domingo 28 de junio de 2026

El fin de una ficción cambiaria boliviana

La estabilidad dependerá de reducir el déficit fiscal, fortalecer las reservas internacionales, recuperar la credibilidad del Banco Central y reconstruir la confianza de inversionistas y ciudadanos.

Después de cincuenta días de bloqueos y en un ambiente de aparente distensión favorecido por el Mundial de Fútbol 2026, el gobierno de Rodrigo Paz Pereira sorprendió con una de las decisiones económicas más relevantes de los últimos quince años. Mediante una resolución ministerial flexibilizó el régimen cambiario y puso fin al tipo de cambio prácticamente fijo que había acompañado al país durante más de una década. Con ello también dejó expuesta la escasa influencia del Banco Central de Bolivia en una materia que debería formar parte de sus atribuciones esenciales.

La medida fue presentada como un cambio histórico de política económica. Sin embargo, en los hechos no significó el nacimiento de una nueva realidad, sino el reconocimiento oficial de una situación que el mercado había impuesto mucho tiempo antes. Mientras el dólar oficial permanecía en Bs. 6,96, el paralelo llegó a cotizar hasta Bs. 18,50 durante los momentos más críticos y posteriormente encontró cierto equilibrio alrededor de Bs. 10. El boliviano ya había perdido valor; simplemente el Estado seguía negándolo.

El nuevo valor oficial cercano a Bs. 9,73 por dólar representa una devaluación aproximada del cuarenta por ciento respecto de la antigua paridad. No obstante, afirmar que el boliviano se devaluó el día de la resolución resulta técnicamente incompleto. La depreciación ocurrió gradualmente en el mercado paralelo durante varios años. Lo que hizo el Gobierno fue abandonar la ficción cambiaria y aceptar que la cotización oficial había dejado de reflejar el verdadero precio de la moneda nacional.

Quizá esa sea la razón por la cual la reacción ciudadana fue mucho más moderada de lo que muchos anticipaban. Para miles de bolivianos el dólar ya se compraba y vendía cerca de los diez bolivianos, por lo que la nueva referencia oficial apenas formalizó una práctica cotidiana. También existe otro elemento. Una parte importante de la población todavía asocia el tipo de cambio únicamente con el precio del dólar y desconoce sus efectos sobre salarios, deuda pública, inversión, costos empresariales e inflación.

Las críticas más intensas provinieron del ámbito político y técnico. Evo Morales calificó la medida como una devaluación encubierta que reducirá el poder adquisitivo de las familias. Jaime Dunn sostuvo que modificar el tipo de cambio no resolverá la crisis sin disciplina fiscal, recuperación de reservas internacionales, independencia del Banco Central y profundas reformas estructurales. Ambos enfoques contienen elementos válidos, aunque el verdadero origen del problema reside en los persistentes desequilibrios fiscales y externos acumulados durante varios años.

La flexibilización implica que el valor del boliviano dejará de depender exclusivamente de una decisión administrativa para responder con mayor intensidad a la oferta y demanda de divisas, al comportamiento de las reservas internacionales, a las exportaciones, al ingreso de capitales y a las expectativas económicas. En teoría, este mecanismo reduce la brecha entre el mercado oficial y el paralelo. En la práctica, también vuelve a la economía mucho más sensible a la confianza que inspiren las autoridades económicas.

El tipo de cambio nunca ha sido simplemente el precio del dólar. Constituye uno de los principales determinantes de la competitividad, del costo de importar bienes esenciales y del valor que reciben los exportadores por sus ventas externas. En una economía profundamente dependiente de combustibles, maquinaria, medicamentos, alimentos e insumos importados, cualquier depreciación termina trasladándose a los precios internos, aunque ese efecto no siempre sea inmediato ni uniforme entre todos los sectores productivos.

Es verdad que numerosos productos ya incorporaban el costo del dólar paralelo y que una parte de la inflación venía gestándose silenciosamente. Sin embargo, la oficialización de una nueva paridad modifica también los costos tributarios, financieros y aduaneros. Los impuestos aplicados sobre las importaciones aumentarán en términos de bolivianos, elevando el costo final de muchos bienes. Algunas empresas absorberán parte del incremento, pero otra inevitablemente será trasladada a los consumidores mediante mayores precios.

Las finanzas públicas tampoco permanecerán intactas. Toda la deuda externa expresada en dólares deberá contabilizarse con el nuevo tipo de cambio, incrementando automáticamente su valor en moneda nacional. El monto adeudado en dólares no cambia, pero sí aumentan los registros contables, los indicadores de endeudamiento y las restricciones presupuestarias de gobernaciones, municipios y otras entidades públicas. Se trata de un efecto financiero que puede limitar aún más la capacidad de inversión del sector público.

En contraste, algunos mercados podrían beneficiarse. El sector inmobiliario y el de bienes durables habían quedado prácticamente paralizados porque vendedores y compradores utilizaban referencias cambiarias diferentes. Mientras unos calculaban sus precios con el dólar paralelo, otros insistían en la cotización oficial. La existencia de un tipo de cambio oficial más cercano al mercado podría facilitar nuevamente las transacciones y reducir una distorsión que bloqueó innumerables operaciones durante los últimos años. Asimismo, los ahorristas en dólares verán corregida una antigua anomalía que perjudicaba el valor real de sus depósitos, aunque los deudores en moneda extranjera enfrentarán cuotas más costosas.

Conviene, por tanto, evitar tanto el triunfalismo como el catastrofismo. La flexibilización cambiaria no resolverá por sí sola la crisis económica, pero tampoco constituye el origen de todos los males. Es apenas el reconocimiento oficial de una realidad que el mercado había impuesto hace tiempo. La estabilidad dependerá de reducir el déficit fiscal, fortalecer las reservas internacionales, recuperar la credibilidad del Banco Central y reconstruir la confianza de inversionistas y ciudadanos. Solo entonces esta devaluación reconocida podrá convertirse en el primer paso hacia una verdadera estabilización económica y no en el inicio de un nuevo ciclo de inflación e incertidumbre.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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