jueves 15 de octubre de 2026

Gas y energía, el frágil equilibrio energético

En pocas palabras: sin gas no hay electricidad. Estamos ante una dependencia volátil que nos exige dejar los parches normativos a un lado y apostar, de una vez por todas, por soluciones estructurales.

Mantener el precio de la garrafa de gas licuado de petróleo (GLP) en 22,50 bolivianos es, sin duda, una buena noticia para la economía familiar. Sin embargo, el verdadero detalle —y la gran interrogante— está en la letra chica: la medida es únicamente hasta fin de año ¿Qué pasará después? La diferencia que generan los precios internacionales la sigue absorbiendo YPFB, lo que confirma que el modelo de subvención continúa intacto a costa de un Estado presionado. Mientras tanto, nos encontramos con una ENDE endeudada y con la esperanza puesta en que la empresa privada logre hacer el esfuerzo de invertir. La producción nacional está "tas con tas" con el consumo; y como bien advierten expertos de la talla de Francesco Zaratti, sólo si logramos recuperar los campos y la producción de crudo podremos confiar en que el GLP no escaseará en el corto plazo.

En la otra orilla tenemos el tema eléctrico ¿Subirán las tarifas? El Gobierno lógicamente no lo dirá con esa palabra, pero, como ya es costumbre, las variaciones llegarán y la intención oficial es que el impacto no sea desproporcionado. El mecanismo elegido es mantener una cotización promedio mensual en el dólar, aunque las demás variables —como el precio de los combustibles, los costos de operación e inversión, y el mismísimo índice de precios al consumidor (IPC)— seguirán operando bajo el nuevo marco de indexación.

Con esto se busca que las empresas de electricidad mantengan sus cuentas estables, pero en el bolsillo de la gente se traduce en el riesgo latente de cobros cada vez más altos (y la pregunta lógica es: si el dólar bajará algún día, ¿bajarán las tarifas también?). La expectativa de aumento se calcula entre un 1% y 2%, pero la realidad social es implacable: la gente no entiende de razones ni de fórmulas técnicas; en la calle, si sube, sube.

No podemos analizar la energía sin mirar el gas, porque van de la mano. La electricidad en Bolivia depende en un porcentaje altísimo —entre el 64% y el 75%— de las centrales termoeléctricas que funcionan a gas (con plantas clave como Warnes, Del Sur y Entre Ríos). Y las proyecciones son claras: si no se toman medidas urgentes de fondo, en los inicios de 2027 empezaremos a sentir de golpe la sensación de escasez.

En pocas palabras: sin gas no hay electricidad. Estamos ante una dependencia volátil que nos exige dejar los parches normativos a un lado y apostar, de una vez por todas, por soluciones estructurales.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
 
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