lunes 14 de septiembre de 2026

Entrevista

Ignacio Vera de Rada: “El último jeroglífico es el amor y es lo más indescifrable”

El escritor Ignacio Vera de Rada habla sobre El último jeroglífico, una novela que entrelaza egiptología, sueños y amor, y reflexiona sobre el lenguaje, la inteligencia artificial, los clásicos y las posibilidades de la ficción para revelar verdades que otros géneros no alcanzan a expresar.
Ignacio Vera de Rada, escritor, politólogo y periodista. Foto: Composición
Ignacio Vera de Rada, escritor, politólogo y periodista. Foto: Composición
lunes 14 de septiembre de 2026

El último jeroglífico justamente es el amor y es lo más indescifrable y es, al mismo tiempo, lo más necesario para la vida del ser humano”. Con esas palabras, el escritor, politólogo y periodista Ignacio Vera de Rada da un adelanto de la búsqueda que articula su nueva novela, que conduce finalmente hacia un territorio mucho más profundo que la egiptología: el amor.

La obra, ambientada principalmente en Alejandría y construida alrededor de un profesor universitario y egiptólogo, entrelaza investigación, lenguas antiguas, historia y sueños para explorar aquello que, según el autor, resulta más difícil de descifrar y, al mismo tiempo, más necesario para la vida humana.

La novela, publicada por Plural, nació de un viaje que Vera de Rada realizó por Medio Oriente en 2017, particularmente de su experiencia en Egipto, una cultura que le había fascinado desde joven.

Tras regresar a Bolivia, comenzó a escribir crónicas de viaje y, años después, en 2023, estructuró la ficción que terminaría convirtiéndose en su nueva obra. En entrevista con Visión 360, el autor habla sobre el proceso de escritura, su relación con los clásicos, el papel del lenguaje y la memoria, la inteligencia artificial, la literatura boliviana y las verdades que, según sostiene, solo la narrativa puede revelar.

¿En qué momento nace la chispa para escribir El último jeroglífico y de dónde surge la fascinación por entrelazar el rigor de una investigación con la dimensión simbólica de los sueños?

La chispa nació en 2017, en realidad, hace ya casi 10 años. Cuando hice un viaje largo por Medio Oriente, visité Marruecos, Egipto, Arabia Saudita, pero sobre todo Egipto. En realidad, era un sueño que tenía ya desde muy jovencito porque siempre me ha gustado la cultura egipcia, la civilización de los faraones.

Realmente fue un sueño que pude vivir y allá ya me puse a investigar, a visitar museos y centros arqueológicos. Entonces, ahí nació esa chispa y, bueno, volví a Bolivia en 2018, más o menos por marzo, y me puse a escribir crónicas de viajes, así, a lo periodístico, digamos, pero todavía había una necesidad de plasmar algunos recuerdos en un libro de ficción.

Pasaron todavía varios años hasta 2023 y ahí recién me puse a escribir. Hice todavía un plan, un esquema con personajes, trayectorias y de ahí recién me puse a escribir. Es una novela breve, no me tomó mucho tiempo, pero bueno, esa fue, digamos, la chispa.

El subtítulo de la obra habla de “una investigación y un sueño”. ¿Cómo conviven la razón deductiva y la lógica del mundo onírico a lo largo de la narración?

Sí, justamente porque el protagonista de esta novela es un profesor universitario, es un egiptólogo, un tipo muy erudito, digamos, que sabe muchas lenguas antiguas, lenguas muertas, y está investigando una nueva decodificación de la escritura jeroglífica. Entonces, esa es la parte racional, la parte fría.

Y el sueño es la parte justamente subjetiva, pasional. Son todas estas cosas que este profesor no ha podido vivir en su vida porque le ha dedicado toda su existencia a los libros y a la investigación.

El sueño es el último capítulo, en realidad, que es ya como spoiler, pero no importa si lo pones, porque el sueño es otra persona que está soñando todo eso.

De alguna manera, lo que he querido es justamente, como tú dices, hacer una sinergia o entrelazar toda esta parte racional de los seres humanos que tenemos, pero también esta subjetividad muy profunda y esta necesidad de amor que también está presente en nosotros.

Ahí está la historia de la investigación, como dice el título, porque es esta investigación larga de toda una vida por descubrir nuevamente la escritura jeroglífica y, por otra parte, este sueño que ha perseguido durante toda su vida también, que es el de tener un amor en su vida.

¿Cuánto tiempo de trabajo bibliográfico o de campo requirió la reconstrucción del contexto de la obra?

Es una novela, es una historia inventada. Sin embargo, he leído muchos libros de egiptología, de arquitectura faraónica. Me interesa mucho, sobre todo, Alejandría, que es donde transcurre la historia.

No es una cuestión periodística que, digamos, haya necesitado tomar notas porque no es un reportaje. Es una historia que yo he inventado, pero, obviamente, existen referencias sobre egiptólogos, sobre filósofos, sobre lugares arqueológicos, las mismas dinastías de faraones, referencias así, pero aisladas. No es, digamos, una cosa para la que haya necesitado hacer un trabajo de campo o de investigación como tal.

¿Cuál fue el mayor reto al estructurar la trama para que mantenga el ritmo epistolar o detectivesco de una búsqueda sin perder la profundidad literaria?

Es una historia, digamos, formalmente muy sencilla. Tiene solamente siete capítulos, más el último, que es justamente donde se resuelve el encanto del sueño, como te digo.

Pero son, digamos, pocos personajes: el protagonista, que es este profesor que te comento; una mujer, una chica que es de la cultura islámica, ella es musulmana; y un sirio, o sea, una persona que nació en Siria, que también es como él, así medio misterioso y bastante inteligente y culto.

Básicamente, son solamente tres personajes. No es una historia que tiene mucha acción; es una historia que más bien plantea, más que todo, meditaciones, reflexiones y pensamientos.

Como tú me preguntas cómo he tratado de mantener la atención para que el lector no se aburra, justamente intercalando, digamos, este tenor o este tono reflexivo, filosófico, que tiene que ver con el estudio de Egipto, con el amor, que tiene que ver con esta chica a la que conoce en El Cairo, en un hotel muy modesto y muy chiquitito.

¿Qué espera que descubra el lector al llegar al último capítulo de esta búsqueda?

Lo que más me interesa es que descubra que El último jeroglífico, que es el título, no tiene nada que ver con la razón ni con la egiptología, sino con el amor. Porque El último jeroglífico justamente es el amor y es lo más indescifrable y es, al mismo tiempo, lo más necesario para la vida del ser humano. No he querido hacer una novela con un mensaje moralista, nada que ver, pero, digamos, eso es lo que yo quiero decirle al lector.

Que el amor termina siendo lo más buscado, lo más requerido por nosotros, los seres humanos, pero, bueno, quisiera que lo descubran leyendo la novela en su totalidad.

Su producción novelística muestra un viaje literario muy diverso: comenzó con el intimismo romántico de una novela epistolar (Valentina y Natalia), pasó al crudo realismo sociopolítico local (La novela del dictador) y ahora se adentra en el misterio histórico de la arqueología clásica (El último jeroglífico). ¿Qué motivó estos giros tan marcados en las temáticas de sus tramas y qué elementos técnicos o estilísticos considera que se mantienen constantes a lo largo de las tres obras?

Siempre, como tú sabes, también el periodismo está muy vinculado con la escritura y todo. Siempre hay una motivación autobiográfica, incluso cuando tú escribes un reportaje o haces una crónica, siempre hay motivaciones autobiográficas. Entonces, como tú dices, son giros muy marcados. La primera novela, que se llama Valentina y Natalia, que se publicó en 2018, tiene que ver con dos chicas de las cuales me he enamorado hace muchos años, obviamente. Y, de alguna manera, era una válvula de escape para decir ciertas cosas que no había dicho nunca, porque yo soy un hombre muy tímido.

Después, La novela del dictador, que es muy diferente, nació a partir de dos lecturas que hice: una es El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, y la otra lectura es La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Entonces, yo dije: “Creo que en Bolivia falta una novela que retrate alguna dictadura”. Probablemente hay, pero yo no he leído. Entonces, yo me animé a hacer una novela, como tú bien dices, sociopolítica, sobre la dictadura de Hugo Banzer. Entonces, es una novela que un poco reconstruye esa época, pero también que tiene mucho de fantasía.

Y, finalmente, esta, que es muy diferente, que es arqueológica, que trata sobre un lugar muy lejano a Bolivia, sobre una cultura muy diferente. Pero, si te das cuenta, como te he mencionado, El último jeroglífico es el amor. Y el amor lo siente un chino, un egipcio, un boliviano, un canadiense y un francés. Yo diría que es, digamos, el factor común que tenemos nosotros como género humano.

¿Qué elementos técnicos o estilísticos considera que se mantienen constantes a lo largo de estas tres novelas? ¿Ha identificado algunos que caractericen su escritura?

Sí. De hecho, yo me cuestiono qué es lo que siempre se mantiene en mí y no cambia. Yo creo que es el estilo clásico. Yo soy un lector de novelas clásicas y, con clásicas, no me refiero a Grecia o Roma, sino a todo lo que está, digamos, como que consagrado a nivel universal.

Me gusta mucho la novela del siglo XIX, me gusta mucho la novela del Siglo de Oro, en particular El Quijote, desde luego. La poesía clásica de todos los tiempos, como La Divina Comedia, Fausto, desde luego La Ilíada, La Odisea. Entonces, creo que me expreso de esta manera y hago referencia siempre a esos grandes maestros de todos los tiempos.

A literatos o a filósofos de todos los tiempos, como Nietzsche, como Goethe, como Aristóteles, Platón. Muy poco sé sobre literatura contemporánea, leo muy poco. La verdad es que estoy muy mal informado sobre cómo se escribe ahora. Creo que son tendencias muy diferentes. Entonces, yo creo que formal y técnicamente son esos registros clásicos los que se mantienen en mi escritura.

Además de escritor, usted es estudioso de las lenguas clásicas. En ese marco, ¿considera que la novela, más que un ejercicio de contar historias, es una herramienta para explorar la resistencia del lenguaje y la memoria frente al paso del tiempo?

Sí, precisamente me encanta, digamos, indagar el origen de las palabras. La palabra es un invento maravilloso de los seres humanos y, además, misterioso. Porque, si rastreamos cada palabra que utilizamos en nuestro día a día, nos damos cuenta de que las palabras realmente son un misterio. No sabemos cómo se han originado. Hay diversas teorías.

Entonces, sí, como tú bien dices, trato de que el lenguaje sea una parte de la pureza de la humanidad. Es decir, por ejemplo, si tú lees a Borges o lees a Gustave Flaubert, te das cuenta de que ellos utilizaban la palabra bajo un criterio de pureza y de exactitud, porque cada palabra, es decir, presentar un texto con tal de que nada sobre y nada falte.

Que el texto realmente sea la esencia de lo que quieres decir, que no sobren cosas, como hacían los románticos en Francia, y que no le falten tampoco cosas. Entonces, yo trato siempre de hacer eso.

Ahora estamos viviendo un fenómeno disruptivo, podría decirse, con esto de la inteligencia artificial que, de alguna manera, está como que amenazando la labor de escritores y periodistas, porque una IA puede elaborar un texto en cuestión de segundos, pero la IA, al menos todavía, no tiene conciencia y es en la conciencia del ser humano donde se encuentra realmente la pureza de la percepción de la realidad.

Es politólogo, periodista, docente universitario e historiador. ¿Cómo logra apagar el rigor del analista político y el académico para dar paso a la imaginación, esa libertad creativa que exige la escritura para una novela, para la ficción?

Porque a veces el mundo ya me cansa. Digamos, tú abres las redes sociales y estás bombardeada de información, de políticos, de influencers, no sé, de personas del mundo del entretenimiento y todo eso que nosotros, los periodistas y columnistas de prensa, utilizamos para hacer un análisis de la realidad. A veces nos abruma y nos cansa.

Entonces, yo creo que el arte, desde hace milenios, en realidad, cuando nuestros ancestros cazadores y recolectores hacían música o hacían pintura rupestre, ya desde entonces el arte es una válvula de escape.

Ahora, ojo, no significa dejarte llevar al 100%, porque el arte también merece y demanda un ejercicio lógico, pero desde otra perspectiva y en otra dimensión muy diferente. Es explorar ciertas dimensiones del espíritu que no pueden ser exploradas por el periodismo ni por el ensayo, ni por la academia, ni por el pensamiento racionalista.

Como mencionaba antes, en La novela del dictador la política y la historia son los ejes centrales, mientras que en El último jeroglífico predomina la investigación histórica. En ese sentido, ¿considera que sus personajes de ficción son una vía para expresar verdades e inquietudes que el periodismo, especialmente el de opinión, o la ciencia política no le permiten plantear?

Efectivamente, porque, como decía Mario Vargas Llosa, en la novela está la mayor de las verdades. Él tiene un libro que se llama La verdad de las mentiras. Y justamente en una novela, o en un cuento, o en una obra de teatro, o en un poema se agazapan esas verdades profundas.

Todos sabemos que sí son verdades, pero que a veces el pensamiento puro, racionalista, lógico no alcanza para decir esas verdades. En una novela, por ejemplo, tú construyes personajes, como tú dices. Y esos personajes pueden entablar un diálogo, un parlamento para que el autor diga cosas que no puede decir en un artículo de opinión o en un ensayo.

Sin duda alguna, yo también utilizo estos recursos narrativos para decir estas verdades que a mí me interesan mucho. Y otra cosa importante es que, en mis tres novelas, Valentina y Natalia, La novela del dictador y en esta última, me he dado cuenta de que está presente la búsqueda de la divinidad o la búsqueda de Dios.

Es un vehículo perfecto para presentar estas reflexiones, debido a que, en una columna de opinión, digamos, si yo escribo sobre la búsqueda de Dios, a nadie le va a interesar porque, además, es un espacio muy reducido. Entonces, esas son las posibilidades que te dan estos otros géneros, como la narrativa o la poesía.

Usted mencionaba que conoce muy poco de la literatura contemporánea. En ese marco, ¿podría mencionar dos o más referentes de la literatura boliviana que considere libros de cabecera y a los que siempre vuelve, tomando en cuenta que la relectura también forma parte de su rutina?

Sí, exacto. Justamente, hace un año exactamente, en septiembre de 2025, me he propuesto, así como plan, como objetivo de vida, no sé si para siempre, pero por lo menos por los próximos años, ya no comprar ni un solo libro. Y solamente releer, releer a los grandes que me han movido el piso, que me han hecho pensar o que me han hecho sentir cosas agradables en el pasado.

Ahora, hablando ya de literatura boliviana, por ejemplo, he estado releyendo los cinco tomos de historia de Alcides Arguedas, que me parece un autor muy interesante en Bolivia, que ha sido despreciado y ha sido olvidado por la mayoría de los bolivianos. Y también te hablaba de Augusto Céspedes, que me gusta mucho su estilo narrativo, me gustan sus crónicas. Otro cuento es como político, pero me parece una figura relevante en nuestras letras.

Y también Franz Tamayo como poeta. Me parece que los bolivianos deberíamos releer y estudiar la poesía de Franz Tamayo. Tiene grandes obras como La Prometheida, Scopas, Nuevos Rubáiyát, Scherzos y las Odas, que son poemas de su juventud.

Gabriel René Moreno me parece uno de los mejores historiadores que hemos tenido en toda nuestra época republicana. Esos cuatro te mencionaría.

¿Hay algún autor contemporáneo que le haya llamado la atención en los últimos años?

Robert Brockmann lo he leído, me gusta cómo escribe. Es como que una crónica, es como una historia literaria porque él adopta recursos narrativos que hacen interesante, digamos, la historia. Es como una crónica muy amena. ¿Quién más? He leído a Juan Carlos Salazar, el Gato. Ellos.

Pero he leído un libro de cuentos de una autora boliviana que hoy está muy celebrada. No voy a decir su nombre, obviamente, pero no me gustó para nada. Y he dicho: “Si esto es lo que se está escribiendo y celebrando hoy, no solo en Bolivia, sino tal vez en la región o el mundo, esto no es para mí”.