2026-08-02

¿Hay que salvar la economía de los economistas? (Reprise)

El mensaje es claro: las teorías vigentes no llevan al desarrollo, no pueden siquiera explicarlo, y tienen muy evidentes limitaciones para orientar la construcción de la “economía para la gente.”

Antes de referirme a los preacuerdos que han hecho conocer el Ministerio de Economía y el FMI, recurro a una nota mía, publicada en Página Siete, en 2012.

Cito. En diciembre de 2012, en el “Harvard Business Review”, Ronald Coase, Premio Nobel de Economía y Profesor Emérito de la Escuela de Leyes de la Universidad de Chicago, publicó una columna de opinión con el título “Salvar la economía de los economistas”. En ella, el profesor Coase sostiene que la economía de los libros de texto y de las aulas universitarias tiene muy poco que ver con los negocios y menos aún con emprendedurismo: “el grado extremo al que la economía se ha aislado de la vida cotidiana y de la economía real, es extraordinario y muy desafortunado.”

Argumenta que desde Adam Smith y a lo largo del Siglo XIX, los economistas escribían temas relevantes para los hombres de negocios, empresarios, comerciantes y políticos; incluso en los albores del Siglo XX, Alfred Marshall logró mantener la economía académica “como el estudio de la riqueza y una rama del estudio del hombre”.

Pero entrado el Siglo XX, con la economía consolidada como una profesión, los economistas empezaron a escribir para otros economistas, dando lugar a un cambio de paradigma hacia los enfoques teóricos, en lugar de preservar la economía del mundo real como objeto de estudio. “Hoy, la producción está marginalizada en la economía, y se pone a la financiarización como la solución de última instancia frente a los complejos problemas económicos de la sociedad, desde la innovación hasta el desempleo.”

Como resultado, afirma Coase, la teoría económica es ahora un instrumento de conveniencia que la Academia y el Estado usan para gestionar la economía, en lugar de ser la herramienta a la que la gente acuda para entender cómo funciona la economía. Pero, como la teoría ya no se sustenta en investigaciones empíricas sistemáticas, no está a la altura ni tiene la capacidad de guiar las políticas públicas: es suicida, para el campo académico, deslizarse hacia la opción de pretender ser una ciencia exacta, ignorando las influencias de la sociedad, de la historia, la cultura y de la política, en el funcionamiento de la economía.

Concluye afirmando que es tiempo de re-encontrar la empobrecida disciplina económica con la economía real. El conocimiento necesario para entender la economía en cada contexto nacional, y para aportar a su dinámica y al emprendedurismo, sólo será posible si el pensamiento de los economistas puede ser reorientado al estudio del ser humano como es, y la del sistema económico, tal como realmente existe.

De vuelta al 2026, estas “confesiones de un economista” son muy pertinentes en la realidad boliviana porque son coincidentes con las inquietudes de la gente. En un momento de cambios históricos en la inclusión social y política de todos los ciudadanos, “lo económico” está muy lejos de estar siendo suficiente y adecuadamente debatido. Las reflexiones y discusiones del ciudadano de a pie en torno a la persistencia de la pobreza, la falta de empleo de calidad y la desigualdad, llevan a cuestionar las prioridades que han guiado las políticas hasta el presente.

Para quienes observamos esta realidad, los puntos de preacuerdo entre el Gobierno y el FMI nos lleva a preguntarnos, por ejemplo, ¿por qué insistir en un déficit no mayor al 3% del PIB si, en la realidad, cada dólar de déficit significa un dólar de ingreso para los hogares? ¿cómo insistir en redes de protección social, si la “tajada” de las remuneraciones en el PIB cae del 36,1% en 2000 al 28% en 2016 (último año para el que se publica este dato) lo que significa que se “confiscaron” Bs 180 mil millones en remuneraciones mientras que, en el mismo período, las transferencias a los pobres no pasaron de Bs 35 mil millones (20% de lo confiscado)? ¿por qué tener la inflación baja es más importante –y “más racional”– que la meta de pleno empleo? ¿por qué el salario debería incrementarse sólo para compensar la inflación, pero las utilidades de la banca no tienen techo? ¿por qué se insiste en la “profundización financiera”, si los recursos se canalizan más a especulación rentista que a crear valor para la sociedad? ¿tiene sentido que, anualmente, en intereses y comisiones, el sistema financiero reduzca la capacidad de consumo de los hogares en cuatro mil millones de dólares? ¿por qué los impuestos sólo tienen, como propósito, maximizar las recaudaciones, en lugar de promover la creación de valor, y por qué se imponen como castigo en lugar de premiar aportes positivos a la sociedad y el desarrollo? ¿por qué insistir en un crecimiento económico que amenaza con acentuar los problemas de equidad y de desarrollo humano a largo plazo? ¿por qué el pleno empleo y el salario digno no son los objetivos de política pública al diseñar las “estrategias” de desarrollo?

En resumen, no tiene sentido fijar metas para una “macro” saludable, elogiar la fortaleza del sistema financiero o celebrar el crecimiento del PIB y de las reservas internacionales, si estos indicadores no se traducen en bienestar para la gente y en las condiciones que permitan satisfacer las necesidades reales de la sociedad: ya el 90% de los empleados son cuentapropistas forzados.

El desafío que pondría orden y definiría las prioridades, sería adoptar, como objetivo nacional, que, en 2040, Bolivia tenga el PIBpc y la productividad laboral promedio de América Latina. Con tal objetivo, más del 95% de temas que hoy se discuten, no serían tareas prioritarias de este gobierno.

Crear las condiciones y promover tal transformación productiva estructural, debería ser la misión ineludible de la economía. Sin embargo, ningún acuerdo político –en cualquier tema o conflicto de la agenda social, sería viable si no da respuestas coherentes, viables y concretas, a los desafíos de pobreza y desigualdad; pero cualquier acuerdo que no tome en cuenta la gran complejidad de la problemática de la inclusión social productiva, nos mantendrá en el camino de conflicto que conduce a un estado fallido.

El mensaje es claro: las teorías vigentes no llevan al desarrollo, no pueden siquiera explicarlo, y tienen muy evidentes limitaciones para orientar la construcción de la “economía para la gente.” ¿Estará el FMI dispuesto a considerarlo, y Bolivia a desafiarse para mostrar el camino alternativo?

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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