martes 24 de marzo de 2026

Camino bifurcado

Quieren calle, dirección, zona y avenida para encasillar y hacer una radiografía estimativa. De esas formas y tantas otras más se van creando distintas realidades donde cada uno sigue su camino, pero los azares de la vida puede hacernos encontrar.
jueves 31 de julio de 2025

Es obvio que un camino bifurcado no lleva a ningún lado de un encuentro común. Algunos sobresalen, otros sobreviven y entre ambos extremos hay tantos otros matices situacionales. Cada uno lleva a cuestas una mochila de diferente peso, con piedras de complejos de diversas formas y colores. Todos somos tan diferentes y tan iguales al mismo tiempo, pero nos vamos separando con una ruta propia. Nos separamos por el color, por ejemplo. Nos hemos acostumbrado y enfocado en el tono de piel; tal vez antes fue más, tal vez hoy lo es menos. ¿Quién no ha escuchado? “Qué linda la wawita, blanquita es.” O “se casó con fulanita, ¡qué bien!, así va a mejorar la raza.” Escarbando un poco más y cruzando las coordenadas de raíces y de color, ya nos hemos encontrado en un punto con un “se le salió el indio.” Se ha ido enquistando con el tiempo: “¡Es una chola! ¡Es un indio! para emplearlos no como sustantivo sino como adjetivo calificativo, pero para calificar mal. Recuerdo hace unos años, en un avión, al aterrizar; un pobre hombre vomitó y en el pasillo una mujer lanzó: “este indio tenía que ser.” Otra vez en un aeropuerto, un señor que no se apuraba mucho en una fila zigzagueante, fue criticado por una mujer que dijo: “¡ese indio que no se apura!” Y así, indio por aquí, indio por allá, parece haberse convertido en una muletilla en boca de algunos, en boca de varios, en boca de muchos. En otra ocasión, en una cena en casa, me contaron un chisme, de esos con eslabones de nunca acabar: “te cuento que fulanito me ha dicho que menganita dijo en tu boda: “Qué pena que ese extranjero se haya casado con esa india.” Mi esposo es extranjero como mi madre. 

Asimismo, nos hemos acostumbrado a soltar carcajadas del acento y de la jerga de nuestros compatriotas que nacieron al otro lado de la ciudad, a modo de broma, a modo de risa, a modo de ridiculizar. En escenario o en platós de televisión, mujeres y hombres con trenzas negras y un traje acorde, están listos para hacernos reír y nosotros prestos a hacerles caso y nuestras palmas listas para aplaudir. No sé hasta dónde va la comedia ni cuándo hay que parar. 

Ahora bien, otra forma de desenvolverse para marcar la separación es cuando alguien nos sirve o nos atiende; de “chica” o “chico” no pasa; de “imilla” o “llocalla” tampoco. Se han convertido en vocablos de 50 % interjección y 50 % menosprecio, como si el quechua sirviera solo para eso. Recordemos que cuando una persona atendía una casa o servía a una familia, solía comer aparte, ¿por costumbre, por separar o por alguna otra razón? Solo sé que cuando pienso en ello, recuerdo la confesión a corazón abierto de la Sra. R. Menchú. La evolución de ese tema la desconozco. Tal vez sólo les interese a los antropólogos, los etnólogos o los sociólogos. 

Y para separar caminos, la geografía no puede faltar, si al fin y al cabo las líneas limítrofes están para eso. Una ciudad puede apreciarse de diferentes maneras. Para algunos el centro puede ser distinto, dependiendo de dónde vivan. La ciudad puede terminar donde para otros continúa, hasta los barrios olvidados; a veces llamados villas. Así van muchos preguntando por esa curiosidad de clasificar, dónde vive uno, dónde viven los demás. Quieren calle, dirección, zona y avenida para encasillar y hacer una radiografía estimativa. De esas formas y tantas otras más se van creando distintas realidades donde cada uno sigue su camino, pero los azares de la vida puede hacernos encontrar.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

Temas de esta nota