2026-05-05

¿A quién no le gusta trabajar?

Volviendo a las prácticas o pasantías de pobreza, creo que nos abrirían los ojos aunque sea por solo una semana.

Aunque para unos el primero de mayo lleve a reconocer la importancia del trabajo levantando la copa para brindar por ese Día, para otros no es más que un amargo día. Si el trabajo da vida, entonces, no todos están vivos. No todos tienen trabajo. Recuerdo la frase que a veces escuché: “ A los pobres no les gusta trabajar.” Aseverar semejante idea y de forma generalizada implica un desmesurado atrevimiento. 

Si bien existe el derecho a opinar, también existe el derecho a no estar de acuerdo con una determinada opinión como la generalización de que a los pobres no les gusta trabajar. Solo haber vivido en carne propia tal situación, podría darnos hipotéticamente el derecho o complicidad a opinar. Sin embargo, una opinión muy cerca de la crítica y de la emisión de un juicio con prejuicios no nos pone en los zapatos de los demás. 

Creo que el puente entre lo académico y lo laboral dentro de un marco de estudios superiores como lo es una pasantía o una práctica en una carrera, podría trasladarse a la escuela de la vida. Es decir, todo ser humano que no se considere pobre podría pasar una semana viviendo como pobre, algo similar a los intercambios estudiantiles en que algunos padres costean a sus hijos el viaje a una familia en alguna parte del mundo para que practiquen un idioma. Por tanto, este intercambio imaginado se llevaría a cabo bajo las condiciones de la persona en situación de pobreza o miseria. Esto implicaría vivir bajo el mismo techo, si lo tiene; disponer de su falta de suministros: agua, luz, gas, etc. También, abastecerse de la despensa vacía, sin alimentos o con alimentos fiados de un almacén de buen corazón, pero lejos de una alimentación sana y equilibrada. 

Con una pasantía así, también se viviría en carne propia lo que es ser padres de niños a quienes a duras penas se les pueda mandar a la escuela, si en el barrio hubiese una. Seguramente que el material escolar, el uniforme y zapatos cómodos serían un dolor de cabeza y un dolor en el alma. Por las tardes, difícilmente, se les podría ofrecer el acceso a una biblioteca porque no todos los barrios disponen de una, ni soñar con una biblioteca en casa y ni pensar en un servicio de internet para acceder a multitudinarias fuentes. Una semana de inmersión se vislumbraría larga, pero lo más pesado sería el hecho de vivir con la incertidumbre de conseguir un trabajo, errando por aquí, errando por allá; pudiendo y sin poder con un transporte público que se escabulle de zonas alejadas. 

Pasar por estas originales prácticas o pasantías de pobreza, permitiría, imagino, confrontarnos a otra realidad, la del prójimo, la del otro, la de ese pobre a quien decimos que no le gusta trabajar. A veces, la lengua es muy larga y encasillar un pasatiempos. Generalizar no es remedio, mas una enfermedad. Una vez estuve enseñando en un colegio particular, no por privado aunque lo era, sino particular por lo especial. Varios alumnos no querían estudiar. Si estudiar es trabajar, entonces ellos no querían trabajar. Me decían: “¿Para qué? si vamos a heredar las empresas de nuestros padres.” Siguiendo la desagradable lógica de la generalización, así como hay pobres que no quieren trabajar, también hay ricos que no quieren trabajar. En todos lados se cuecen habas y generalizar lastima.

Volviendo a las prácticas o pasantías de pobreza, creo que nos abrirían los ojos aunque sea por solo una semana. Después de siete días uno volvería a su realidad, cómoda, holgada y suertuda, pero el anfitrión, quien nos albergó, seguiría con la suya.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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