Manejan el arte del desamargado
Reinas del tarwi: mujeres aymaras preservan el alimento de sus ancestros
La vista al Titicaca, el lago sagrado, y el sabor amargo del tarwi con cáscara le recuerdan a Gladys Sarmiento Paco, el valor de cultivar la planta que sana la tierra, el alimento de sus ancestros. Lo comprendió desde niña, cuando acompañaba a su abuela a cosechar este grano, conocido por su alto valor nutricional, rico en proteínas, vitaminas y minerales.
“Antes mi abuelita producía y vendía tarwi, entonces desde chiquitita aprendí”, dice orgullosa la productora aymara en su natal Sahuiña, una comunidad que se encuentra a 15 minutos en vehículo del municipio turístico de Copacabana del departamento de La Paz.
En Sahuiña, antes de la cosecha, en las primeras semanas de agosto, las plantaciones de tarwi regalan la vista de un jardín de flores de colores violetas con jaspeados con blanco y amarillo, cuenta Gladys.
Hoy, en el lugar, que es una parcela que mide alrededor de 200 metros cuadrados, solo se ve tierra y uno que otro pequeño arbusto empolvado.
Gladys cuenta que la siembra de tarwi se realizará en octubre y calcula que para marzo o abril se podrá cosechar la semilla, es decir se podrá volver a ver la postal de flores.
Para ella y sus vecinas, mantenga viva la tradición de cultivar este alimento no es una tarea fácil, en especial en estos últimos cinco años. Deben lidiar con la sequía y la helada, los efectos del cambio climático que golpearon a las comunidades que se encuentran en las orillas del lago Titicaca.
“El año pasado nos ha golpeado muy fuerte la helada. Pero no dejamos de sembrar tarwi, es algo que me ha enseñado mi abuelita”, cuenta Gladys, de 41 años y mamá de dos niños, a quienes ya compartió las lecciones de sus ancestros.
Actualmente Gladys forma parte de la Asociación Suma Jatha, integrada por cuatro mujeres, dos hijos de Sahuiña, una de Chacapampa y otra de Yapupata . Todas emprenden una serie de actividades para revalorizar este alimento, que van desde compartir el método milenario del desamargado de esta leguminosa hasta elaborar productos derivados, como harina y queso, entre otros.
Teodora Pacosillo también aprendió de su abuela las destrezas del cultivo del tarwi. Tiene 61 años de edad y vive en la comunidad originaria Queascapa, que se encuentra a 10 minutos del municipio paceño de Puerto Mayor Carabuco.
Ella forma parte de la Asociación Agroecoturística Integral Queascapa, compuesta por 16 productores especializados en el cultivo de esta leguminosa, 13 son mujeres y tres son hombres.
“Queremos hacer proyectos”, asegura y cuenta que tenían previsto vender 500 queques de tarwi para el desayuno escolar, pero la alcaldía solo quería pagar 80 centavos o un boliviano. “Los niños querían harto”, agrega.
Por eso, las productoras optan por vender la semilla en mote en los mercados de la ciudad de La Paz. “Buscan harto, lo vendemos por libra a 25 bolivianos”. El vaso lleno de este alimento tiene un precio de cinco bolivianos.
Este año, en 15 comunidades que se encuentran en los alrededores del lago Titicaca, la producción de este alimento se ha retrasado a causa de los efectos del cambio climático: la sequía y la helada.
En Bolivia, la frecuencia e intensidad de los episodios de sequía es cada vez mayor tanto en el altiplano como en las llanuras. En 2023, llegó el período seco más prolongado de la historia del país a causa de las altas temperaturas y la crisis climática, intensificada por el fenómeno de El Niño, según un informe de la Federación Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna. Roja.
De acuerdo con este reporte, en siete de los nueve departamentos del país (La Paz, Potosí, Cochabamba, Oruro, Chuquisaca, Tarija y Santa Cruz), cerca de dos millones de personas vieron como la falta de lluvia secaba sus campos, agotaba sus ahorros y lastimaba su salud física y mental”.
Las zonas rurales fueron las más golpeadas por la sequía. “En estos lugares, los ingresos y los empleos dependen de la agricultura y la ganadería de camélidos, ovejas y vacas. Los reservorios de agua se secaron por completo, las cosechas de papa y otros alimentos básicos se perdieron; y las llamas y las alpacas empezaron a enfermar e incluso a morir de sed”, añade.
“Ahora (septiembre) es tiempo para sembrar, pero no hay lluvia. Está seca la tierra. Comenzaremos a sembrar en octubre, pero el riesgo es que nos pueda pescar la helada”, cuenta Teodora.
Ana Aguilar Ríos, otra de las productoras de este grano en la comunidad de Sahuiña, explica que este año la sequía ha golpeado muy fuerte a las comunidades, que además del tarwi siembran arveja, oca, papa, choclo y quinua para tener una variedad. “Si no hay lluvia, no hay riego y no hay producción”, asegura.
Sin embargo, el tarwi nunca falta en las parcelas, es la herencia de las abuelas, dice Aguilar, mientras muestra orgullosa los granos de este alimento.
“Además, esta planta sana la tierra”, agrega Sarmiento y cuenta que luego de cosechar las semillas, deja las raíces porque “nutren la tierra, la dejan lista para cultivar con éxito cualquier otro alimento”.
El tarwi tiene una característica fertilizante y se usa para nutrir la tierra. Según especialistas, permite que se fije el nitrógeno atmosférico al suelo, de esa manera, se convierte en un excelente abono para preservar la fertilidad de los suelos.
“Es muy importante porque ayuda a recuperar suelos, a través de sus hojas y flores nitrógeno atrapa atmosférico, porque sus raíces son delgadas y tienen nódulos, a través de los mismos reparte el nitrógeno en la tierra y rescata los suelos, es una alternativa al cambio climático. Es un cultivo rotativo”, explica María Eugenia Galarreta, especialista y dueña del emprendimiento La Flor del Tarwi.
Semillas más resistentes
La Asociación Agroecoturístico Integral Queascapa, a la que pertenece Teodora, es uno de los resultados de un proyecto de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) que motivó a soñar a las productoras de este alimento en las orillas del lago. Se trata de un trabajo científico para revalorizar el cultivo y el uso del tarwi como estrategia de mitigación y adaptación al cambio climático, además, de la mejora del acceso a la proteína en sistemas de producción de los municipios de Escoma, Puerto Mayor Carabuco, Copacabana. . . . . y Viacha.
Este proyecto fue ejecutado por el Instituto de Investigaciones en Producción, Transformación y Comercialización Agropecuaria y el Instituto de Investigaciones Químicas de las facultades de Agronomía, y Ciencias Puras y Naturales, respectivamente, de la UMSA.
Milenka Iturralde Escobar, una de las investigadoras, explica que uno de los cuellos de botella del cultivo del tarwi es que de la siembra a la cosecha tarda ocho meses. Por ello, para agilizar este proceso , se trabajó “en la selección positiva de la semilla”.
Los investigadores seleccionaron las variedades de semillas más resistentes a los efectos del cambio climático (lluvias y heladas). Para ello implementaron el método de selección positiva, es decir seleccionaron las parcelas de determinados agricultores durante los meses de abril y mayo de las gestiones 2021 y 2022.
“Se realizó una selección masal estratificada, eligiendo más de 300 plantas de un área cultivada de aproximadamente 500 hectáreas en tres comunidades del municipio de Puerto Mayor Carabuco, dos comunidades del municipio de Escoma y una comunidad del municipio de Copacabana”, se lee en el estudio.
De acuerdo con la investigación, a través del método de positiva, “identificaron a las plantas que presentan características agronómicas y morfológicas relacionadas con la precocidad, arquitectura de la planta o una combinación de ambas, además de considerar la sanidad de la parcela, y el buen desarrollo de la panoja vigor, tamaño de panoja, tamaño de las vainas, número de vainas por panoja y granos llenos, entre otras cualidades deseables”.
Iturralde explica “que se seleccionaron unas 200 accesiones de semillas que mostraron una precocidad, las cuales fueron entregadas al Instituto Nacional de Innovación Agropecuaria y Forestal ( Inaf ) ”.
Esta institución, según el especialista, está continuando con el trabajo de reselección hasta que se puedan estabilizar las accesiones.
Una vez que se realiza la nueva selección de semillas, se las debe volver a sembrar. Ahí se hace otra selección y se repite el proceso. Se deben pasar tres niveles, para luego definir la variedad de la semilla y ponerle un nombre.
Además, en el marco del proyecto, implementaron el uso del biol (fertilizante orgánico) elaborado con la cáscara del tarwi. Este insumo tuvo un buen resultado en cultivos de otros alimentos, como la papa.
El arte del desamargado
Este alimento se cosecha cada ocho o nueve meses. Por eso, según las productoras, es como esperar la llegada de un nacimiento, de una nueva vida. “Sacamos las semillas, son como las arvejas”, describe Gladys.
Después de ser cosechado y antes de que el tarwi esté listo para el consumo, se le debe quitar su sabor amargo. Para algunas productoras, este paso es laborioso; para la mayoría, es un arte.
Gladys explica que primero se remoja la semilla. Como segundo paso, se debe cocinar por 30 minutos y en el tercer paso se debe llevar al lago en un saquillo para que las semillas “se queden a dormir tres días y dos noches”. “Luego, lo sacamos, lo lavamos y lo ponemos a la venta.
Este método se enseña de generación en generación, generalmente de las abuelas a las hijas ya las nietas. Por esa razón, las mujeres de las comunidades del lago han tomado el mando de la producción del tarwi.
Además, como una resistencia a la extinción de este grano, en los últimos años, han impulsado la creación de emprendimientos de transformación: harina, refrescos, galletas, tostados, confites y quesos, entre otras propuestas.
En la comunidad de Villa Puni, Escoma, Eulogia Yana se ha convertido en una maestra del método del desamargado. Estudió Industria de Alimentos y en 2016 le pidieron realizar un emprendimiento, eligió el tarwi. Se dio cuenta que no se consumía mucho, decidió aprender la técnica de las abuelas, las principales productoras, y se hizo experta.
“Hice hasta confites de tarwi, les puse azúcar para acercar este alimento a los niños”, explica Yala, quien fue convocada por los investigadores de la universidad para enseñar el método ancestral del desamargado.
La promoción del tarwi, una tarea impulsada por una reina
Si la flor del tarwi –que se destaca por su color violeta con jaspeados con blanco y amarillo– tendría un segundo nombre, sin duda se llamaría María Eugenia Galarreta. Ella es la pionera en impulsar el cultivo y el consumo de este alimento en el país. Considerada la reina del tarwi por muchos, está logrando, paso a paso, revolucionar el uso de esta leguminosa en la gastronomía nacional con una amplia variedad de recetas.
María Eugenia se dedicó a estudiar e investigar todo sobre las propiedades nutritivas del tarwi. Además hace 12 años creó su propio emprendimiento: La flor del tarwi.
En el camino, junto a otros emprendedores, impulsó la creación de una alianza para revalorizar el cultivo y el consumo de este alimento: la Red K-motes del Tarwi. “Hacemos talleres y campañas, además vendemos recetarios”, explica y resalta que todo el trabajo que hacen es autogestionado.
Lleva 12 años generando espacios de información y de consumo con el fin de revalorizar este alimento nutritivo. Asegúrese de que este alimento sea igual de rico en nutrientes que la quinua.
“Tenemos un compromiso muy lindo con la semilla, nos criamos, yo por lo menos ya no me veo en la vida y en mi camino sin abandonar mi semilla de tarwi. Queremos sembrar no solo en la tierra, sino también en las cabezas y los corazones de la gente que somos un país muy rico en alimentos”, concluye María Eugenia, la reina.
*Esta investigación fue realizada en el marco del Fondo de apoyo periodístico “Crisis climática 2024”, que impulsa la Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático (PBFCC) y la Fundación Para el Periodismo (FPP).