Historias
Estadounidense Earnie Stewart: "El Rose Bowl sacó lo mejor de nosotros"
FIFA
Aquel grupo de jugadores, en el que menos de la mitad de los integrantes militaba en clubes profesionales, revolucionó el panorama futbolístico durante la Copa Mundial de Estados Unidos 1994. El momento culminante llegó con la victoria contra Colombia, una de las favoritas al título, en un enfrentamiento que se preveía claramente desigual, disputado en uno de los estadios más emblemáticos del país: el Rose Bowl de Pasadena. Earnie Stewart marcó el gol de la victoria con el remate de un pase perfecto de Tab Ramos, tras una jugada colectiva que sorprendió a propios y extraños.
Stewart, a sus 25 años, y probablemente la mayoría de sus compañeros no fueron plenamente conscientes de la magnitud de aquel triunfo por 2-1. A veces, solo la inconsciencia propia de la juventud permite alcanzar logros extraordinarios.
FIFA conversó con el exdelantero sobre una de las victorias más recordadas de la historia del fútbol estadounidense.
Parece increíble que hayan pasado 32 años desde Estados Unidos 1994.
(Ríe) Intento convencerme de que no ha pasado tanto, pero sí, ha llovido mucho desde entonces. Sin embargo, guardo recuerdos muy especiales de aquella edición.
Cuando piensa en el partido contra Colombia, ¿qué es lo primero que le viene en mente?
La verdad es que no es tanto el encuentro en sí, sino lo que sucedió después, cuando Andrés Escobar fue asesinado a tiros en Colombia. Eso es lo primero. Lo segundo es el día del partido: nuestra afición, la enorme cantidad de gente en el estadio, el calor y aquella victoria increíble contra un equipo considerado firme candidato al título tras su brillante fase de clasificación. Sin embargo, todo quedó eclipsado por lo ocurrido pocos días después.
¿Cree que el Rose Bowl fue el escenario perfecto para ganar aquel partido?
Sin duda. Jugamos nuestro primer encuentro en el Silverdome, un estadio legendario que, por desgracia, ya no existe. Después viajamos a Los Ángeles. El equipo llevaba bastante tiempo concentrado en Mission Viejo, muy cerca de allí, y muchos jugadores ya se sentían como en casa. Encontrarnos con un estadio lleno, con casi 100.000 personas en las gradas, fue el contexto ideal para sacar lo mejor de nosotros.
¿Cuándo se dio cuenta de que podía hacer algo especial en ese partido?
Ni idea. En aquel Mundial era muy joven y no pensaba en esas cosas; simplemente trataba de vivir la experiencia. De hecho, no recuerdo demasiado del Mundial de 1994, supongo que porque estaba continuamente concentrado en hacerlo bien y todo pasó muy deprisa. En 2002 ya era más veterano y pude disfrutar al máximo de la competición, más atento a lo que ocurría a mi alrededor. En 1994, en cambio, me pasó por encima como un torbellino.
Su gol se produjo con el remate de una jugada magnífica. ¿Es el mejor de Estados Unidos en la historia de los Mundiales, o uno de los tres mejores?
No lo sé. Tendría que verlos todos. Recuerdo un par de goles surgidos de grandes jugadas colectivas de otras épocas en las que no formaba parte de la selección, ni como jugador ni como director deportivo: el de Landon Donovan en los últimos instantes contra Argelia o el de Clint Dempsey frente a Ghana, por ejemplo. No sabría decir si el nuestro está entre los tres mejores. En aquel momento, el partido y la forma en que llegó el gol, en una jugada colectiva, no eran precisamente nuestra seña de identidad. Aun así, el desenlace fue fantástico.
El balón entró y todo el equipo formó una piña para celebrarlo. ¿Recuerda algo de aquel momento?
No demasiado. He vuelto a ver las imágenes un par de veces, pero no tengo recuerdos muy nítidos de la celebración. Sin embargo, me acuerdo con toda claridad del caos, los aficionados, los gritos y toda aquella euforia que se desató después del partido. El partido en sí me pasó por encima como el torbellino del que hablaba antes.
¿Qué sintió cuando sonó el pitido final?
Lo disfrutamos muchísimo. Como me habían sustituido, no recuerdo en qué minuto, estuve en la banda animando al equipo. Solo al final tomamos realmente conciencia de lo que acabábamos de hacer. Recuerdo que durante media hora todo fue una locura dentro y fuera del campo; entrevistas, celebraciones… Todo el mundo quería felicitarnos. Al día siguiente teníamos descanso y me dediqué a lavarme la ropa (sonríe).
¿Sentía presión por jugar en casa y por lo que podía significar para el desarrollo del fútbol en Estados Unidos?
No, para nada. Al menos en mi caso. Ser joven tiene sus inconvenientes, como no disfrutar del momento tanto como merecería una ocasión así, pero también ventajas. No sientes tanta presión ni asumes ese tipo de responsabilidad, o ni siquiera eres consciente de que existe.
En 2002 fue muy distinto. Ya había sido capitán y volví a serlo en el primer partido. Entonces piensas más en el equipo: en cómo está jugando, en si las cosas salen bien o no. Con los años y la experiencia, ese peso se hace más evidente. Pero en 1994 no sentí esa presión en absoluto. A veces la ignorancia es una bendición.