La mirada del escritor
La Paz, la ciudad que siempre está por venir
La Paz celebra sus aniversarios mirando hacia atrás porque mirar hacia adelante comienza a resultar incómodo.
Cada julio regresan las banderas, los discursos, las fotografías del Illimani y las promesas de una ciudad moderna. Se habla de turismo, inversión, cultura y futuro. Después termina la ceremonia y la ciudad vuelve a sus calles congestionadas, sus barrios sin planificación y sus ciudadanos condenados a perder horas en un transporte que parece diseñado para castigar la paciencia.
La Paz siempre ha sido una ciudad prometida.
Alcaldes, ministros, gobernadores y candidatos aseguran que la transformarán. Presentan proyectos, maquetas y anuncios. Sin embargo, las promesas envejecen más rápido que las autoridades. Cambian los nombres, los partidos y los colores, pero permanece la misma ciudad esperando aquello que le ofrecieron hace veinte años.
No es una ciudad pobre. Es una ciudad empobrecida por la falta de visión.
Posee historia, cultura, gastronomía, universidades, comercio y uno de los paisajes urbanos más extraordinarios de América Latina. Pero seguimos administrándola como si su única función fuera aparecer en fotografías turísticas. Se piensa en el visitante y se olvida al ciudadano: a la mujer que vende desde la madrugada, al joven que cruza media ciudad para estudiar, al comerciante que sobrevive entre impuestos y bloqueos, y al trabajador que llega agotado a su casa después de atravesar una ciudad detenida.
Una ciudad no se desarrolla solamente cuando llegan turistas. Se desarrolla cuando vivir en ella deja de ser una prueba de resistencia.
La economía paceña necesita una mirada distinta. Turismo, sí, pero también tecnología, industrias culturales, servicios profesionales, emprendimientos barriales y mejores condiciones para quienes sostienen la ciudad todos los días. La Paz no puede vivir únicamente de sus montañas, sus fiestas y la nostalgia de su pasado. Debe convertir su talento, su memoria y su diversidad en empleo digno.
También es una ciudad constantemente sitiada. Cada conflicto nacional termina bloqueando sus calles. Cuando la política fracasa, el ciudadano paga el precio. La sede de gobierno concentra instituciones, pero muchas veces solo concentra marchas, ruido, caos y consecuencias.
La Paz se acostumbró a resistir. Pero resistir no basta.
Necesitamos una ciudad donde el transporte no castigue, el espacio público no pertenezca al más fuerte, emprender no signifique atravesar un laberinto y la cultura deje de ser decoración para convertirse en economía y futuro. Una ciudad que no expulse a sus jóvenes ni condene a sus trabajadores a sobrevivir sin horizonte.
La Paz es también una ciudad de amor. Tal vez por eso soportamos tanto.
La amamos por sus montañas, sus mercados, sus inviernos y sus contradicciones. Pero amar una ciudad no significa justificar su abandono. También significa exigirle que cambie.
La Paz no puede seguir siendo la ciudad que siempre está por venir.
Debe convertirse, finalmente, en la ciudad que avanza.