2026-08-02

La designación de embajadores es solo una aspirina ante un cáncer terminal

La fortaleza de una diplomacia moderna depende de instituciones permanentes, de una carrera profesional consolidada y de una adecuada asignación de recursos humanos.

Nueve meses han transcurrido sin que se haya designado a nuevos embajadores. Ello ha desatado una ola de críticas. Periodistas, parlamentarios, analistas y la opinión pública han cuestionado esta inacción.

Para conocer el estado de la situación, realicemos un diagnóstico de las embajadas, dejando de lado los consulados, cuya naturaleza y funciones son distintas.

La información disponible en el web de la Cancillería (https://cancilleria.gob.bo/mre/recursos-humanos) revela que Bolivia tiene 36 representaciones diplomáticas y misiones permanentes.

Siete representaciones (22 %) no cuentan con ningún funcionario diplomático. Están a cargo del adjunto o de la secretaria. Son Alemania, Canadá, Colombia, Estados Unidos, Suecia, Venezuela y la UNESCO. Cuatro embajadas (11 %) cuentan con dos diplomáticos: Brasil, Bélgica, Ecuador y Perú. El resto, veinticinco representaciones (67 %) tienen un solo diplomático.

Tomando en consideración que la Convención de Viena asigna a las misiones diplomáticas las funciones de representación, negociación, protección de los intereses del Estado y fomento de las relaciones económicas, culturales y científicas, resulta difícil sostener que una estructura integrada por un solo diplomático pueda desarrollar simultáneamente y con eficacia todas esas responsabilidades; máxime si se tiene en cuenta que no son diplomáticos de carrera.

Llama la atención que entre esas representaciones figuren países y organismos de especial importancia para el relacionamiento internacional de Bolivia, como Argentina, Austria (sede de UE), Suiza (sede ante la ONU-DDHH y la OMC), Uruguay (sede de la ALADI y de la Secretaría permanente del MERCOSUR), Francia, España, la OEA y la ONU.

Pero resulta aún más preocupante e inverosímil que siete representaciones carezcan de diplomáticos. Es una señal inapropiada que incluso podría ser interpretada como un gesto inamistoso.

En diplomacia existe la práctica del "llamado a consultas". Se trata de una manifestación de protesta mediante la cual un Estado retira temporalmente a su jefe de misión por una actuación considerada impropia o inconveniente.

En los hechos, la Cancillería boliviana ha llamado a consultas, de manera implícita, a todos los diplomáticos de estas siete representaciones, dejando la conducción de las embajadas en manos de personal administrativo.

Al no existir un diplomático que pueda asumir las funciones de encargado de negocios a.i., se ha creado la figura de "encargado de oficina", permitiendo que el adjunto o la secretaria asuman la representación de la embajada.

La imaginativa figura del "encargado de oficina ad interim" no está prevista en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas. Es, sencillamente, un absurdo.

Por analogía, es como si una unidad militar quedara a cargo del administrativo o de la secretaria. El hecho que una unidad militar no tenga siquiera un subteniente ya parece propio de la serie Ripley's, ¡Aunque usted no lo crea!

En stricto sensu, la Convención de Viena dispone que, en ausencia de personal diplomático, un funcionario administrativo solo puede atender los asuntos administrativos corrientes de la misión, siempre con el consentimiento del Estado receptor. En consecuencia, las funciones diplomáticas quedan sin ejercicio.

Es penoso constatar que el Servicio Exterior boliviano se encuentre tan degradado; pero lo es aún más comprobar que, en nueve meses, no se hayan adoptado medidas correctivas. En esa responsabilidad también están los parlamentarios, quienes tienen la función constitucional de fiscalizar.

El anuncio de la designación de quince embajadores constituye, desde el punto de vista político, una medida necesaria, pero insuficiente. Los embajadores son la expresión visible de la política exterior, pero no representan por sí solos al Servicio Exterior.

Se aduce que la demora obedece a la búsqueda de perfiles compatibles con las funciones que deberán desempeñar. Me temo que ocurre exactamente lo contrario. El cargo terminará ajustándose al perfil de la persona. Es muy probable que los designados sean amigos o allegados al poder, porque el cargo de embajador siempre resulta atractivo para quienes orbitan alrededor del poder.

En realidad, el perfil de un embajador o de un funcionario diplomático ya está definido. Comprende conocimientos en derecho internacional, economía internacional, política internacional y otras disciplinas que pueden resumirse en una sola palabra:  “multidisciplinariedad”. A ello deben añadirse habilidades como la negociación, el protocolo y la capacidad de representación, además de la experiencia en Cancillería.

Ese es el perfil que se requiere para cumplir adecuadamente las funciones previstas en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, las mismas que fueron acordadas por expertos de varios Estados. No hay nada nuevo que inventar.

Por ello, en todos los países existen academias diplomáticas que seleccionan profesionales y los forman con un conocimiento multidisciplinario. Gracias a ello, un embajador puede estar negociando un día la apertura de mercados o la atracción de inversiones; al día siguiente participar en una conferencia sobre seguridad, defensa o medio ambiente; simultáneamente tramitar cooperación judicial, como una solicitud de extradición; o supervisar que la visita oficial del jefe de Estado se organice conforme a las normas de protocolo inherentes a su investidura.

Por eficiencia, dignidad e imagen país, deberían respetar la meritocracia. Así lo hacen prácticamente todos los Estados. Como ejemplo, cabe destacar que los países sudamericanos -con una sola excepción- han acreditado ante Bolivia a embajadores de carrera. ¿No sería prudente leer esa señal y, en reciprocidad, actuar de la misma manera?

La designación parcial de quince embajadores no resolverá la crisis del Servicio Exterior. Es apenas una aspirina frente a una enfermedad terminal y, dependiendo de quiénes sean los designados, podría incluso acelerar el triste desenlace.

La fortaleza de una diplomacia moderna depende de instituciones permanentes, de una carrera profesional consolidada y de una adecuada asignación de recursos humanos.

Durante el pasado periodo electoral, todos los candidatos, incluidos los masistas y sus afines, reconocieron el deterioro del Servicio Exterior y prometieron su reinstitucionalización. Fueron palabras, tan solo palabras, que el viento se llevó.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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