sábado 30 de mayo de 2026

El poder con nuevo rostro

En definitiva, el poder en Bolivia puede tener un nuevo rostro, pero el país necesita mucho más que rostros distintos: necesita instituciones sólidas, ciudadanos activos y una cultura política que entienda que gobernar no es poseer, sino servir.
martes 09 de septiembre de 2025

La política boliviana se mueve como una rueda que nunca se detiene. Cada cierto tiempo, el poder cambia de manos, se anuncian nuevos liderazgos, se prometen rupturas históricas, y la ciudadanía escucha, observa y espera. Sin embargo, la experiencia acumulada nos deja una sensación amarga: más allá del cambio de nombres y banderas, los males de siempre permanecen. La corrupción, la impunidad, la manipulación de las instituciones y el uso del Estado como botín parecen no extinguirse; apenas se reciclan.

El discurso oficial de cada nueva administración repite fórmulas que ya conocemos: “ahora sí habrá transparencia”, “esta vez se combatirá la corrupción”, “nuestro gobierno será distinto al anterior”. Pero los hechos suelen contradecir las palabras. Lo que observamos es que la estructura del poder se adapta para sobrevivir, y los viejos vicios encuentran maneras renovadas de expresarse. La corrupción no desaparece: cambia de gestores. El clientelismo no se elimina: cambia de partido. El abuso de poder no se corrige: cambia de rostro.

Esta lógica no es casual ni exclusiva de Bolivia. En gran parte de América Latina, el poder se ha entendido más como una propiedad que como un servicio. El que gobierna siente que hereda un patrimonio para administrar a conveniencia, y no una responsabilidad pública sujeta a límites claros. Así, las instituciones se debilitan, los sistemas de control se vuelven decorativos y la ciudadanía se convierte en espectadora resignada de un juego en el que rara vez se siente representada.

El problema central no está únicamente en los líderes, sino en la forma en que se concibe el poder. Mientras en Bolivia la política siga siendo vista como una lucha por apropiarse del Estado y no como un espacio de construcción colectiva, cualquier cambio de gobierno será apenas un reacomodo superficial. No se trata de quién ocupa el cargo, sino de cómo se ejerce.

La corrupción es un síntoma de esta lógica patrimonialista del poder. Cuando los gobernantes utilizan los recursos públicos como si fueran suyos, no solo se apropian indebidamente del dinero del pueblo, sino que destruyen la confianza en las instituciones. Y cuando esa confianza se pierde, la democracia se vacía de contenido: la gente vota, pero ya no cree. Ese es el mayor riesgo para el país en los próximos años: una ciudadanía desencantada que no espera nada, y que, al no esperar nada, deja de exigirlo todo.

El nuevo mapa político boliviano, tras las últimas elecciones, parece abrir un ciclo de alternancia. Pero no debemos engañarnos: la alternancia no es sinónimo de cambio real. Que el poder tenga un nuevo dueño no significa que los problemas se resolverán; solo significa que los que se benefician serán otros. La verdadera transformación requiere reformas profundas en el sistema judicial, en la transparencia de la gestión pública, en la independencia de los órganos del Estado y en la cultura política de la ciudadanía. Sin eso, el futuro será apenas una repetición del pasado con nombres distintos.

Bolivia necesita entender que el poder no puede ser patrimonio de nadie. El poder, en una democracia, debe ser servicio, debe estar sujeto a controles, debe rendir cuentas. De lo contrario, la corrupción seguirá siendo el impuesto invisible que pagamos todos, los abusos seguirán minando la confianza social y la política continuará siendo un espectáculo en el que los actores cambian, pero el guion es siempre el mismo.

El reto, entonces, no está solo en quién gobierne mañana, sino en qué sociedad queremos construir hoy. Si seguimos tolerando la impunidad, si seguimos normalizando el abuso, si seguimos votando sin exigir, el poder siempre tendrá dueños, pero nunca tendrá límites. Y un poder sin límites es, en esencia, la negación de la libertad.

En definitiva, el poder en Bolivia puede tener un nuevo rostro, pero el país necesita mucho más que rostros distintos: necesita instituciones sólidas, ciudadanos activos y una cultura política que entienda que gobernar no es poseer, sino servir. De lo contrario, los males de siempre seguirán ahí, disfrazados de novedad, pero intactos en su esencia.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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