Cine
Gory Patiño: “Nos falta explorar en géneros y un diálogo más profundo con la literatura boliviana”
Divide su tiempo entre la docencia y la producción audiovisual. Le gusta la novela policiaca y negra, escribe en las madrugadas, hace aeróbicos y artes marciales, le gusta compartir tiempo con sus hijas y pretende seguir haciendo cine. A los 49 años y con tres películas encima, Gory Patiño se posicionó como uno de los más importantes cineastas bolivianos.
Mano propia, recientemente estrenada en las salas de cine, es su tercera película y fue elegida para buscar una nominación para los Premios Óscar 2025, a celebrarse en Los Ángeles, en la categoría de Mejor Película Internacional. Basada en la crónica Tribus de la inquisición, del periodista y cronista Roberto Navia, la película representa un feroz linchamiento registrado en el trópico boliviano, en 2013.
A través de una ficción basada en la realidad, Mano propia no solo retrata una realidad sanguina-ria, sino que también hace una crítica a las pautas de comportamiento más irracionales y deshones-tas de la Policía o del Órgano Judicial. Un Estado ausente, la justicia consuetudinaria que a veces se ejecuta con mano propia y una sociedad dislocada o que actúa al margen de la ley, es el telón de fon-do de una historia familiar que concluye en tragedia.
En esta conversación, Gory Patiño me comparte algunos datos sobre su vida y trayectoria, aspectos técnicos sobre el rodaje de Muralla (2018) y Mano propia (2024) y algunas opiniones sobre en cine boliviano, y las posibilidades que tienen las artes cinematográficas en nuestra época.
Cuéntame un poco de tu vida: tus estudios, intereses, hobbies y primeras incursiones en el mundo audiovisual y del cine…
Vengo del teatro. En colegio, participé en el taller de teatro del Colegio Alemán y ahí me metí en la narrativa y en las artes escénicas porque quería ser actor. También participé en los intercolegiales, como el Indivisa Manent del Colegio La Salle. Como no había una escuela de actuación, opté por estudiar Comunicación Social en la Universidad Católica y paralelamente participar en grupos de teatro.
Y en esos años hubo como un boom de series y cortometrajes en La Paz, y me llamaban a actuar; actué en una serie que se llamaba Fuego cruzado y en Historias del vecino, y en los rodajes me di cuenta de que era el director quien contaba la historia. Entonces me llamó mucho lo audiovisual.
En la Católica había una materia llamada Comunicación Interpersonal, en la que no hacíamos ex-posiciones en PowerPoint, sino videos. Es ahí donde yo comienzo a dirigir y actuar, pero muy intuiti-vamente, pues no sabía nada de nada. Entonces decido después aplicar a una beca (la Fulbright) en Estados Unidos, donde viví más de una década, para estudiar una maestría en Dirección y Produc-ción de Cine y Televisión, en California. Luego regresé a Bolivia y trabajé en publicidad.
Aquí, un grupo de actores me propuso hacer una serie; les propuse hacer un policial, que es una serie que yo dirijo y coescribo. Filmamos La entrega y luego de ello se desprende Muralla, que es mi primera película; años más tarde, viene Pseudo, que es una película que la tuve en desarrollo muchí-simo tiempo, y ahora Mano propia, que se estrenó hace unas semanas.
¿Quiénes fueron tus referentes o maestros? Guionistas, realizadores, películas…
Cuando era chango vi a Peter Travesí en vivo… su último espectáculo, cuando ya estaba solo, y me acuerdo que fue increíble, que actuaba en dos personajes a la vez y que había escrito y dirigido todo… Me marcó como un referente nacional. Me afectó su muerte, sin que yo hubiese tenido mucho apego hacia él.
También me inspiraron los directores del boom de los 90: Juan Carlos Valdivia, Marcos Loayza, Paolo Agazzi, Jorge Sanjinés, Rodrigo Bellott… Fueron mis referentes a seguir; no sé si lo logré, pero lo intenté. Y entre los universales, me gusta mucho Scorsese (Taxi driver) y también Fabián Bie-linsky… (Nueve reinas). El cine que habla de problemas sociales me encanta. En ese sentido, Nueve reinas, que tiene esa viveza criollo-latina, es de mis favoritas.
Mano propia hace una crítica a la fuerza normativa de lo fáctico de una sociedad que se mueve entre el autoritarismo y la violencia, por un lado, y la corrupción y el desgobierno, por el otro. En este sentido, ¿consideras que la película puede ser una provocación, un cuestionamiento profundo, para que se produzca una reflexión social? ¿Y qué opinas sobre la justicia consuetudinaria?
Mano propia, desde el planteamiento de Roberto Navia, me interesa porque no es una crítica unilateral. Primero, habla de lo que es la justicia ordinaria. A partir de un personaje que para mí es una especie de Batman criollo, un justiciero, una especie en extinción diría yo: un fiscal que sí cree en la justicia.
Hoy en día, todos estamos decepcionados con el sistema judicial en todo sentido; sin embargo, hay personas, como él, que aún creen y profesan que la ley debe ser la que mande, la justicia ordinaria. Él sí cree que el linchamiento no es parte de la justicia comunitaria, que no tiene en sus castigos la pena de muerte, como quemar a alguien por robo.
El fiscal recibe una misión en Huarina: arrestar a un presunto violador de niñas en una escuela. Luego el mallku le dice que, al llevarse al profesor, no ha traído a un reemplazo. Eso es la justicia co-munitaria: pensar en global. Esa es una visión. La otra es la de los linchadores, con la que obviamen-te no estoy de acuerdo.
En la película también se muestra la postura de esta gente, que dice que ya está harta de que ladro-nes o violadores salgan absueltos y vuelvan a delinquir.
Entonces no tengo yo la solución. Como cineastas solo contamos historias y planteamos este diá-logo, que tiene que haber. Si vas a poblaciones alejadas, encuentras un abandono estatal, ya que solo hay un comando con tres o cuatro policías, que no abastece, ya que estas poblaciones están creciendo mucho. La película intenta dar todas las posturas, una visión panorámica. No creo en villanos y héroes: cada uno tiene su lado oscuro y su lado claro.
La realidad que pinta la película es similar a la de los Estados fallidos, donde el Gobierno no tiene poder real en ciertos lugares, donde ciertos territorios están gobernados por grupos que operan al margen de la ley. ¿Crees que el cine, en esta realidad marcada por la civilización del espectáculo, para hablar con Vargas Llosa, puede ser un vehículo para general una reflexión de la sociedad actual?
Aún creo que una historia puede provocar un cambio o un diálogo. Nosotros los cineastas debe-mos saber manejar las estrategias del entretenimiento y las del comentario que genere encuentros a través del diálogo. Entonces, creo que son ambas cosas… Ya no podemos darnos el lujo de hacer con-tenido que sea solo reflexivo, pues yo, que estoy en contacto con los jóvenes ahora, entiendo que ellos están acostumbrados a un contenido rápido: las redes, el TikTok… ¡te dan una paciencia de dos se-gundos! Si no tienes la atención de los primeros segundos, chau… no te volverán a ver.
Entonces, sí… hay que hacer un balance entre ambas cosas. Por eso yo me comunico bien a través del género policial. El cine negro te permite contar una historia intrigante y hacer una radiografía de una sociedad, donde hay un marginado, un justiciero, un criminal. Y así cuentas una historia entre-tenida y haces crítica social.
Leyendo Tribus de la inquisición, de Roberto Navia, uno encuentra imágenes estremecedoras. En este sentido, ¿crees que una película como Mano propia podría representar imá-genes más explícitas, con el fin de causar un mayor impacto? A lo que me refiero es a que si crees que imágenes más claras de hechos macabros le restarían a la película, artística-mente hablando…
Es una muy buena pregunta. Me tentaba ser un poco más gráfico y tenía algunas tomas que eran muy duras, pero las quité en los primeros cortes porque cuando lees Tribus de la inquisición, es tu mente la que se imaginó eso. Pero el cine es un lenguaje preciso.
Me ofrecieron en El Alto a un chico que se llama Antorcha Humana, que se enciende fuego y pue-de correr así. Me entusiasmó la idea… pero luego dije que mejor no… Lo que la gente imagina en la película es también muy poderoso, y creo que eso es lo que está sucediendo, a través del sonido y las reacciones uno puede contar y no ser tan explícito, porque yo no quiero hacer una alegoría de la violencia, ya que de por sí lo que sucede es muy violento. Entonces, por eso decidí, y no me arrepien-to, ser menos gráfico y dejar todo a la imaginación del público.
¿Qué aspectos técnicos del film resaltarías y cuáles son los mayores desafíos que en-frentaste durante el rodaje? ¿Y cómo diferenciarías a Mano propia, técnicamente hablando, de Muralla?
En Muralla tuve muchos problemas con el sonido. Siempre fui un director que se preocupaba por la parte visual y no revisaba tanto el sonido. Pero ahora sí, porque el sonido es igual de importante que la foto.
Creo que la parte técnica del sonido en esta última película fue mucho más cuidada que en Muralla. En esta oportunidad jugué más de visitante. No filmé en La Paz, como antes, sino en Palos Blancos, entonces era un escenario muy diferente.
Colaboré con Pablo Paniagua, que es un talentoso director de foto, con quien trabajé muy a detalle todo el guion técnico, y creo que él me ayudó a contar la historia de mejor forma. También trabajé por primera vez con Cergio Prudencio, que hizo la música, y creo que él también es una persona sen-sible, que describió por ejemplo el tema central, la primera vez que charlamos sobre el asunto. En-tonces, creo que la parte técnica, en el sonido, en Mano propia fue mucho más cuidada. Hicimos pos-producción en Uruguay…
En Muralla planteaste una propuesta diferente basada en el thriller: la historia de un exfutbolista que se mueve en los extramuros de La Paz y se convierte en un chofer de minibús alcohólico que recurre al secuestro de una niña para salvar a su hijo de una en-fermedad. ¿Cuál crees que es el potencial del cine negro para la reflexión social en una sociedad conservadora como la boliviana?
Te cuento que, por ejemplo, en El Alto, el consumo de policiales y cine negro es muy alto. Si bien tenemos una sociedad conservadora en muchos estratos, creo que la apertura que hay en los últimos años al streaming y al contenido de otros países, que no solo sea Norteamérica, nos expuso a muchos géneros… y el cine negro es un género muy antiguo.
Entonces, creo que sí funciona como una plataforma para no solo captar audiencia, sino también contar una historia de una manera correcta. Yo no soy el pionero en esto; sin embargo, el formato narrativo de Mano propia se asemeja a todo un wéstern: es el alguacil forastero que va donde impera la ley del más fuerte y quiere hacer justicia como el sheriff, pero no tiene recursos y está solo; es audaz y valiente, pero todos están en contra de él, incluso la gente a la que él quiere proteger. Si en Mano propia ese hombre logra intervenir en un linchamiento, la familia a la que él protege tampoco lo ve bien, porque llevar chicos a la cárcel sería una especie de muerte civil…
Algunas reacciones críticas sobre el cine boliviano giran sobre ciertas insuficiencias técnicas que tendrían los actores. ¿Cómo crees que se podría mejorar ello? ¿Tal vez con academias cinematográficas propiamente y ya no solo de teatro o escénicas?
En nuestro medio tenemos una postura muchas veces cerrada, al decir que los actores de teatro sobreactúan en cine. O sea, no es la manera de mencionarlo porque, si tú ves en EEUU o Europa, los actores de cine pasaron antes por el teatro. La manera en que tú gesticulas y transmites una actua-ción es lo que se precisa en el cine. Entonces, si bien tenemos mucho teatro en nuestro medio, yo creo que sí: talleres de actuación frente a cámara es importante.
Trabajé con Freddy Chipana, que es un maestro de actuación, que también da talleres de teatro, y actuar en cine es otra cosa, pero el proceso actoral es el mismo. Si ves el elenco de Mano propia, hay actores de distintos estilos actorales. Entonces, es el director el que debe unir todo ello y uniformar.
¿Cuáles crees que son las posibilidades que las artes cinematográficas tienen en este mundo cada vez más digitalizado y en el que casi todos tienen acceso a material audiovi-sual breve y relativamente barato, pero de bajo nivel conceptual?
Por un lado, es una gran oportunidad porque tú puedes hacer una película con un celular. Por otro lado, se está dejando de lado storytelling, la estructura dramática o el arte de escribir, ¡pero eso no debería morir!
Entonces uno piensa que hacer una película o un corto es solo filmar, se salta la parte del desarrollo, que es lo más importante que debería tener una película: el planificar cada toma, el hacer investi-gación… Mano propia viene de un trabajo investigativo de ocho meses, que hizo Navia.
Nosotros somos comunicadores y sabemos que ya no se hace el periodismo investigativo… Las redes sociales… ¡todos quieren la noticia para ayer…!, hay mucho ruido y mucho contenido… Enton-ces ¿quién va a ir a investigar o elaborar un trabajo de hablar con la gente involucrada en un asunto? Ya no hay esto, y en Bolivia menos. Entonces yo creo que esto sí hay que rescatarlo.
Yo les digo a los estudiantes que no hay que saltarse esa parte y que hay que aprovechar esto de lo transmedia, hacer una película que pueda cruzar a las redes para captar nuevas audiencias, que aho-ra ya no son fieles a una persona, sino muy dispersas. Yo veo futuro: no hay que ponerse en la pos-tura purista de decir “Yo solo hago largometrajes”. Yo me he reinventado; creo que los cortometrajes son una gran herramienta para mostrar talento y contar historias cortas y que tienen un alcance gigantesco por las redes. Hay que usar todo esto a nuestro favor.
¿Muralla o Mano propia…?
A Muralla le tengo mucho cariño porque es como un primer hijo con el que aprendí muchas cosas. Pero creo que Mano propia tiene un crecimiento y una audacia nuevos; me atreví a salir de lo que es-taba haciendo: a no filmar con la misma gente, a trabajar con un elenco nuevo y con un equipo técnico nuevo, en una locación nueva, en la selva, bajo 38 grados y con una humedad agobiante. Y además me dio la posibilidad de contar una historia real. Todo esto le dio otro tinte a la historia porque si hubiese sido solo ficción, no te la crees… Si bien lo ocurrido se dio en 2013, es algo que aún se vive hoy, cotidianamente.
¿Qué es lo que le falta al cine boliviano? Dame una mirada crítica…
Creo que nos falta explorar en géneros. Nos falta un cine infantil, una película de terror, un roman-tic comedy… Tenemos excelentes películas de autor, pero creo que deberíamos incursionar en usar otras voces y refrescar un poco las maneras de contar historias. Y también un diálogo más profundo y constante con la literatura boliviana; adaptar un libro es normal en cualquier mercado cinematográfico. Adaptar un Raza de bronce, un Altiplano express, como Los Andes no creen en Dios… Nos falta más de eso.
Porque cuando tú proyectas una película adaptada de un libro, hay gente que no leyó el libro y que recién lo leerá por haber visto la película. Así se mueve la cultura. Eso sería muy beneficioso.
¿Qué es lo que viene en tu carrera?
Estoy en otro proyecto, pero está en desarrollo, nada como para anunciarlo (ríe). Tengo un guion ya listo, que lo escribí con otros compañeros, con quienes hice Pseudo. Tengo varias ideas ahí que las sigo desarrollando. Todavía nada anunciable (ríe). En estos tiempos, ya no se puede hacer una sola cosa. Hay que hacer varias.