miércoles 11 de marzo de 2026

El eco del poder: del aplauso al silencio

El poder, en esencia, es una responsabilidad temporal. No pertenece a nadie, aunque muchos se enamoren de él como si fuera eterno.
domingo 28 de septiembre de 2025

“El poder es fugaz.” Esta frase, tantas veces repetida, sigue siendo una verdad incómoda para quienes lo ostentan. En los días de gloria, cuando todo parece girar en torno al cargo, el aura de autoridad convoca multitudes, aplausos y lealtades aparentes. Pero cuando el reloj del mandato se acerca a su fin —y peor aún, cuando los escándalos comienzan a corroer la imagen construida—, ese poder se diluye, y la soledad se vuelve inevitable.

La imagen reciente del arribo al aeropuerto de Nueva York del todavía presidente de Bolivia, Luis Arce, donde asistió a la Asamblea de las Naciones Unidas, evoca de manera simbólica la fugacidad del poder. Se lo ve caminando con paso firme, pero en una soledad que contrasta enormemente con la escena de su llegada al poder en 2020, rodeado de euforia y acompañantes.

Aunque aparece junto a la canciller, es esa sensación de aislamiento que transmite la fotografía la que retrata con crudeza el momento político que atraviesa: un final de mandato marcado por divisiones internas, cuestionamientos y pérdida de respaldo. La imagen parece hablar por sí sola: así está quien entregará el poder el próximo mes de noviembre.

Esa soledad no es solo del presidente, sino también del partido que lo encumbró. El mismo Movimiento al Socialismo (MAS), que durante años se acostumbró a ganar elecciones con mayoría absoluta, hoy enfrenta su ocaso. Es otra soledad, la del partido que parecía eterno y que hoy se desmorona por dentro.

Si antes estuvo rodeado de multitudes y vítores, hoy camina en medio de críticas y sombras, con la huella que su gestión dejó siendo más discutida que celebrada. Las mieles del poder son dulces, sí, pero también pasajeras. Y cuando se acaban, dejan tras de sí el amargo sabor de la soledad.

La gloria es efímera, y la historia nos lo recuerda una y otra vez. Basta con mirar a los romanos, un imperio que entendía profundamente los peligros de la soberbia nacida del poder absoluto.

Cuando Marco Aurelio —uno de los cinco grandes emperadores— desfilaba entre multitudes que lo ovacionaban, no lo hacía solo. Lo acompañaba un esclavo cuya única tarea era recordarle, en voz baja: “Recuerda, solo eres un hombre”.

Esa misma costumbre se mantenía en los triunfos militares, las celebraciones más fastuosas de Roma. En medio de la gloria, el Senado designaba a un esclavo para que caminara junto al general victorioso y le susurrara una verdad tan simple como demoledora: “Recuerda, señor, toda gloria es efímera”.

Hoy, siglos después, esa lección sigue vigente. El poder, como la gloria, no es eterno. Y cuando se acaba, todo vuelve a su justa medida. La historia no se cansa de repetir este ciclo.

Durante el ascenso, el poder se alimenta del entusiasmo colectivo. Las promesas de estabilidad, los cargos otorgados, las puertas abiertas… todo parece confirmar que se está en el lugar correcto. Pero muchas veces, esa compañía no es lealtad genuina, sino conveniencia disfrazada. Son pocos los que se mantienen cerca cuando ya no hay nada que ofrecer.

Y entonces llega el silencio. No el silencio reparador, sino ese que grita más fuerte que todos los aplausos del ayer. Es el eco incómodo de decisiones tomadas, de errores cometidos, de palabras que ya no convencen. Ese momento en que el líder se enfrenta al juicio implacable de la memoria colectiva y, sobre todo, al espejo de su propia conciencia.

El poder, en esencia, es una responsabilidad temporal. No pertenece a nadie, aunque muchos se enamoren de él como si fuera eterno. Su ejercicio implica no solo gobernar, sino también prepararse para soltarlo con dignidad. Y eso incluye aceptar que, al final, lo único que queda es el legado: lo que se hizo, lo que no se hizo y cómo se trató a quienes rodeaban ese círculo de influencia.

Quien fue inquilino del poder lo sabe: se entra acompañado y se sale, muchas veces, solo. Por eso, más que aferrarse al cargo, vale la pena preguntarse qué quedará cuando todo termine. Porque las mieles del poder se agotan, pero las consecuencias de su uso —o abuso— perduran mucho más allá del mandato.

Recuerda que, en política, todo comunica. Y este episodio lo resume con claridad: el paso por el poder es fugaz.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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