La economía en segundo plano: el voto boliviano y su peso emocional
En Bolivia, los procesos electorales rara vez giran en torno a propuestas económicas estructuradas. Aunque la mayoría de la población reconoce que atravesamos una crisis profunda —marcada por la inflación, la escasez de dólares, la falta de carburantes y el agotamiento del modelo extractivista—, al momento de votar, la economía no ocupa el lugar que debería. Las decisiones ciudadanas se ven influenciadas, principalmente, por factores políticos, simbólicos e identitarios. Así lo evidenciaron los resultados de las elecciones del 17 de agosto.
Esto no quiere decir que a los bolivianos no les preocupe la economía. Todo lo contrario, es uno de los temas más mencionados en encuestas, debates y conversaciones cotidianas. Sin embargo, en la práctica, terminan pesando más otras variables: la figura del líder carismático, el arraigo ideológico o el temor a “que vuelva el otro”. Antes se votaba por lealtad partidaria; ahora, por afinidad simbólica o ideológica, incluso si los candidatos representan las mismas lógicas de poder que se cuestionaban.
Bolivia es un caso paradigmático de cómo, en buena parte de América Latina, la política sigue dominada por lo emocional. El peso simbólico del “proceso de cambio”, la narrativa antiimperialista y la construcción del Estado Plurinacional dejaron una marca profunda. Aun con un modelo económico claramente desgastado, muchos continúan defendiendo ese relato —con nuevos rostros, pero con la misma lógica— antes que apostar por propuestas técnicas y sostenibles.
Los liderazgos “alternativos” también caen en el juego emocional. Se presentan como renovadores, pero apelan al miedo al pasado, a la memoria selectiva del desastre y a la nostalgia de un país que nunca terminó de consolidarse. Con nuevos colores, vuelven a apostar por lo mismo: confrontación, polarización y promesas que, con suerte, tienen algún sustento.
En época electoral se promete hasta lo imposible. Lo importante es enamorar al votante. Y si bien cada voto tiene consecuencias, no se puede obviar que muchas veces se vota desde la necesidad, el miedo o la desinformación. Culpar únicamente al elector sería injusto. También hay que hablar de manipulación mediática, de la ausencia de debates serios, y de los intereses económicos que operan tras bambalinas.
Rechazar las recetas fondomonetaristas o los modelos de shock es comprensible, pero no suficiente. Sin alternativas viables, sostenibles y justas, ese rechazo se convierte en un vacío político más que en una propuesta real. La pregunta clave sigue siendo: ¿cómo enfrentamos una crisis fiscal sin empobrecer aún más a quienes ya están al límite? La respuesta no es fácil, pero es impostergable. Y ya no puede seguir evitándose.
Parte del problema es que muchas veces ni siquiera hay un proyecto económico serio sobre la mesa. Algunos candidatos repiten fórmulas populistas, hablan de “milagros productivos”, sin detallar cómo se lograrán. Lo económico se reduce a un eslogan electoral, sin planificación, sin cifras y sin horizonte.
A esto se suma la falta de comunicación técnica. ¿Quién explica con claridad las consecuencias del déficit fiscal? ¿Quién plantea una reforma tributaria que no castigue al más pobre, pero que sea realista? En medio de esta desconexión, el votante queda desarmado, sin herramientas mínimas para comparar propuestas.
Votar, además, es un acto profundamente identitario. En un país tan diverso y fragmentado como Bolivia, muchos no eligen al candidato con la mejor propuesta económica, sino al que “me representa”, “me escucha” o “me defiende”. En comunidades rurales, sindicales o indígenas, el vínculo con ciertos actores políticos suele pesar más que cualquier análisis técnico. Esa lealtad simbólica sigue moldeando profundamente la dinámica electoral del país.
Y en momentos de crisis, el pragmatismo manda. Lo urgente se impone sobre lo estratégico. ¿Quién garantizará que haya gas? ¿Quién me dará un bono? ¿Quién evitará nuevos bloqueos? Son preguntas lógicas, humanas. Pero cuando los votos se definen por lo inmediato, el largo plazo queda completamente ausente del debate.
Bolivia vive una paradoja peligrosa: una crisis económica creciente, sin un debate serio sobre cómo salir de ella. Se priorizan símbolos, ideologías y emociones, mientras se posterga la discusión sobre justicia fiscal, productividad, industrialización con valor agregado o lucha real contra la corrupción.
A las puertas de una segunda vuelta histórica en Bolivia, romper este ciclo se vuelve una urgencia ineludible. No podemos seguir votando con el estómago, la bronca o la nostalgia. Es hora de exigir propuestas concretas, viables y honestas. Porque sin un proyecto económico real, cualquier gobierno —por muy simbólico o popular que sea— está condenado al fracaso.