jueves 27 de agosto de 2026

La teoría del silencio

En estos procesos es sumamente importante diferenciar los asuntos públicos de los privados especialmente en nuestro tiempo de sociedades líquidas, de desinformación y de sobre-exposición, que todo lo mezclan en la vorágine de la corriente que se sigue por afiliación a la mayoría, tenga o no razón.

El silencio es un recurso válido, aunque extraño, siempre, y también condenado, especialmente en estos tiempos de sobre-información y de sobre-exposición, que llevan a afirmar (y creer) que quien no está en los medios o en las redes no existe, o que las cosas cobran valor solamente cuando son expuestas, vistas, palpadas, apreciadas, codificadas y dotadas de sentido en el espacio de la opinión pública.

La sociedad de la transparencia

Si el dicho que para hacer presencia en la sociedad hay que estar en los medios y en las redes se aplica a la ciudadanía en general, se comprenderá que para los personajes públicos es inapelable pasar por el tamiz de las mediaciones comunicacionales. Y no sólo ellos, en el campo de la política la legitimidad de los políticos, de los procesos, de los programas, de las definiciones, de las interpretaciones, de las vocerías y de las resoluciones se conceptualizan en las ventanas de la transparencia que se entiende como un deber de los poderes y un derecho de las ciudadanías.

Sin embargo, admitamos que a la sociedad de la transparencia como obligación de hacer presencia, le falta transitar de la exposición a la comunicación, por lo que se trata de hacer presencia pero para dialogar, interactuar y arribar a acuerdos. Y en esta relación cabe la posibilidad del silencio entendido como la autonomía de uno ejerciendo su derecho a callar o a la libertad de elegir el momento y la circunstancia propicia para expresarse, y comunicarse. Es decir, que si se apela al silencio no es para incomunicar, sino para construir sentidos en sociedad. En consecuencia, el silencio debe admitirse como un acto de relación inusual, compleja y riesgosa porque conlleva la posibilidad de ser leído como incomunicación por la ausencia de exposición, aunque es una realidad que comunica de un modo muy particular, porque deja que las significaciones partan desde lo percibido, o supuesto, o pensado en la opinión pública.

En contraposición a lo afirmado se podrá argüir que el silencio también habla porque emana señales y significaciones que se definen en los procesos en los que ocurre, en los sujetos que intervienen, en los momentos en los que se produce y en las razones que se explican en las condiciones del entorno social, político e histórico. Hablan los gestos, hablan los tonos de voz y las apariencias, hablan las acciones paralelas, hablan las evasiones, hablan las ausencias y también las desviaciones de temas de la agenda pública. Los silencios gritan códigos que aunque no visibilicen significados explícitos, se someten a presunciones que operan como construcciones discursivas múltiples, emergentes de las particularidades de cada participante, a veces coincidentes y por lo general opuestas al recurso del silencio, aunque empaticen con sus gestores.

Esta característica aplicada al campo de la transparencia en la política, reconoce que ésta posee también su espacio de silencio, tal como advierte Byung Chul-Han cuando afirma que la política es por definición una acción estratégica y, por esta razón, es propia de ella una esfera secreta. Esta dimensión es el silencio, que no tiene el imperativo de la exposición que define los valores en lo visible activando emociones que obnubilan el valor de la interioridad, donde el silencio encamina una relación comunicacional que reconoce la importancia de tomar distancia de lo visto y lo vivido socialmente. Desde esta situación, el momento de la exposición y del intercambio será un tiempo político del encuentro y de la deliberación, superando un proceso en el que el propio silencio ha alimentado interpretaciones que lo minimizan, mientras que en paralelo incrementan el valor de las opiniones forjadas públicamente en los otros.

En política el silencio es un factor válido pero riesgoso, y más aún en la sociedad de la sobre-información, porque existe el preconcepto de que es un recurso inviable que oculta responsabilidades sobre los hechos. En estas condiciones, toda apuesta por el silencio sabe que se enfrenta a percepciones (i)lógicas de que la opinión expresada es, sino la única, la realidad verdadera y, en consecuencia la postura válida y dominante frente a la palabra que se calla deliberadamente porque se presume que es inconsistente. Tanto las redes como los medios consolidan y agigantan estas percepciones dándole legitimidad a la transparencia con condena pública del silencio.

Si un interlocutor no expresa opinión otro(s) va(n) a llenar ese vacío

Es una regla: la ausencia de significados explícitos consecuencia del silencio se llena con las significaciones definidas por los otros interlocutores. Como se suele decir coloquialmente, mientras para un interlocutor cuando el contenido del líquido de un vaso está en la mitad, el vaso está medio vacío, y para la otredad es un vaso medio lleno. Del mismo modo, siendo la relación entre transparencia y silencio una articulación opuesta en extremo compleja, rara vez el sentido construido sale de las voces del silencio y, por el contrario, en tiempos de hiperinformación, son las voces expuestas en el campo de la opinión pública las que se naturalizan como válidas y tienden a crecer progresivamente a contracorriente de los silencios que pueden generar posicionamientos de desgaste público de las imágenes de los que callan.

Para ejemplificar lo dicho repasemos la situación en la que un presidente guarda prolongado silencio frente a un hecho que lo involucra a él, a su familia y a su gobierno, afectando fuertemente su credibilidad. Las opiniones que se generan por su silencio e inexpresión de sus propios argumentos tienen distinto tinte y van in crescendo, envolviendo y arrasando no desde los sonidos del silencio, sino desde las apreciaciones externas que empiezan manejando en un primer nivel supuestos de complicidad que no se saben explicar, o de culpabilidad que no se quiere reconocer. De ahí pasan a creencias en que son factores de debilidad institucional los que no permiten afrontar adecuadamente la coyuntura que se complejiza aun más con la afectación de diferentes otros factores. Y como a la opinión pública no se le contraponen otras explicaciones, las apreciaciones externas van en crecimiento afirmando que el presidente está preparando su renuncia o que habría huido, y así, progresivamente, se instala la idea de un inevitable cambio de gobierno.

Jürgen Habermas reconoce que en el mundo de la vida operan interrelacionándose una esfera de la opinión pública tejida en función del entendimiento mutuo y de la democracia deliberativa, y otra esfera privada sostenida en la posibilidad del silencio, que es una forma de reacción a lo expresado como opinión pública, y también un nutriente de la formación de opinión, porque ésta supone, hipotetiza e interpreta, desde distintas perspectivas, los motivos, las características, las consecuencias y las derivaciones del silencio que no es necesariamente falta de transparencia, sino recurso de una estrategia.

El silencio además de ser una reacción a la opinión pública mayoritaria, o un nutriente de opinión, o un espacio de construcción de la propia argumentación, o un cálculo estratégico, siguiendo el pensamiento de Zygmunt Bauman vemos que es también una forma de evasión, una vía de escape o de reacomodo donde uno no actúa solo, porque “cada evadido solitario se topa allí con otra gente que (también) está huyendo (...), y de este modo se crea una comunidad a partir del solo hecho de emplear la misma ruta de escape, que seguirá existiendo mientras haya pies que la recorran”.

Los sonidos estratégicos del silencio

Por todo lo visto se puede afirmar que el silencio es un factor importante de la estrategia política y no puede ser descalificado sin analizar sus bemoles considerado su función y su valor estratégico, porque los espacios del silencio se componen de sonidos que aunque operen como evasión, o como búsqueda, o como cálculo político, o como inacción, o como coincidencia, hacen parte de los caminos que recorren las rutas de construcción de opinión pública. De todas maneras, por su alto riesgo porque conlleva el preconcepto de lo oscuro, lo desconocido, lo oculto y lo misterioso, el silencio es una estrategia que se aplica sólo si es inevitable alcanzar mejores resultados con estrategias basadas en el diálogo, la información, la explicación y la interacción. Y por estas mismas razones, en las sociedades de la sobre-información, el silencio como estrategia política es una acción que opera bajo sospecha. Con estas aclaraciones no queremos decir que se trata de una estrategia de descarte, sino de aplicación en casos puntuales extremos e inevitablemente necesarios.

Quien más ha trabajado la trascendencia del silencio en la comunicación política es Elisabeth Noelle-Neumann, que en su obra “La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social” (1977), analiza las causas y circunstancias por las que las personas ocultan sus opiniones aunque existe presión social para que se las expongan. En su planteamiento, el silencio ocurriría cuando se cree que una opinión o es minoritaria, o dudosa y que podría provocar rechazo y aislamiento.

Además de la importancia que tiene la consideración de las consecuencias sociales en la opción política y comunicacional por el silencio, podemos añadir como otros motivos la inseguridad del pensamiento propio y sus argumentaciones, así como la comprensión diferente del contexto considerando que las interpretaciones aunque sean mayoritarias serían erróneas, o incompletas, lo que hace necesario retrabajar opinión pública desde el silencio establecido como motorizador de un cálculo político que aspira a reconducir la marea discursiva instalada en la visibilidad de las cosas. Se busca generar opinión a partir de las comprensiones propias que emergen con señales, con la posibilidad de exteriorizarse en el momento considerado oportuno.

Según la espiral del silencio propuesta por Noelle-Neumann el hecho de que alguien hable o se quede callado frente a un hecho, o cuándo habla o por cuánto tiempo permanece en silencio, depende de las observaciones que se hacen sobre las dinámicas de la opinión pública y del peso que tienen en ella la exposición y la ausencia que destacan y amplifican las redes y los medios, cuyas agendas son determinantes para la formación de la opinión pública. Se afirma que las personas tienden a definir y expresar su opinión si ésta coincide con la dominante en las redes y los medios, mismos que además operan ofreciendo las interpretaciones, las palabras, los textos, los argumentos y las ideas con las que se pueden plantear las opiniones en los debates grupales e interpersonales. Desde este punto de vista existiría una articulación de mutuo refuerzo entre la palabra mediada, la palabra expresada y la palabra callada o guardada en los cofres del silencio.

Como ya dijimos, esta relación no es estática, sino que se dinamiza con el proceso en espiral que mueve no sólo los contenidos de los mensajes, sino también, como mecanismo psicológico, las actitudes de la opinión pública, incitando a adoptar como válida la opinión y la actitud predominantes, al tiempo que rechazarán las opiniones y actitudes contrarias, así como condenarán la palabra oculta y la actitud no expuesta que cobija el silencio. En la espiral del silencio la lógica metodológica dice que cuanto más circula la versión dominante por las redes y por los medios podrán flexibilizarse algunas opiniones contrarias o indecisas, así como posiblemente más se aferrarán a guardar silencio las voces contenidas.

La estrategia del silencio, que por su mismo carácter introvertido está sujeto a un alto riesgo político, necesita del diseño de escenarios, cada uno explicable en las características particulares de cada hecho y los contextos en los que ocurren. Los riesgos que implica esta estrategia se relacionan con factores de sensibilidad ciudadana tales como la pérdida de confianza y la disminución de credibilidad, así como el enjuiciamiento preestablecido de la actitud del silencio como una actitud reñida con la verdad o comprometida con el engaño. En un ambiente social donde los intereses se cruzan y se suman a la marea definida en una agenda que no se detiene a pensar ni a verificar si las fuentes de sus opiniones son válidas, por lo que se suele no requerir pruebas para sustentar su pensamiento, sino sólo seguir la corriente, es casi imposible aceptar que el silencio pueda contener elementos de veracidad. Desde esta visión sólo hay dos destinos definidos, por una parte la exigencia de romper el silencio, y por otra el destino de horizontes invariablemente catastrofistas. Por esto, las estrategias y los escenarios del silencio son de alto riesgo para los posicionamientos, las continuidades y las seguridades de gestión.

Un primer escenario, se podría decir favorable a la alternativa del silencio como estrategia, es aquel en el que la ausencia de opinión o de información provoca confusión, o alimenta el caos y además sirve como distractivo frente a otros temas conexos. Es un recurso que suele funcionar en situaciones de crisis y que tiene como prerequisito el reposicionamiento con afirmación de la confianza y la credibilidad. En realidad, estas son las condiciones para seguir recorriendo un camino sinuoso que empieza intentando desestabilizar las agendas ya consolidadas en la opinión pública. Esto sería posible cuestionando -desde el silencio- argumentaciones o creencias instaladas, así como legitimando interpretaciones que tienen asidero en verdades no analizadas. También la victimización de quien calla y el desposicionamiento de actores reconocidos por la opinión pública, y que estarían cuestionados, rompen la rutina instalada por la vorágine de la marea pro exteriorización de las opiniones.

Esta es una arriesgada estrategia que funciona más o menos como el ojo de un huracán, que aparece después del paso devastador del ciclón que arrasa todo lo que encuentra a su paso, igual que las opiniones mayoritarias. Pero hay un momento de descanso en el paso del huracán mientras espera la nueva arremetida desde su otro extremo. Este es el tiempo de preparación de la resistencia definiendo traslados, o atendiendo las afectaciones, o reacomodando los defensivos. Así opera también el silencio, preparando y exponiendo como válidos los argumentos que trastocan la verdad instalada como única por el torbellino digital y mediático. Si ocurren reconsideraciones de interpretación y cambios de opinión y actitudes, el silencio habrá sido un recurso válido que supo esperar para expresarse.

Técnicamente, en esta corriente, para que quienes guardan silencio aspiren a legitimar su pensamiento no expuesto, pero señalizado en la disidencia de argumentos, es imprescindible que quienes hacen parte de la opinión mayoritaria encuentren inseguridades y dudas sobre la validez y la prevalencia de sus puntos de vista y de sus actitudes, disminuyendo así la disposición a defender su opinión, tanto en el campo amplio de las ciudadanías como en el de los factores de opinión y de decisión.

Pero el escenario más común y posible en la práctica, es aquel en el que el silencio no suma adhesiones ni cuestiona opiniones, sino que por el contrario amasa, propaga y alimenta argumentaciones en contra que profundizan y agravan el problema que le da origen, cultivándose opiniones expresadas con ironía, con sorna e irrespeto sobre el acto del silencio y sus gestores, dando paso a fuertes cuestionamientos a las formas de gestión y anticipando su conclusión como solución. Esto ocurre en situaciones en las que la opinión catastrofista de la mayoría se impone y gana fuerza, mientras que en el campo del silencio aparecen contradicciones, inseguridades, temores y deserciones que lo debilitan.

Si esta situación se agrava porque el silencio y la falta de exposición y aclaración se debe a la carencia de argumentos, el camino a seguir es el del retiro, porque en estos casos el silencio no reposiciona, simplemente incrementa el conflicto, prolonga la agonía y anticipa el entierro. Y si el silencio, aún en un contexto tan complejo tiene argumentos válidos, pero éstos no se visibilizan ni recomponen escenarios, el camino de la estrategia no puede ser otro que encontrar el momento adecuado para romperlo, hacer presencia pública, exponer los argumentos, explicar los motivos de la ausencia, debatir y asumir nuevos caminos de reconducción o, dependiendo de la gravedad de la situación, definir transformaciones que no impliquen dar un paso al costado ni caminar con la Espada de Damocles colgando sobre la cabeza, sino reiniciar procesos con nuevas formas de organización, con la inclusión de otros actores y la renovación de objetivos.

En estos procesos es sumamente importante diferenciar los asuntos públicos de los privados especialmente en nuestro tiempo de sociedades líquidas, de desinformación y de sobre-exposición, que todo lo mezclan en la vorágine de la corriente que se sigue por afiliación a la mayoría, tenga o no razón. Es cierto que en nuestras sociedades la transparencia es una forma de estructuración social necesaria, al igual que la rendición de cuentas.Y es cierto también que la explicación y deliberación pública es una regla de la democracia. Pero es cierto también que el silencio como estrategia es un espacio de reflexión crítica, de escucha y de sentipensar no sólo los acontecimientos sino también los horizontes y es válido mientras no afecte el interés común, ese es su límite.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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