Nos hace falta una estrategia integral para negociar con Chile
Hay sectores de la opinión pública boliviana que sostienen que lo mejor es descontar el peso del pasado en nuestra relación con Chile y reponer relaciones amistosas y normales como con cualquier otro país vecino.
No dicen que haya que ignorar la historia o que haya que olvidar las consecuencias sufridas por nuestro país por la derrota de la Guerra del Pacífico. Simplemente sostienen que es hora de relegar esas consideraciones y de dar paso a la apertura de una relación que no las tome en cuenta.
Otros sectores de nuestra opinión pública sostienen por el contrario que nuestra relación con Chile debe estar signada principalmente por la aplicación de presiones encaminadas a lograr que Chile nos conceda un puerto útil y soberano en Arica. Estos sectores subordinan el mejoramiento del acceso al Puerto de Arica y otras cuestiones prácticas al objetivo histórico que consideran primordial.
Los primeros tienen razón si lo que dicen es que nuestra reivindicación histórica de por sí no es una estrategia bien pensada. Tienen razón si observan que muchas veces esa reivindicación no es otra cosa que una expresión pasional de dos heridas abiertas: la del vencido que no logra procesar su derrota y la de nuestra identidad fragmentada por el despojo chileno.
Estas fuertes emociones hacen difícil el desarrollo de una estrategia racional, capaz de mejorar de una manera práctica nuestro acceso a las facilidades del Puerto de Arica. En lo que se equivocan los primeros es en ignorar el peso negociador que pueden tener los argumentos soberanistas en apoyo de objetivos prácticos inmediatos.
Los segundos tienen razón si están de acuerdo que el argumento soberanista puede coadyuvar en negociaciones cuyo objetivo principal no sea recuperar un puerto útil y soberano, sino mejorar el acceso de nuestras mercaderías al Puerto de Arica, aprovechar los aspectos complementarios de nuestras economías, de nuestras posiciones geográficas complementarias y hacer todo lo que buenos vecinos deben hacer para relacionarse.
Donde se equivocan los segundos es en plantear que no debe hacerse nada a menos que se haya logrado avanzar en el objetivo de lograr que Chile nos conceda un puerto útil y soberano en Arica. Se equivocan también cuando piensan que en vez de negociar debemos imponer nuestras condiciones.
Lo que nos hace falta es el desarrollo de una estrategia integral que mejore nuestra posición negociadora sobre temas prácticos inmediatos, sin abandonar el peso que le puedan dar a esas negociaciones nuestras reivindicaciones históricas.
El periódico El Deber de Santa Cruz observa muy atinadamente en su editorial del 4 de marzo que:
“… una gestión simultánea de Paz y Kast ofrecería una ventana de oportunidad para descomprimir la relación Bolivia–Chile y avanzar en áreas concretas de cooperación. Pero el éxito de ese acercamiento dependería menos de la afinidad ideológica que de la capacidad política para administrar expectativas, reconocer límites históricos y construir confianza sin atajos. La historia bilateral demuestra que las coincidencias de gobierno pueden abrir puertas; cruzarlas con inteligencia es otra tarea.”
La inteligencia que debemos aplicar en este caso consiste en maximizar nuestras ventajas negociadoras y minimizar nuestras desventajas. Esto es lo que Chile hace y por eso es que tiende a salir ganador de toda situación negociadora.
Conclusiones
El Presidente Rodrigo Paz y su Canciller Fernando Aramayo tienen que asegurarse que los chilenos no se aprovechen de la propuesta de reponer embajadores. Les toca obtener alguna ventaja práctica antes de festejar esta decisión.
Sería lamentable recaer en la repetida rutina de que la parte chilena se retira de compromisos concertados y nos obliga a romper nuevamente relaciones a nivel de embajadores.
Lo primero que los negociadores chilenos tratarán de establecer es que no queda nada pendiente en nuestras relaciones. Sostendrán que su victoria militar les concede todos los derechos y que al mismo tiempo las consecuencias negativas de esa victoria para Bolivia y el Perú se deben olvidar.
Lo primero que le toca verificar a nuestra parte es si la cancillería chilena bajo el Presidente Kast asume posturas duras contra Bolivia o si las ablanda. No es conveniente abrir este primer contacto con ofertas gratuitas que Chile aceptará feliz siempre y cuando no lo obliguen a dar nada a cambio.
Los negociadores chilenos siempre se muestran abiertos a hablar de una diversidad de puntos. Es a nosotros que nos toca exigir maneras objetivas de verificar el cumplimiento de los puntos que sean acordados.
Meditemos antes de celebrar felices las ofertas chilenas de cumplimiento de la actual Agenda de 6 Puntos. Es lo mínimo que deberíamos haber aprendido de lo que pasó con la Agenda de los 13 Puntos. Hay que repasar la historia para no repetir sus errores.
No es por un huero patriotismo o por un obtuso mandato constitucional que debemos poner sobre la mesa nuestras reivindicaciones históricas. Es porque les podemos dar un cierto peso en nuestras negociaciones sobre los aspectos más prácticos de nuestras relaciones.
De lo que se trata es de aprender a combinar y dosificar nuestros argumentos según lo requiera cada situación negociadora ante las posiciones de diferentes contrapartes que Chile nos ponga al frente.