La frontera invisible
"Todo en esta vida tiene solución", esa frase parece una mentira cuando durante el check in te devuelven el pasaporte con un seco: "lo siento, no puede volar".
He pasado 12 horas en el aeropuerto de Perú sin la esperanza de una solución. Encerrada en este gigantesco laberinto del que tampoco me atrevo salir. He dado vueltas tantas veces que ya me he hecho un mapa mental de cada uno de los tres pisos, los negocios, ascensores, baños, asientos y puntos de información que poco me han servido. He cargado con mi equipaje de 12 kilos, una mochila y una cartera por tanto tiempo que ya no son una carga, sino la excusa perfecta para dar vueltas ocasionalmente y aparentar que estoy perdida sin estarlo. Ahora que lo pienso sí estoy extraviada, porque un avión con rumbo a Francia, con un asiento reservado para mí, está vacío. Porque no estoy donde se supone que debería estar.
Llegué a Perú a las 10 de la mañana, con un retraso de cuatro horas que agradecí porque debía hacer una escala de más de 12 horas. Odio esperar, pensé.
Cada hora era un suplicio. Dormía, leía, paseaba, iba al lavado, y me apostaba -ilusa- frente al panel de informaciones, esperando a que el reloj de las 19:00, las 18:00, o por lo menos las 17:00. Sigo esperando, pero ahora espero una esperanza.
A las 19:00, cuando por fin se habilitó el espacio para el registro, fui la primera en la fila, cómo no serlo si había llegado 8 horas antes.
Después de la pandemia he tomado una mala manía: me he vuelto una supersticiosa a extremos irracionales. Presentía qué algo malo sucedería cuando la recepcionista que me tocó se encontraba en el asiento 13. Primero, me pidió el pasaporte y tecleaba, y tecleaba mientras su cara pasaba de la concentración mecánica -propia de las recepcionistas- a un gesto de duda, que luego se convirtió en un semblante de sospecha. Me pidió los boletos de retorno. Por suerte lo tenía todo impreso.
Seguía tecleando y de pronto me dijo, "no ponga la maleta todavía". Y se fue. Primero le enseñó mi pasaporte a la recepcionista de al lado, luego a la de su otro lado. Minutos eternos. Finalmente me pidió que pase al escritorio de informaciones.
"Al fin", pensé. La joven que me atendió revisó nuevamente todos los papeles que traía conmigo: mi boleto de ida, el de vuelta, la carta de invitación a Rusia. Anotó el nombre de las instituciones. Además del pasaporte, le di mi carnet de boliviana. Intentó disimular su interrogatorio con una charla común. "Por cuánto tiempo viajará", "¿tiene su antiguo pasaporte a la mano?", “¿dónde vive?", “¿trabaja?”, “¿hace cuánto ya?”, “¿tiene su credencial (de prensa)?”. Tomaba fotos, anotaba cosas y de pronto llegó. Era un muchacho que estaba en el mostrador, salió por unos minutos y volvió con una serie de cajitas: luces, lupa, y unos dos aparatos más qué, por los nervios, ya no recuerdo. No sé por qué, pero sentí como si hubiera cometido un delito que pronto sería develado. “¿Pasa algo?”, volví a preguntar, pero la respuesta siempre era una negativa oculta de cortesía. "Solo voy a verificar (...). Es que su pasaporte es nuevo". Finalmente, la joven, con mi pasaporte y carnet en mano, se paseó por los otros escritorios, como lo había hecho su compañera media hora antes.
Devolvieron mi caso a la recepcionista original, y cuando por fin parecía terminar el inusual proceso, pasó mi pasaporte por una máquina y volvió la cara de duda. Sin embargo, esta vez la señora no se movió y llamó a su compañera, la que parecía la jefa. "Lo que pasa es que usted no puede pasar porque necesita visa para entrar a París", me dijo. "Pero si no saldré del aeropuerto, estaré solo de paso. Mi destino final es Moscú", repliqué. Ahí me leyó las reglas, y la soluciones que me daban eran una más imposible que la otra: tramitar una visa para París, tramitar un Visado de Tránsito Aeroportuario (VTA), contar con una visa Schengen de corta duración, tener residencia en Canadá, Chipre, República Checa. “¿Qué?".
"Voy a hacer una llamada, por favor", pedí intentando no perder la compostura, no perder mis documentos y buscando a alguien que me ayude con conexión de internet. "Claro, pero el check in cierra en 14 minutos", me apuró.
Tiempo ingrato. Todo el día te negaste a avanzar y justo ahora te aceleras.
Entre conseguir internet, llamar, mandar audios y conseguir respuestas. Volví y el escritorio ya estaba ocupado por otra empresa. Eso pasa en los grandes aeropuertos, creo.
Así perdí mi vuelo tras una espera de 8 horas.
Visa de tránsito. No sé qué países requieren este documento para ganarse el derecho de esperar en el aeropuerto de París. Ahora sé que Perú no lo necesita, pero Bolivia sí y es uno de los desafortunados. Ahora sé que es así desde 2007.
Un día antes del viaje habilité en la tarjeta las compras en el exterior, con la fe de que me sería útil en los países en los que debía hacer escala y, por si necesitaba comprar algo de emergencia: comida o agua.
No me sorprendió, pero sí me decepcionó que la tarjeta nunca funcionó y como solución cambié cinco dólares a soles, solo para agua. Claro que eso fue antes de que me negaran el vuelo.
Cuando mis esperanzas de abordar ese AF0505 se murieron, busqué un hotel para dormir unas cuantas horas, confiada en gastar los dólares que había comprado con sobreprecio en Bolivia. Pero al momento de pagar, me dijeron que solo aceptan tarjeta porque "no manejan caja". Obviamente no aceptaron la tarjeta boliviana, porque una cosa es el dólar de la bonanza económica boliviana, (un dólar a Bs. 6.96), y otra es el dólar, qué hoy por hoy (28 de septiembre) está por encima de los 14 bolivianos.
Atrapada, en un aeropuerto que de tanto transitar se me hace pequeño. Atrapada por un gobierno que se niega a aceptar la inflación. Atrapada por políticas externas que me dejan encerrada en un país que no es el mío por quién sabe qué razones.
Resignada busco un restaurante. "¿Acepta dólares?", pregunto antes de cualquier cosa, con el estómago crujiendo. "Sí", me dice. El servicio es tan rápido que mi bowl de ensalada y mi café llegan tan pronto que ni siquiera puedo disfrutar de la comodidad del sofá que elegí para sentarme. Igual lo agradezco y como. Una ensalada con lechuga, palta, queso, cebolla, maíz, tomate, una cama de arroz y milanesa picada. Por separado, todo está delicioso, sabrá mejor si revuelvo, pienso. Error.
El plato se ve mal, la combinación no es la mía y he comido tan rápido que la comida me inunda el pecho y el estómago. Luego decido separar la milanesa y el arroz de las otras verduras, esperando que así no me cause náuseas. Haré lo que quiera con mi plato de ensalada, porque en el país y en el mundo, soy solo la que obedece las reglas, pero en mi mesa, yo soy la que manda. Si quiero comer limpio y ordenado, lo haré, pero si deseo revolver todo y que el plato se vea como una mezcolanza de ingredientes incomibles, entonces así será, y por fin, si quiero volver a separar los ingredientes ya embarrados, entonces lo haré también. En ese pequeño plato hondo, entre esos ingredientes que parecen papilla sin sentido, y en ese plato que ahora se ve sucio, mando yo.