jueves 22 de octubre de 2026

La Tribuna

¡Una vergüenza de arbitrajes!

Conviene detenerse en la naturaleza del error. Equivocarse es humano y el fútbol lo sabe desde siempre. Lo inadmisible es el error sin rectificación

El fútbol boliviano vuelve a mirarse en el espejo y el reflejo es, otra vez, el mismo: el de un arbitraje que no está a la altura de la competencia que dice gobernar. Lo ocurrido el domingo en la Villa Imperial no es un accidente, sino un síntoma. El juez tarijeño Jordy Alemán sancionó, en el tiempo de descuento de la fecha 22, un penal inexistente a favor de Nacional Potosí, cuando Bolívar ya ganaba el partido. Las imágenes mostraron que el zaguero llegó primero a la pelota. Que el resultado no se haya torcido fue obra del arquero Carlos Lampe y no de la justicia deportiva.

Conviene detenerse en la naturaleza del error. Equivocarse es humano y el fútbol lo sabe desde siempre. Lo inadmisible es el error sin rectificación, la sentencia dictada y sostenida con terquedad, como quien confunde la autoridad con la infalibilidad. Alemán cobró primero tiro de esquina, de acuerdo a la posición que tenía, siendo lo primero que observó en su línea de vista; el juez de línea, en una mejor ubicación, supuestamente, le dice que es saque de meta. Segundos después, Jordy Alemán cobra tiro penal, pasando de lado todos los protocolos que indica el reglamento. En realidad, lo que vio y después se negó a revisar. Y el VAR, esa tecnología que debía ser la red bajo el trapecista, cuando el árbitro de campo duda de sí mismo y el video, duda del monitor, lo que queda es una cadena de silencios que terminó en injusticia, ante el reclamo de Bolívar y la visión certera de todos en el estadio y las imágenes de la transmisión televisiva.

No es la primera vez ni será la última, y eso es lo verdaderamente alarmante. Alemán se ratifica como uno de los árbitros más cuestionados del balompié nacional, pero sería injusto cargarle todas las culpas, porque es parte de una constelación. Fecha tras fecha, la División Profesional acumula actuaciones de bajo nivel que opacan el espectáculo. Son pocos los que se salvan del naufragio, y quien los distingue lo hace casi por excepción, como se celebra el agua en el desierto. Un campeonato no puede sostenerse en excepciones.

La tecnología prometía objetividad y ha entregado, con frecuencia, más confusión. Pero conviene no culpar a la herramienta: un instrumento es un espejo que amplifica la competencia o la torpeza de quien lo maneja. Cuando el VAR no interviene en lo evidente o interviene en lo opinable, el problema no está en las cámaras, sino en las manos y en las cabezas que las operan. Los árbitros de video comparten, en consecuencia, la responsabilidad plena de cada desaguisado, porque su deber era precisamente impedirlo.

Como si la jugada no hubiera bastado, llegó la rueda de prensa, y con ella la confirmación de que el problema no era solo de ojos, sino también de criterio. Jordy Alemán explicó que asumía la indicación de su primer asistente “por el trabajo en equipo”, una fórmula que pretende ser humilde pero que funciona como biombo: la responsabilidad se reparte hasta volverse invisible, y el árbitro central, que es el único que dispone del silbato, se presenta como un mero transmisor de una sugerencia ajena. Es una explicación que además tropieza con los hechos, pues las crónicas coinciden en que el juez no cobró la falta en principio y reaccionó casi de inmediato, sin siquiera acudir al monitor. La versión del equipo se parece poco a la historia de la jugada.

Alemán (izq.) habla con Lampe, durante el encuntro entre Nacional y Bolívar en Potosí. Foto: APG.

 

Más desconcertante fue el argumento sobre el VAR, cuyo responsable, Carlos García, habría respaldado la decisión por no apreciar un error claro y obvio, mientras Jordy Alemán sostenía que el video confirma lo que coincide con la interpretación del campo. Aquí la lógica se muerde la cola: si el VAR solo ratifica lo que el árbitro ya vio, es un eco y no un control, y si un penal que los propios futbolistas, la prensa y las imágenes señalan como inexistente no constituye un error claro, cabe preguntarse qué clase de error sí lo sería. Nadie les pedía un acto de contrición, pero sí una explicación a la altura del cargo. Lo que hubo fue una retórica incongruente de circunloquios que, lejos de aclarar, terminó de certificar el diagnóstico.

Aquí llegamos al fondo del asunto: la Comisión Arbitral de la Federación Boliviana de Fútbol. Quienes dirigen a los árbitros, los forman, los evalúan y los designan, no están cumpliendo su tarea. Una orquesta puede tener músicos mediocres, pero cuando todos los domingos desafina, la responsabilidad es de quien sostiene la batuta. No hay fecha del torneo que concluya sin una susceptibilidad, un reclamo o una sospecha. Y el reclamo ya tiene forma institucional: Bolívar elevó una nota formal a la propia Comisión pidiendo explicaciones, los audios del VAR y un sorteo para las designaciones.

Esa última demanda no es un capricho, es el reflejo de una crisis de legitimidad. Cuando los designados dejan dudas sobre su selección, aunque nadie pruebe nada, el daño ya está hecho, porque la confianza es un bien que se pierde en un minuto y se recupera en una década. Hoy el hincha, el dirigente y el jugador miran cada nombramiento con recelo. Un arbitraje que necesita ser defendido de las sospechas ya ha perdido la mitad de su autoridad.

A ello se suma la farsa de las sanciones. Los castigos a los árbitros que fallan son, para decirlo sin eufemismos, un chiste. Unos días de suspensión, un breve descanso en casa, y los mismos señores regresan a los estadios, sonrientes, a incurrir en los mismos errores o en otros peores. Una sanción que no duele no corrige, y una falta sin consecuencia se convierte en costumbre. Cuando la impunidad se vuelve rutina, el sistema entero se transforma en un simulacro de justicia: conserva las formas, pero ha perdido la sustancia.

Lo más grave es el momento. Nos acercamos a la recta final de la temporada, cuando se definen el título, los premios que mueven millones, las plazas para torneos internacionales y las angustias del descenso. En ese tramo, cada decisión arbitral pesa como una sentencia sobre el patrimonio deportivo y económico de los clubes. Dejar esa definición en manos de un sistema que no goza de crédito equivale a jugar a la ruleta con el trabajo de todo un año.

Por eso la salida urgente es excepcional, pero necesaria: que la FBF traiga árbitros del exterior para dirigir las fechas decisivas, la definición del título, la distribución de los premios y los partidos que determinan ascensos y descensos. No se trata de un acto de humillación sino de prudencia, como el paciente que, ante la duda sobre su médico, pide una segunda opinión. Un campeonato que aspira a ser creíble debe, al menos en su tramo más sensible, someterse a ojos que no estén contaminados por la desconfianza. Lo contrario es resignarse a que el balón siga rodando sobre un terreno que no es solamente el del campo, sino el de la credibilidad perdida.

¡Árbitros de afuera ya!