2025-03-26

Las celdas del miedo: el poder punitivo que encarcela inocentes

Hasta que eso cambie, muchos seguirán preguntándose entre rejas: ¿Soy inocente? Sí, pero ¿volveré a ver a mi familia?

"En Bolivia, la justicia no se busca, se compra. La inocencia no se presume, se negocia. La libertad no es un derecho, es un privilegio reservado para quienes pueden pagarla."

Las celdas de la policía boliviana no son solo habitaciones de cemento y rejas oxidadas. Son fosas donde se entierran las esperanzas, donde el tiempo se vuelve un castigo sin sentencia, donde el aire se siente pesado y la incertidumbre se convierte en la única certeza. Ahí, en esos cuartos donde la luz apenas entra, no importa si eres culpable o inocente, importa si tienes dinero o contactos.

El poder punitivo del Estado, encarnado en su brazo policial, debería ser el instrumento que garantice el orden y la seguridad. Pero en Bolivia, ese brazo se ha convertido en un puño que golpea sin preguntar, en un mecanismo de represión que no distingue entre justicia y abuso. Aquí, la ley no es la medida de los actos, sino el precio de la corrupción.

El miedo a la policía en Bolivia no es infundado; es una certeza construida con experiencias, con historias de abuso, con la angustia de quienes han sido privados de libertad sin razón. Las estaciones policiales no son refugios para la ciudadanía, son trampas donde la inocencia no significa nada. Puedes entrar por una simple denuncia, por un error administrativo, por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado… y entonces comienza la verdadera pesadilla.

Las celdas son espacios diminutos y oscuros donde el tiempo deja de existir. La comida llega fría y en porciones miserables. No hay derecho a una llamada inmediata, no hay respuestas, solo silencio o amenazas. “¿Soy jilí? ¿Realmente tendré justicia?” se preguntan los detenidos, con la voz quebrada y el alma rota. Porque la pregunta real no es si son inocentes, sino si alguien los escuchará.

En Bolivia, la presunción de inocencia no existe. Si un policía decide que eres culpable, lo eres. No importa si tienes pruebas, si tienes testigos, si la lógica está de tu lado. Importa si puedes pagar la fianza que nunca debería existir, si puedes entregar el dinero suficiente para que el expediente se pierda en un escritorio, si puedes comprar el favor de quien se supone que debe impartir justicia.

Las celdas policiales son el reflejo más crudo de un sistema donde el poder punitivo es un negocio. En cada esquina, una patrulla no busca delincuentes, busca clientes. En cada operativo, el miedo de los inocentes es más grande que el de los verdaderos criminales. La policía no protege, negocia. No investiga, acusa. No resguarda, persigue.

Las cárceles están llenas de pobres, de gente sin influencia, de aquellos que no tuvieron la suerte de encontrar un juez con un mínimo de ética. Mientras tanto, los verdaderos delincuentes, los que corrompen el sistema desde dentro, siguen en sus despachos, con sus uniformes impecables y sus bolsillos llenos. Porque en Bolivia, la justicia no es ciega, tiene el ojo bien abierto cuando hay dinero de por medio.

Pero la historia nos dice que ningún abuso es eterno. Que ningún poder basado en la injusticia dura para siempre. Que cuando el miedo se convierte en rabia, la opresión se convierte en resistencia. Bolivia no puede seguir siendo un país donde la ley es solo una excusa para la represión y donde la justicia es un privilegio en lugar de un derecho.

Hasta que eso cambie, muchos seguirán preguntándose entre rejas: ¿Soy inocente? Sí, pero ¿volveré a ver a mi familia?

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

Temas de esta nota
Te puede interesar