2024-05-22

Staccato

Bolero

De manera sucinta, esta composición de diecisiete minutos (duración prefijada por Ravel) fue escrita originalmente para su amiga, la bailarina Ida Rubinstein, quien la interpretó en el estreno poniendo en evidencia su destacada aptitud escénica.
Maurice Ravel, músico nacido en 1875 en la localidad francesa de Ciboure (Bajos Pirineos y antiguo vizcondado de Labort del denominado País Vasco francés), y fallecido en París en 1937, es, en la actualidad, uno de los compositores más escuchados por una de sus creaciones de mayor renombre: el Bolero. Según se dice, esta obra es interpretada en el mundo cada seis minutos, razón suficiente como para que Ravel, aún en nuestra era, permanezca en el gusto popular como compositor de vanguardia. Las pruebas son concluyentes. A raíz de su excepcional estructura, el Bolero, escrito y estrenado en 1928, se ejecuta hoy no solo en su textura original, sino que ha sido versionado por músicos como Benny Goodman, el renombrado rey del swing, clarinetista y director de orquesta de jazz estadounidense; como así también, con distintos colores y otros instrumentos, por diversos nombres del espectáculo tales como Frank Zappa (rock, jazz, blues…), Tomita (música electrónica vanguardista), Apocalyptica (metal alternativo y chelo metal), e incluso por Gilbert Bécaud, que escribió su popular canción “Et maintenant” inspirado en esta partitura.
 
De manera sucinta, esta composición de diecisiete minutos (duración prefijada por Ravel) fue escrita originalmente para su amiga, la bailarina Ida Rubinstein, quien la interpretó en el estreno poniendo en evidencia su destacada aptitud escénica. Sin embargo, a raíz del estilo en principio monótono, pero luego apoteósico, la obra, ya asimilada en su estructura por el grueso público,  paulatinamente iría evolucionando hacia una versión estrictamente orquestal en virtud de la explicación musical que se subraya a continuación: el material del Bolero se reduce a lo mínimo; “una celda rítmica de dos compases, constantemente repetidos y fácilmente comprensibles, sobre los cuales se interpolan, en forma secuencial, dos melodías populares del tipo habitual árabe-español de dieciséis compases cada una que, gradualmente in crescendo, se repiten ciento setenta veces.” La obra, una magistral combinación de ingenio e imaginación, culmina en un intenso clímax.
 
Uno se preguntará: ¿y cuál fue el secreto de Ravel para convertir esta aparente pieza simple en un dechado de sonidos alucinantes, hipnóticos, capaces de permanecer hasta hoy en nuestras mentes?  La respuesta descubre el fascinante y grandioso misterio: en su genialidad de orquestador, Ravel empleó el arte mayor de acomodar y entrelazar los timbres de cada instrumento. O como explica Manuel Cornejo, musicólogo especializado en el análisis de la vasta producción de Ravel: "El Bolero funciona según los principios del ostinato (frase o motivo melódico que se repite una y otra vez) y del crescendo. Sobre todo, Ravel maneja con maestría el enlace de timbres e instrumentos más allá de las asociaciones habituales, y se las ingenia también para esconder timbres detrás de otros: creemos escuchar un instrumento y se trata en realidad de otro, como un juego con el oyente."
 
Tras el estreno, la crítica se rindió al genio de Maurice Ravel. Pese a que, fiel a su moderación, el compositor hubiera sostenido siempre “que solo había escrito una obra maestra en su vida y que no había música en ella, ya que no se trataba más que de un crescendo único, largo e ininterrumpido; que no existían contrastes, menos innovaciones; y menos aún un intento de virtuosismo”, el Bolero habría de convertirse en una inmensa expresión de estética, una pirotecnia de arte.
 
El mencionado analista Manuel Cornejo subraya que el Bolero es a la vez ruso y americano, toda vez que, por una parte, el gran arte raveliano de la orquestación encuentra asidero en la fascinación del compositor por la música orquestal rusa y el grupo de Los Cinco, en especial por Borodin; y se reconoce, por otra, la influencia de la gira por Estados Unidos que Ravel había hecho justo antes de componer el Bolero. Es muy posible  –sostiene- que su visita a las fábricas de automóviles Ford, por las cuales quedó cautivado, produjeran cierta obsesión en el compositor por la cosa mecánica que de modo musical se reproduciría en el Bolero.
 
Ante las múltiples conjeturas tejidas sobre la motivación musical de Ravel a la hora de componer el Bolero (hay voces que hablan de una suerte de danza macabra, trágica, y otras extravagancias), lo cierto es que muy poco, o nunca, se recuerda que al momento de su creación había escrito una carta a un amigo cuyo texto desvela la fuente y sustancia de la obra. Dice Ravel en un párrafo de la misiva:
 
“Estoy trabajando en algo especial: ninguna forma en el sentido usual de la palabra, ningún desarrollo, ninguna (o casi ninguna modulación). Se trata de un tema en el estilo de Valencia, del compositor español José Padilla, quizá el pasodoble más conocido del mundo. Inspirado en él, prevalece en mi trabajo un sostenido ejercicio rítmico que voy ampliando”.
La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
 
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