jueves 6 de agosto de 2026

Entrevista

H.C.F. Mansilla: “Las Memorias están escritas para que yo mismo me acuerde de mi vida y no pensando tanto en el público”

Su más reciente obra, el segundo volumen de sus Memorias razonadas de un escritor perplejo, se presenta en la XXX Feria Internacional del Libro de La Paz este jueves 6 de agosto, a las 19:00.
HCF Mansilla en su departamento de Sopocachi y la portada de su lkibro. Foto: IGnacio Vera de Rada
HCF Mansilla en su departamento de Sopocachi y la portada de su lkibro. Foto: IGnacio Vera de Rada
jueves 06 de agosto de 2026

Ignacio Vera de Rada / La Paz

Hacia media tarde, el filósofo argentino-boliviano me invita a pasar a la mesa, donde están un bol con medialunas, los utensilios y una tetera centenaria, todo prolijamente dispuesto sobre un mantel anaranjado. Sentados frente a frente, empezamos a conversar. Primero, sobre algunos autores y libros recientes. Luego, sobre la calamitosa situación del país y su complicada sociedad. Y, por último, sobre su más reciente obra, el segundo volumen de sus Memorias razonadas de un escritor perplejo, que se presenta en la XXX Feria Internacional del Libro de La Paz el jueves 6 de agosto, a las 19:00.

Si su vida ha estado direccionada hacia el ensayo y la teoría filosófica, ¿por qué esta vez mira hacia sí mismo y al pasado? ¿Hubo algún detonante específico para que este libro fuera de memorias?

No hubo ningún detonante específico para escribir este segundo tomo de mis memorias. Yo siempre he hecho algo de introspección; y el primer tomo de las memorias es un testimonio de ello. También he publicado uno que otro artículo, de carácter claramente provocativo, que une la introspección con la creación de teoría; por ejemplo, tengo uno, que ha tenido mucho éxito de publicación en el exterior, que se llama “Rasgos autobiográficos de la del autor y su teoría crítica de la modernización”. También, y tal vez no son muy conocidas porque se remontan a mis primeras armas allá por los años 60, escribí cosas que tienen que ver con mis sentimientos, mis intuiciones, etc., y una prueba tardía de ello también son mis cuatro novelas… Es decir, no solamente me he dedicado al ensayo.

¿Qué tan difícil fue aplicar esta especie de bisturí crítico de introspección recordando aciertos y desaciertos para ponerlos en escrito?

No ha sido doloroso, sino más bien divertido. Yo tengo una relación lúdica con la escritura; no me pasa lo que a mucha gente que escribe, que siente terror ante una hoja en blanco o cosas similares. Yo, como otras personas juegan al póquer o al erotismo, juego con la escritura, de modo que no ha sido un bisturí doloroso…; siempre ha sido más bien un ejercicio lúdico. Las Memorias están escritas, además, para que yo mismo me acuerde de mi vida y no pensando tanto en el público. Por ejemplo, hay un capítulo, que para el público puede resultar muy aburrido, sobre por qué tengo una relación de amor-odio con mi biblioteca, una relación ambivalente… Estoy tentado con quemar públicamente una buena cantidad de mis libros —sobre todo en idioma alemán— que compré durante mi juventud, pues me hicieron desperdiciar horas valiosas de mi vida… y dinero. No lo haré… pero tengo el impulso de hacerlo. Y es que durante una época fui comprando estupideces al por mayor…

Usted era un comprador compulsivo de libros…

Sí, así es. No hay duda. Como en mi juventud disponía de algo de dinero, compré en Alemania, durante mi vida estudiantil, muchísimos libros, impulsado por las circunstancias. En esa época no había libros electrónicos ni nada por el estilo, y muchas veces los amigos que tuve y las enamoradas, al comienzo se quejaron de que mi habitación no mostraba un despliegue libresco, como era lo usual en esas épocas entre los estudiantes de ciencias sociales y literatura en Alemania. Entonces, a partir de más o menos de 1964 me dediqué a comprar toda revista progresista que apareciera y miles de libros de autores que hoy me aparecen un fiasco, un engaño. Charlatanes.

¿Y para qué o por qué compró tanto material bibliográfico escrito por charlatanes?

En primer lugar, por la presión social; no quería aparecer como un inculto. En segundo lugar, porque, pese a que yo no compartía esas ideas, me traté de autoconvencer de que eran ideas importantes y que por lo tanto valía la pena conocerlas. En tercer lugar, también equivocadamente, pensé que en mi vejez podría usar esos libros como testimonio para hacer un estudio sobre la equivocación y la estupidez humanas. Pero son tan malos y repetitivos, que ni para eso sirven.

Y ahora es papel que puede servir para picar…

Exactamente. Y como están en alemán, aquí ni se los puede vender. Entonces, poseo algunos metros cúbicos de material inútil. Además, estoy muy desilusionado, porque he seguido durante los últimos años —ahora vía internet eso es muy fácil— la trayectoria de esos autores que en mi juventud me parecieron equivocados, pero que parecían ser de tipos de gran erudición e inteligentes, es decir gente que había que tomar en serio. Pero viendo la vida posterior de ellos, solo queda la desilusión, pues una buena parte de estos autores izquierdistas, en su momento famosos, han terminado en la extrema derecha, repitiendo burradas infantiles. Por ejemplo, el que fue ministro de Relaciones Exteriores del vicecanciller Federal Joshka Fisher o autores tal vez muy conocidos que en su época fueron líderes de la revuelta estudiantil. Yo conocí a dos de ellos por medio de mi enamorada de entonces, que era de la izquierda militante. Esos tipos representaban en su momento, en los años 60 y 70, a la extrema izquierda y tenían un nivel intelectual que me pareció a mí más o menos aceptable… y ahora verlos decir burradas nacionalistas de la extrema derecha, es pues una enorme desilusión. Y los que he vuelto a ver en mis viajes posteriores a Alemania se habían vuelto todos liberales laxos; en el fondo, gente muy aburrida.

Y tal vez muy oportunista.

Sí, sí: eran de un oportunismo descarado. Por ejemplo, Martin Walser, quizás el escritor alemán más conocido de esa época, que comenzó en el Partido Comunista y terminó en la extrema derecha…

Algo como lo que aquí sucedió tal vez en el MIR o en otros partidos de izquierda…

Sí. Creo que es un fenómeno universal… Entonces, mis libros en alemán, todo ese montón de papel, ahora me da vergüenza hojearlo, porque me parece lleno de ideas simplistas y altamente repetitivas: todos repitiendo que Marx es el autor que todavía hoy es absolutamente válido para comprender el mundo. Y al mismo tiempo, la misma gente vota por partidos de derecha, etc. Es decir, estoy muy desilusionado con los libros y con los autores.

Pero no con todos…

Ah no, claro, siempre hay alguna excepción. Habermas murió a los 95 y mantuvo siempre la misma posición; pero él puede ser un caso único. Los autores que yo conocí, salvo Habermas, desde el punto de vista humano han resultado una total decepción: tipos oportunistas, que después de hablar mucho en la juventud ya no tenían grandes ideas, gente que creo yo que el mundo actual le es de alguna manera hostil, desconocido, lejano.

¿Y cómo y por qué se enamoró de mujeres de izquierda?

En primer lugar, porque había muy pocas que no lo fueran. En segundo, porque ser de izquierda era lo obvio, lo natural, como tomar vino o algo así, algo sobreentendido. Y eso, esa absoluta naturalidad con la que la gente que yo conocí se volvió de izquierda a largo de la revuelta estudiantil de 1967-68, a mí desde un comienzo no me gustó. Creo que yo le conté la experiencia que tuve, muy negativa, con la Unión Liberal Estudiantil. Este era un grupo dependiente del Partido Liberal Alemán, que todavía existe y ha estado en casi todas las coaliciones, o con la derecha o la izquierda en los últimos 80 años. Tenía una organización juvenil muy exitosa en Berlín con mucha gente y muchas chicas guapitas. En las tardes ofrecían cenas gratis, era algo muy agradable visitarlos. Después de la revuelta estudiantil en Berlín en 1967, que fue un año antes que, en París, toda la cúpula se pasó a la izquierda militante en el plazo de 48 horas, y cuando yo me atreví a preguntarles cómo o por qué, etc., me dijeron que había que estar con el tiempo, que se habían equivocado como es normal en los jóvenes, pero que ahora habían reflexionado y habían comprendido la verdad intrínseca del marxismo y del socialismo como praxis. Que más bien el anticuado, el reacio a aprender era yo.

Es decir, ¿había que alinearse a lo que llaman en Alemania el “Zeitgeist”?

Sí, sí, claro, al “espíritu del tiempo”. Algo así. Esas personas la verdad me cayeron muy mal. Por tanto, tengo una relación bastante ambigua con los escritores, con los amigos de aquella época y con los libros.

El título de la obra es Memorias razonadas de un escritor perplejo. ¿Esa perplejidad es la que lo lleva a distanciarse del mundo y mirarlo críticamente?

Sí. Estoy aturdido por la estupidez de la humanidad.

¿Y cree que la estupidez ha sido una fuerza poderosa en la historia?

Dominante. En muchas épocas. Y lo sigue siendo.

¿Cómo está estructurado el libro? ¿Hay saltos temporales o conexiones entre los recuerdos de los años de aprendizajes en Europa y los de Bolivia?

Este segundo tomo se extiende a partir de la segunda parte de mi vida, a partir de 1982, hasta la actualidad. Yo simplemente diría que recuerdo cosas a partir de 1982 y a veces hago pequeñas reminiscencias hacia un pasado más lejano; por ejemplo, en este segundo tomo aprovecho para recordar a mis parientes de Cochabamba; ninguno de ellos vive ahora lamentablemente. Nosotros teníamos propiedades y casas en Cochabamba y eso está ahora totalmente perdido. Y aprovecho para dejar un buen recuerdo de esa gente que a mí me trató muy bien cuando era niño.

¿Y usted cree que estas reminiscencias de su vida puedan en algún momento tener nexos con la historia de Bolivia?

Tienen, claro que sí. Porque recuerdo a políticos, recuerdo acciones importantes, golpes de Estado, revoluciones, personas interesantes que he conocido… Cuando yo era muy pequeño, o sea cuando tenía seis a 10 años, conocí por ejemplo a los presidentes Enrique Hertzog y Mamerto Urriolagoitia, y recuerdo que me llevaba muy bien con ellos.

Mamerto Urriolagoitia fue el último aristócrata que gobernó Bolivia, ¿no?

Claro, es uno de los últimos representantes de la derecha, pero que haya sido aristócrata… eso lo dudo mucho. Era un señor normal de clase media. Pero era un tipo amable, y la única persona en Bolivia, que yo me acuerde, que llevaba barba espesa, lo cual infundía algo de miedo. A mí me trató siempre muy bien.

En todo caso, un hombre de finos modales…

Sí, sí… De eso no hay duda.

En este nuevo volumen ¿qué libertades se ha tomado? Tal vez hay alguna anécdota reveladora…

No hay muchos recuerdos referidos al género femenino. Muy poco menciono un breve pero intenso amor que tuve en Colombia. Y menciono muy de pasada encuentros que tuve con algunas damas. Todas, por cierto, unas desilusiones… en todo sentido.

Por tanto, se puede decir que usted tiene una vida bastante novelesca…

No, no, mi estimado. Fue una vida dedicada a los libros.

Pero si tuvo tantos romances…

No fueron tantos, fueron poquitos. La mía fue una vida modesta. Lo que hice fue gastar todo el dinero que recibí de la herencia paterna en viajes.

Y en libros…

Sí, pero eso no cuesta tanto. En viajes. Esa fue la principal erogación financiera.

Me dijo alguna vez que es más fácil decir qué lugares no conoce… Usted conoce gran parte de este mundo.

Una parte, sí. Pero una parte importante todavía no la conozco y no creo que llegue ya a conocerla. No conozco, por ejemplo, Egipto, Irak o Irán, que me hubieran encantado conocer. Estuve en las cercanías: Turquía, Siria, Pakistán… Pero no llegué a aquellos países. No conozco, tampoco, Rusia, China ni Japón. A excepción de Rusia, conozco toda Europa y América.

¿Cuáles son esas verdades suyas que todavía no dijo? Tal vez críticas a la sociedad boliviana…

Ah, pero eso ya es muy conocido. La gente sabe que tengo una opinión muy mala en general sobre la burocracia boliviana, sobre el sistema universitario o sobre la atracción que modas intelectuales, como lo nacional-popular, ejercen sobre los profesores. Y eso que yo separo claramente, por ejemplo, en el caso de René Zavaleta Mercado, la idea de la persona. Él me pareció mucho más amplio y agradable en persona que sus escritos… Lo conocí personalmente y me trató muy bien; tengo un recuerdo entrañable de él. La mano derecha de Zavaleta a fines de los 70 y comienzos de los 80 era el exestudiante boliviano de filosofía René Antonio Mayorga, mi íntimo amigo en la época berlinesa. Yo vivía en la casa de él en México, y con él íbamos prácticamente cada día a almorzar con Zavaleta Mercado. Me pareció un hombre muy interesante. Gran conocedor de la literatura y la música latinoamericanas; además, cocinaba muy bien; era hábil para esas cosas prácticas, como el manejo de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales FLACSO…

Me imagino que, en este segundo volumen de las Memorias, usted plasma más esta segunda parte de su vida en La Paz, en Sopocachi, y ya no tanto los viajes.

Sí, porque en esta segunda parte he estado mucho en Bolivia, a pesar de que viajes muy largos también ocurrieron en esta época, pero he estado bastante aquí. Y no siento una gran nostalgia por las épocas anteriores, no soy un hombre de sentimientos de ese tipo; todos me considero una persona muy fría, y tal vez eso sea verdad.

Realmente creo que un escritor escribe para ser leído por un público. ¿A qué segmento de la sociedad quisiera llegar más? ¿Tal vez a jóvenes?

A gente culta, independientemente de la edad. A gente que piense por cuenta propia, y esos son escasos ejemplares.

¿Pero más bien no quisiera llegar a los tontos o idiotas, para que se den cuenta de quién es usted?

No, para nada. A la masa para nada. Jamás, jamás, jamás.

Bueno, entonces tal vez por eso el tiraje del libro es reducido.

Sí, aunque eso es también porque muy poca gente lee, incluyendo a la gente que antes leía. Esa gente ahora lee cosas muy cortas en las redes sociales. Y un libro de más de 400 páginas no es algo que vaya a interesar al gran público. Arrogantemente, yo digo que escribo para algún erudito desconocido que me leerá en algo así como 500 años.

¿Qué se encuentra leyendo ahora?

Leo con mucho interés a muchos clásicos como Aristóteles, Montaigne o La Rochefoucauld. Y creo que ahora comprendo mejor a esa gente. Tal vez mejor de lo que los comprendieron sus propios contemporáneos. Fue gente generalmente gente desencantada con el mundo. Me gustan también las películas y novelas que terminan mal, las historias tristes. No me gustan las historias con finales felices o previsibles.

Entonces, ¿al final siempre está el desencanto?

Sí. Seguramente porque, como el carácter de una persona se forma cuando esta es muy pequeña, lo que viví es el desclasamiento y el descenso de mi familia, y eso me marcó profundamente. El gran trauma de mi vida fue Abril de 1952, que no me pareció ninguna maravilla, sino todo lo contrario, hasta el día de hoy.

Algo así me pasó. Mis abuelos tenían propiedades en el campo, y ahora allí se ve el arribismo de las masas. ¿Usted cree que estas vayan copando cada vez más espacios?

Sí, es una desilusión. Pero lo mismo se ve en el primer mundo, debido a los inmigrantes. Y puede ser que sí vayan copando más espacios, tanto las masas como quienes hablan en nombre de ellas. Estos personajes son muy hábiles, pues manejan a las masas haciéndoles creer que pueden estar en el gobierno o ser el factor decisivo. Es una nueva élite de una extraordinaria ordinariez, como la de Trump o la de Pedro Sánchez.

Visto así el mundo, es bastante deprimente ¿no?

Un poquito, sí… Pero también hay cosas agradables todavía. En el curso de los siglos se hicieron cosas notables que han todavía inspirado a pensadores, arquitectos, poetas notables. Por ejemplo, antes no había cine, y realmente en el cine hay obras fantásticas.

Pero no llega a la talla de la literatura.

Yo discrepo de su opinión, mi estimado Ignacio. Yo creo que en el cine hay obras de primerísimo nivel, que están a la par de la gran literatura; pero son generalmente obras que no están ligadas a repetir una obra literaria.

Me imagino que usted refiere películas del cine “culto”, como Lo que el viento se llevó.

Claro, solo del cine culto. Sí, vi esa película varias veces. Hay cosas muy buenas en el cine, no hay duda. También hay experimentos interesantes en el campo de la novela. O cosas intermedias, pues ahora hay la tendencia, cosa que me parece muy interesante, de elaborar obras que están a medio camino entre el ensayo y la narrativa, cosa que antes no había. O historias de la humanidad, como la historia del libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco; esa me parece una obra muy bien lograda y un buen ejemplo para una literatura posterior. Yo creo que aquí se podría hacer cosas así. Bolivia tiene, aunque mis enemigos no lo creen, una historia interesante en el campo cultural, no en el político. En la colonia hubo pensadores muy interesantes, que ahora ya nadie los recuerda.

¿Este último libro de alguna manera cierra un ciclo vital o uno bibliográfico, o habrá todavía otros retos intelectuales?

Bueno, uno no puede predecir el futuro. Pero yo creo que es simplemente un libro más, ocasional. Me costó muy poco trabajo, la verdad; lo escribí con una vena lúdica; no es una obra que me haya costado gran trabajo de investigación ni nada por el estilo. Y todavía estoy escribiendo otras cosas.