2025-12-11

Reino Unido vs. Rusia: un debate que exige prudencia y claridad a Bolivia

La disputa pública entre Londres y Moscú no es solo un intercambio retórico: es una señal de que la competencia entre potencias ahora también se libra en Bolivia.

En los últimos días, las embajadas del Reino Unido y de Rusia en Bolivia difundieron comunicados públicos confrontando abiertamente sus posiciones sobre temas sensibles de la agenda internacional, incluyendo el caso del envenenamiento de Serguéi y Yulia Skripal en Salisbury en 2018 y la guerra en Ucrania. Cada representación diplomática busca no solo responder a la otra, sino también influir en el debate boliviano e instalar su propia narrativa. Este intercambio —inusual por su tono, su visibilidad y su intención explícita de incidir en la opinión pública nacional— coloca a Bolivia en el centro de un pulso geopolítico que rara vez se expresa con tanta claridad en un tercer país.

El Reino Unido sostiene que Rusia representa una amenaza para la estabilidad internacional, enfatizando el uso de armas químicas, ciberataques, campañas de desinformación y la invasión de Ucrania como parte de un patrón de conducta agresiva. Su embajada invita a Bolivia a coordinar posiciones en foros multilaterales y a revisar cuidadosamente sus asociaciones estratégicas con entidades rusas. Rusia, por su parte, acusa a Londres de rusofobia, de interferir en procesos de paz y de ocultar su propio historial de intervenciones militares, mientras reivindica un orden internacional multipolar y reclama respeto para la soberanía boliviana. Ambos discursos buscan dotarse de legitimidad histórica, moral y política, y ambos intentan persuadir a Bolivia para que respalde sus respectivas interpretaciones del conflicto global.

La controversia refleja un fenómeno que ha vuelto a ocupar un lugar protagónico: la reaparición de la geopolítica como eje central de las relaciones internacionales. Desde el fin de la Guerra Fría, la integración regional, el comercio y la globalización dominaron la agenda, relegando los debates sobre poder duro y rivalidad estratégica. Hoy, sin embargo, el mundo atraviesa un periodo de transición del orden internacional, en el que se reconfiguran los equilibrios globales y la narrativa liberal dominante pierde influencia frente a modelos alternativos de organización del poder. En este contexto de recomposición, las tensiones entre potencias ya no se circunscriben a las regiones tradicionales de conflicto, sino que se proyectan también hacia América Latina y, en particular, hacia el espacio diplomático boliviano.

Es en este marco que Bolivia adquiere importancia renovada. El interés de actores como el Reino Unido y Rusia por influir en el posicionamiento del país responde no solo a la coyuntura global, sino también al contexto interno: el cambio de gobierno. A diferencia del periodo del MAS, cuyo alineamiento con Moscú y con actores contrarios a Estados Unidos fue claro y sostenido, la administración de Rodrigo Paz aún no ha definido con precisión sus posturas frente a estos temas. Esa indefinición de un gobierno que apenas lleva un mes en funciones abre una ventana estratégica que distintas potencias intentan aprovechar para orientar el rumbo de la política exterior boliviana.

Justamente por ello, este momento exige prudencia estratégica y claridad conceptual. Bolivia no puede permitir que su política exterior sea moldeada por presiones narrativas externas ni por la dinámica de bloques. Su acción internacional debe estar guiada por marcos coherentes con su posición estructural en el sistema internacional. En este sentido, el realismo periférico (Escudé, 2012) ofrece criterios para que un Estado de capacidades limitadas priorice sus intereses esenciales y evite costos innecesarios derivados de rivalidades ajenas. De manera complementaria, la doctrina del no alineamiento activo (Fortín, Heine y Ominami, 2020) propone una autonomía estratégica selectiva, capaz de diversificar vínculos, aprovechar oportunidades y participar activamente en el sistema sin quedar atrapado en alineamientos automáticos.

La disputa pública entre Londres y Moscú no es solo un intercambio retórico: es una señal de que la competencia entre potencias ahora también se libra en Bolivia. Frente a ello, la respuesta debe ser una política exterior independiente, equilibrada y proactiva, basada en una diplomacia profesional e institucionalizada. Solo así el país podrá afirmar su autonomía estratégica, navegar con inteligencia este periodo de transición global y asegurar que sus decisiones respondan siempre a los intereses nacionales, no a presiones externas.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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