2024-12-29

Mirada pública

De Moscú a La Habana, con periplos interminables: la diplomacia de las millas

Con solo citar estos tres escenarios, queda claro que la diplomacia boliviana ha acumulado muchas millas y pocas soluciones.

Termina el 2024 y evaluar los logros de la diplomacia boliviana parece más un acto de indulgencia que un ejercicio serio de análisis. La canciller Celinda Sosa, incansable en sus empeños, ha hecho de los aviones su principal herramienta de trabajo. Moscú, Nueva York, Caracas, La Habana… la lista de destinos es tan extensa como las millas acumuladas. Sin embargo, la aritmética de los vuelos no siempre se traduce en resultados.

En su primer año de gestión —o, más bien, de permanencia en el cargo—, Sosa ha recorrido medio mundo: unas veces para leer discursos ajenos y, otras, como figura ornamental en escenarios donde la batuta la llevó el presidente. Este frenético ir y venir ha dado la impresión de un esfuerzo por visibilizar a Bolivia, aunque sin una estrategia clara más allá de llenar agendas.

En los pasillos diplomáticos y políticos, no faltan quienes aseguran que la insistencia en enviar a la canciller a cuanto evento internacional exista obedece más a la necesidad de camuflar su falta de formación internacional que a una verdadera política exterior. Todo esto por la obstinación del presidente Luis Arce de tener a cabeza de esa cartera de Estado a un (a) representante del sector indígena en el cargo, aunque en este caso la elección ha resultado un desafortunado espejismo. Sosa, oriunda de Yesera, Tarija, no pertenece auténticamente al grupo indígena originario campesino, y el atuendo de “chola chapaca” no ha sido más que una absurda fachada.

En cuanto al manejo de la política exterior, Bolivia completó en junio de 2024 la fase formal para su adhesión al MERCOSUR. El siguiente paso, aún en curso, es la elaboración de un cronograma para incorporar el acervo normativo del bloque, acumulado durante tres décadas de historia. Sin embargo, muy poco se ha avanzado.

El gobierno, en lugar de priorizar los requisitos de la adhesión, optó por realizar un taller de “socialización” sobre el MERCOSUR en las ciudades del eje, dejando a otros departamentos fuera de la discusión. El contenido de estas jornadas no pudo ser más básico: historia del bloque, composición y tareas generales, casi como si se tratara de una clase introductoria de integración para estudiantes de secundaria.

La realidad es que se necesita un cronograma serio, con fechas y detalles claros sobre las modificaciones económicas y jurídicas necesarias para cumplir con las exigencias hacia la efectiva membresía plena en el MERCOSUR. Todo indica que el plazo de 180 días asignados por la organización a esta primera tarea será incumplido, ya sea por falta de genuino interés en el bloque o por la incapacidad profesional instalada en la Cancillería. Y como el ministerio se rehúsa a brindar información, incluso tras solicitudes formales, la sospecha crece.

Mientras tanto, la oposición también se mantiene dividida. Algunos sectores rechazan la adhesión al MERCOSUR argumentando que el enorme déficit comercial con el bloque, que supera los 40 mil millones de dólares en dos décadas de intercambio, según el IBCE, es un obstáculo insalvable en el mediano plazo. Más preocupante aún, temen que Bolivia pierda soberanía en futuras negociaciones comerciales con terceros países o bloques, al tener que consensuar cualquier acuerdo con todos los miembros del grupo.

Por otro lado, este año también Bolivia hizo acto de presencia en los BRICS, consiguiendo el estatus de “Estado Asociado”, una figura tan nebulosa que ni los propios organizadores han podido explicar. La incorporación de Bolivia al grupo de economías emergentes se decidió en cuestión de horas, tras el bloqueo de Brasil al ingreso de Venezuela. En un giro inesperado, llamaron a Luis Arce para completar la cuota latinoamericana. De inmediato, Arce ordenó el viaje del avión presidencial a Kazán, Rusia, donde apenas logró articular un discurso destacando la participación boliviana. Allí ya se encontraba Celinda Sosa, aunque la información gráfica de Cancillería solo la mostró degustando manjares rusos.

El gobierno del MAS parece decidido a respaldar a Moscú en cualquier foro internacional, incluso a costa de ignorar el mandato constitucional de promover el pacifismo. Este alineamiento automático con Rusia y otros socios del BRICS deja en el aire las verdaderas implicancias del nuevo estatus boliviano en el bloque.

Finalmente, en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América - Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), el panorama no es más alentador. La organización, que celebró su XXIV cumbre en Caracas este diciembre, sigue siendo una estructura vacía de logros concretos. Tras 20 años, sus miembros apenas se animaron a proponer, como objetivo hacia 2030, la creación de una Agencia de Cooperación y Desarrollo, que por ahora no pasa de ser una declaración de intenciones.

La precaria situación económica de los países del ALBA, grupo que reúne a lo más conspicuo de las autocracias de la región —con Bolivia como la única excepción, aparente—, no augura un futuro prometedor. Sus integrantes están más enfocados en buscar salidas a sus crisis internas que en redefinir la postura geopolítica del bloque.

Con solo citar estos tres escenarios, queda claro que la diplomacia boliviana ha acumulado muchas millas y pocas soluciones. Los viajes continúan, pero los resultados siguen sin despegar, como si aguardaran resignados el inexorable cambio que, tras las elecciones generales del 2025, podría liberarlos del oprobio. Sin embargo, queda una oportunidad invaluable: rediseñar la política exterior con objetivos claros y equipo técnico capacitado que priorice resultados tangibles sobre las apariencias. El mundo sigue esperando una Bolivia más proactiva y coherente en los foros internacionales.

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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