Francotirador
El peligroso asalto de los outsiders en la política
En el último cuarto de siglo (2000-2025), la figura del outsider, el ajeno, extraño o recién llegado a la actividad política, ha cobrado protagonismo en el contexto global. Se trata de candidatos que, sin provenir de los partidos tradicionales, ni contar con una carrera política convencional, logran captar el apoyo de una ciudadanía desencantada con las élites y el orden establecido. Su atractivo radica en su carácter impulsivo, violento y disruptivo, ofreciendo las promesas de cambio, frente a las estructuras políticas dominantes, percibidas como corruptas e ineficaces. En Bolivia, las candidaturas de supuestas caras nuevas y jóvenes, constituyen más un peligro en ciernes, antes que un conjunto de alternativas democráticas. Estos perfiles siniestros se encuentran en el binomio de Andrónico Rodríguez, Eva Copa, el Partido de Acción Nacional Boliviano (PAN-BOL) y el Frente para la Victoria (FPV).
En algunos casos, la aparición de los outsiders puede interpretarse como un síntoma de vitalidad democrática, debido a que la sociedad busca alternativas de liderazgo y el sistema democrático permite que “voces nuevas” compitan por el poder. Sin embargo, estos líderes no convencionales, también pueden ser el reflejo de una crisis institucional, donde la desconfianza hacia los partidos, abre la puerta a otro conjunto de liderazgos personalistas que, en varias ocasiones, debilitan la democracia en lugar de fortalecerla.
Fruto de la crisis de legitimidad de los sistemas democráticos, una salida desesperada de la opinión pública, es el reclamo colectivo por la figura de un salvador. De aquí que cualquier arquetipo que podría interpelar al viejo orden odiado con ofertas nuevas, inoportunas y sorpresivas, llama mucho la atención. Pero, si nos acercamos mucho más a la naturaleza exacta de varios líderes que irrumpen como insólitos outsiders, descubrimos que su atractivo se basa, en muchos casos, más en estrategias de marketing político, antes que en propuestas sustantivas de gobierno.
La llegada de figuras jóvenes o inexpertas puede traer ideas frescas y, de alguna manera, una energía renovadora, especialmente en aquellos contextos donde la cultura tradicional está agotada, o es extremadamente corrupta, pero la falta de experiencia y socialización política, en la mayoría de los casos, suele traducirse en dificultades para gobernar.
Los outsiders carecen de redes confiables, equipos preparados y la experiencia necesaria en negociación y consenso que distingue a los líderes formados en partidos institucionalizados. Esto puede derivar en la conformación de gabinetes de ministros poco funcionales, propuestas demagógicas difíciles de implementar y, en el peor escenario, todo desemboca en una deriva dictatorial, tal como fueron los desastres de Abdalá Bucaram en Ecuador, Alberto Fujimori en Perú y actualmente, Nayib Bukele en El Salvador. Asimismo, de forma reciente, en Guatemala o Ecuador, outsiders como Bernardo Arévalo o Daniel Noboa, lograron canalizar demandas anticorrupción y de “cambio estructural”, sin necesariamente buscar destruir el sistema democrático, aunque lejos de fortalecer la democracia, terminaron debilitándola mediante prácticas populistas y una obsesiva concentración del poder.
Por otra parte, diversos estudios sobre el carácter y la personalidad de algunos líderes, han encontrado que las personas con rasgos “narcisistas”, tienden a involucrarse más en las actividades políticas, motivadas únicamente por una percepción de superioridad y búsqueda de reconocimiento. Si bien esto puede impulsar la participación democrática, también conduce hacia el túnel de liderazgos personalistas, egoístas y autoritarios, donde el interés individual predomina sobre el bien común. Esto es lo que sucede, por lo general, con gran parte de los outsiders en América Latina.
No obstante, no todos los outsiders responden a un mismo perfil psicológico o político. Existen casos en los que los líderes “disruptivos y extraños”, impulsaron algunas reformas necesarias y se conectaron con varias demandas legítimas que provenían de la ciudadanía. Al mismo tiempo, también existen otros ejemplos donde la cultura populista promovió nuevos líderes que solamente exacerbaron la polarización, debilitando las instituciones democráticas y generando inestabilidad, como fue el típico caso de Hugo Chávez en Venezuela, Carlos Palenque y Evo Morales en Bolivia, así como Alberto Fujimori en Perú. El discurso antisistema que los outsiders transmiten, por lo general, acrecienta el descontento social, erosiona los consensos y dificulta tremendamente la gobernabilidad.
El surgimiento intempestivo de outsiders y candidatos jóvenes o noveles puede representar, tanto una oportunidad como un riesgo para la democracia. Su éxito revela la necesidad de renovación y respuestas a diferentes problemas, no resueltos por las formas tradicionales de hacer política; sin embargo, la falta de experiencia, la tendencia al personalismo y el posible narcisismo de algunos perfiles políticos, pueden convertirse en una carga, generando decepciones y destruyendo las instituciones democráticas.
El auge de los outsiders no es solo un fenómeno electoral, sino también una expresión concreta de la antipolítica. Esta actitud, alimentada por años de corrupción, exclusión y cierta “rebelión ciudadana”, genera un rechazo frontal a todo: los partidos, el Congreso, los procedimientos deliberativos e incluso a los medios de comunicación. Los outsiders se nutren de ese clima de indignación, presentándose como figuras ajenas a la “vieja política” y como redentores del pueblo contra las élites. No obstante, esta lógica antipolítica, que seduce por su aparente autenticidad, suele esconder soluciones simplistas, desprecio por el pluralismo y un debilitamiento profundo de los contrapesos institucionales que sostienen a la democracia.
El desafío está en encontrar un equilibrio: abrir la puerta a nuevas voces, sin sacrificar la solidez y la responsabilidad que exige el ejercicio del poder. El narcisismo que moviliza a múltiples líderes carismáticos, en la cultura política latinoamericana, refuerza el autoritarismo en la sociedad por medio de liderazgos intransigentes y autocomplacientes. En estas circunstancias, los outsiders terminan mostrando una falta de preparación y compromiso que desvirtúa sus promesas iniciales. Sus acciones tienden a reproducir verdaderas teatralizaciones carentes de sentido, que se presentan como soluciones facilistas y, simultáneamente, inviables, porque no saben cómo enfrentar la pobreza, lo difícil que es corregir las desigualdades y tampoco saben cómo construir un verdadero orden político, con la debida “capacidad estatal” para consolidar los sistemas democráticos.
La falsa promesa de los outsiders, no solo distorsiona la política, sino que también pone en jaque el futuro de la democracia. En Bolivia, esto es lo que representan Andrónico Rodríguez, Eva Copa y su lista de candidatos oportunistas, torvos y sin visión de país.