2025-04-08

Raíces de Justicia

El pluralismo no puede ser un discurso vacío, ni una fórmula electoral: debe ser una práctica concreta, con recursos, con reconocimiento, con poder de decisión real.

“Antes de que existiera la ley escrita, ya latía en los pueblos la justicia como memoria, como herencia, como dignidad.”

Pensar en justicia e historia no solo es posible, sino necesario. En Bolivia, la historia del Derecho no comienza con la república ni con la codificación de normas escritas. Comienza mucho antes, en los tejidos comunitarios de los pueblos originarios, donde la justicia se practicaba como una forma de vida colectiva, como una ética del equilibrio, de la palabra y de la tierra. El pluralismo jurídico no es una novedad, es un retorno: el reconocimiento —a veces sincero, a veces instrumental— de que existen múltiples formas de administrar justicia, legítimas y vivas, más allá del derecho estatal.

El Derecho Indígena Originario Campesino no se funda en la sanción, sino en la reparación. No separa la ley de la ética ni a la comunidad del individuo. Es un derecho con rostro humano, con memoria, con raíces. Basado en principios como la reciprocidad, la complementariedad y la solidaridad, ha regido la vida de millones de personas mucho antes de que la Constitución lo reconozca. Por eso, cuando en 2009 se consagra el pluralismo jurídico igualitario, el Estado no crea nada: apenas reconoce lo que siempre existió.

Sin embargo, esa consagración tuvo matices. El Movimiento al Socialismo supo articular el discurso del pluralismo desde lo simbólico y lo político, pero también lo usó para legitimar su proyecto de poder. Así, lo que debía ser una emancipación jurídica se tornó, en algunos casos, en una forma de cooptación. Aun así, el avance fue significativo: el derecho indígena dejó de ser invisible y comenzó a ocupar espacios institucionales, aunque muchas veces subordinado a lógicas estatales.

Hoy, más que nunca, es fundamental entender que el pluralismo jurídico no es una concesión multicultural ni una simple coexistencia de sistemas. Es una apuesta política por la dignidad, una oportunidad histórica para que el Estado aprenda a escuchar, a dialogar, a reconocer otras formas de verdad jurídica. Significa, en esencia, que el Derecho puede ser profundamente humano, si se atreve a mirar más allá de sus códigos.

Muchos aún temen que el pluralismo jurídico debilite la unidad del sistema legal. Pero ese temor nace del desconocimiento. La justicia indígena no compite con la justicia ordinaria; la complementa, la desafía, la enriquece. Es en esa tensión —y no en la imposición de una sola visión— donde se puede construir un verdadero orden jurídico justo y plural.

La historia del Derecho boliviano aún está en deuda con sus raíces. No basta con constitucionalizar el pluralismo; es necesario garantizar su ejercicio pleno, libre de tutelajes y estigmas. Porque mientras sigamos viendo al derecho originario como algo menor o exótico, seguiremos negando la historia de millones. El pluralismo no puede ser un discurso vacío, ni una fórmula electoral: debe ser una práctica concreta, con recursos, con reconocimiento, con poder de decisión real.

Reencontrarnos con la justicia que nace de la comunidad es, tal vez, el acto más revolucionario que nos queda. Porque solo allí, en lo profundo, aún arde la llama de una justicia que nunca fue vencida, solo ignorada. Y tal vez, en esa llama, se encuentra la posibilidad de reinventar el Derecho para que sea, finalmente, justo para todos.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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