. A esto se llama la construcción del social riesgo”, explica Murillo.

Esta situación hace que los paceños estén acostumbrados a vivir sobre estos fenómenos y contribuyen al problema. Y es que la cultura de riesgo no sólo se ocupa de datos o de estudios técnicos, sino de la educación, de conocer las amenazas y de buscar asesoramiento para construir de forma segura.  

“Los ciudadanos no estamos tomando conciencia de esto. En casi todos los ríos de la zona Sur tenemos asentamientos que alteran los trabajos de prevención que debe hacer la Alcaldía”, explica Cardozo, dirigente vecinal.

Los ríos Aruntaya e Irpavi son el claro ejemplo de ello. Varias familias compraron terrenos en el sector con el fin de realizar edificaciones que no siempre son legales. A precios más asequibles, adquirieron espacios sobre el río o las áreas verdes e inestables. 

Al ver más difícil la obtención de permisos por parte de la Alcaldía de La Paz, muchas personas optan por solicitarlos en  Palca, que reclama como propia gran parte de la zona Sur. Pero si bien emite los permisos, no realiza ningún control ni  da atención ante alguna emergencia.

Parte del cementerio de Ovejuyo se deslizó dejando algunos cuerpos al descubierto.   Foto: LENY CHUQUIMIA / VISIÓN 360

No sólo se trata de familias, sino de empresas constructoras y hasta clanes de avasalladores. Por ejemplo, Irpavi I e Irpavi II están divididos por un cerro. La franja que los divide es una pendiente, casi vertical, que en la Ley de Uso de Suelos del municipio está calificada como una zona no edificable. Sin embargo, en los últimos años, los asentamientos avanzan a contrarreloj. 

Se levantan edificios de varias plantas con sistemas de alcantarillado inexistentes que descargan sus aguas al cerro. Los propietarios no sólo tienen folios reales, sino, permisos de construcción de Palca.

“Tenemos estos problemas irresueltos. Los dirigentes vecinales estamos en una lucha para aportar a la prevención, pero mientras la gente no tome conciencia no podremos avanzar mucho”, finaliza Cardozo. 

Han pasado varios días desde el desborde de los ríos. En la zona Sur no hay calle que esté limpia de las huellas de la emergencia. En todas queda un rastro de lodo que se funde con pequeños riachuelos que aún escurren sobre el asfalto.

Sacos de arena se amontonan en las calles cercanas a los ríos, con la esperanza de que detengan un posible nuevo desborde.

Habitantes de Mallasa y otras localidades caminaron por el cerro para ir a sus hogares. Foto: LENY CHUQUIMIA / VISIÓN 360

 

 

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