Mario Estenssoro, el maestro
Sin duda que en una mezcla de géneros que bien encajaba con su excepcional temperamento artístico, las partituras de Bach y Beethoven, de Chopin y Debussy, así como de otros grandes maestros románticos y modernos, fueron, adjuntas a emociones personales muy intensas, todo un repertorio de vida en la fecunda existencia del pianista Mario Estenssoro Vásquez, uno de los más grandes concertistas que ha dado nuestro país.
Nacido en Tarija en 1907, y atrapado desde pequeño por la idea de que los sonidos musicales podían ser un aporte a la vida y al mundo, esa sensación temprana conectaba con lo que, como eco nocturno, quizás poético, y de gran influencia para su arte futuro, él llamaría “un elemento primordial de la naturaleza oscilante entre el ruido y el sonido musical absoluto”: el río Guadalquivir, portentoso caudal de aguas que “en bello espectáculo baña los huertos de los valles de Tarija”.
Sumergido de lleno en esa naturaleza exploradora que despertó en él las impresiones más hondas, vio luego cómo surgía ante sus ojos la gente sencilla de esos parajes, cuyo lirismo en el lenguaje confluía en formas de elevado canto y tonada; expresiones que hacían del chapaco, hombre y mujer campesinos, otra semilla de percepción de sonidos. Y si a eso, que por principio maduró en Mario Estenssoro la convicción de identidad y pertenencia del arte criollo, y de la cultura vernácula en general, se sumaba una familia que cultivaba la música -en especial su madre que cantaba partes de óperas italianas-, todo ese conjunto de íntimas vivencias fue determinante para que Mario Estenssoro proyectara su destino.
A la conclusión de los estudios escolares, su padre, abogado de profesión y pianista aficionado, advertido anticipadamente de la vocación que palpitaba en su hijo, lo envió a estudiar música a Santiago, al Conservatorio Nacional de Música dependiente de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Ya definida su preferencia por el aprendizaje del piano, diversos profesores reunieron conocimientos para dotar al joven pianista boliviano de una concepción musical que le abriera las puertas para transmitir sus propias emociones (aquellas que desde la infancia vibraban en su interior). En ese camino, fue alumno de Arnaldo Tapia Caballero, afamado maestro y pianista chileno premiado dentro y fuera de ese país con los máximos galardones; y de Cora Bindhoff, reconocida educadora y profesora de la cátedra de piano del mencionado conservatorio.
Si bien se ha asegurado que el eminente pianista chileno Claudio Arrau fue su maestro, el propio Mario Estenssoro desmiente esa aseveración en una reveladora y completa entrevista que le hiciera el historiador René Arze Aguirre. A la pregunta sobre si Arrau habría sido su profesor, responde ad litteram: “No propiamente profesor, pero lo conocí personalmente. En casa de Tapia Caballero, también muy amigo de Arrau, nos explicó problemas esenciales de su técnica. Arrau me introdujo en esos elementos básicos de la producción del sonido, los problemas de la relajación y tantos otros factores de la técnica pianística, de manera que yo, ya en esa época, tuve contacto con la manera de tocar y con los problemas esenciales de la gran técnica de Arrau, que es una de las técnicas más grandes y representativas de nuestra era pianística”.
Pero por más que Claudio Arrau no hubiera sido su maestro oficial, esa valiosa e ilustrativa lección de una tarde en casa de Arnaldo Tapia Caballero, se erigió –como Mario Estenssoro sostuvo más adelante- en la clase estelar que lo instruyó en el pleno entendimiento del sentido del matiz y del color, en la clara percepción y rigor de un sonido redondo, flexible y vigoroso al mismo tiempo; en dotar a la ejecución de una precisión absoluta, aun sin que importara la velocidad, el ritmo, y en el cabal dibujo interpretativo (fraseo) de melodías desarrolladas en distintos planos sonoros. En fin, tal serie de “elementos básicos de producción de sonido” que expuso Arrau aquel día, fue concluyente para que Mario Estenssoro adquiriera, con acento máximo, un vital lenguaje teorizador y práctico en su condición de maestro, y asimismo alcanzara una elevación extraordinaria como intérprete.
A su regreso a Bolivia, ofreció una gira de conciertos por diversas ciudades del país, aunque se establecería en Sucre luego de conocer a quien sería su esposa. En dicha ciudad, Mario Estenssoro creó “la sección musical de la Escuela Normal como la primera experiencia latinoamericana de formación de maestros de música en una Normal”, y más tarde fue Presidente del Ateneo de Bellas Artes.
Luego de años de prolífica tarea docente en Sucre, fijó residencia en La Paz con el fin de ejercer la Dirección del Conservatorio Nacional de Música, cargo que no ocuparía por mucho tiempo debido a que en 1952 salió al exilio a la ciudad de Lima. En esta capital, la relación entre él y un universo musical distinto no fue óbice para desarrollar una fecunda y cognitiva labor formativa en la cátedra de piano superior del Conservatorio Nacional de Lima, a la par que, en añoranza del periodismo cultural que había ejercido tiempo atrás en La Razón de La Paz, colaboró con artículos en el diario La Prensa, espacio en el que dicho sea de paso conocería a Mario Vargas Llosa, quien, no solo en ese periódico, sino también en La Crónica (en este desde muy joven), publicaba sus cuentos.
Como conclusión de esta sucinta semblanza, y en juicio valorativo de su proyección artística y humana, no cabe duda de que Mario Estenssoro Vásquez ha dejado una valiosa impronta en varias regiones de América Latina, muy especialmente en el extendido escenario musical de nuestro país, en cuya atmósfera, sea como transmisor de las variadas culturas vernáculas (cosmovisión identitaria nacional), o como concertista de música elaborada, hoy resuena el eco de un piano -el suyo- que amplifica técnicas diversas, recursos estilísticos y producción de sonidos que, no usuales, asombran por su cualidad estética.
Así lo atestiguan varias generaciones de talentosos discípulos suyos, cuyas facultades extraordinarias les ha permitido cruzar nuestras fronteras y trascender en otras latitudes. Sublime legado de un maestro de maestros, y de un concertista magistral que, entre un soberbio e infinito repertorio, interpretaba con inyecciones de brío y sutileza y perfecta síntesis de lo racional con lo emocional, el clave bien temperado de Bach, las 32 sonatas de Beethoven, y absolutamente toda la producción de Chopin y de Debussy.