Cuando papi fue presidente: “nepobaby” no, Genócrata Latinoamericano
Hace unos días leí un artículo bastante interesante con el que sintonicé fuerte ¿se percató que los mandatarios en la región son los hijos de expresidentes, empresarios reconocidos, candidatos élite nunca elegidos? Bien, a este grupo de nenes y nenas privilegiados la prensa los denominó “nepobaby”, un neologismo que viene usándose desde el 2022 para describir un fenómeno que no solo abarca la política, sino también toda la industria cultural. Yo prefiero llamarlos Genócratas Latinoamericanos, porque me interesa superar la descripción atractiva y marketera que la palabra nepobaby ofrece, pero que se limita a un fenómeno curioso y cultural.
Cuando hablo de la Genocracia Latinoamericana me refiero a una tecnología social sofisticada, pero legible, trato de comprender su eclosión en ese timing oportuno, en el tiempo del desencanto, me explico: hace un par de años escribí un artículo inspirado en el estudio social de dos académicos brillantes. Exploré entonces esas otras guerras en tiempos de recesión cognitiva, para tratar de explicar cómo la escasez y nuestro sistema nervioso anclado a la supervivencia hace imposible proyectarnos hacia un futuro porque el presente es lo suficientemente desbordante y ampliamente agotador. En este marco, le pido que piense entonces en la región, en cómo las realidades económicas, sociales y de seguridad ejercen una alta presión sobre las poblaciones, lo que evita su ejercicio pleno, sano y liberador de ciudadanía.
Como nuestro cerebro no soporta más la incertidumbre, necesita una referencia conocida o al menos identificable para evitar decidir, para delegar una tarea que ya su vida no puede sostener, entonces ¿quiénes cuentan ventajosamente con una acumulación de memoria selectiva y recursos económicos suficientes? Claramente, las élites (sean de derecha o izquierda; de Cholet o la Rinconada). La emergencia del Genócrata entonces no es casual, es un efecto lógico del mismo sistema. La sola evocación sesgada de su pasado les hace “confiables” (aunque objetivamente no lo sean, solo por ser conocidos) y les damos la llave de entrada para administrar lo público. Con esto no quiero responsabilizarnos como ciudadanía del todo, quiero que preste atención a las condiciones que no nos permiten elegir como efecto del agotamiento profundo y a quienes leyendo esa realidad saben cómo sacar ventaja.
Le propongo ver más de cerca este fenómeno a partir del operador que el sistema produce: al Genócrata Latinoamericano le asusta el abucheo, por eso prefiere y gusta el traje, el lenguaje y la práctica militar; ama los rituales que firman su privilegio, por eso no tiene problemas en desfilar con medallas de lata o títulos varios sin haberlos obtenido con esfuerzo como el resto de los mortales, sino por el capital que brindan el apellido, los amigos, las empresas y la historia familiar; el Genócrata Latinoamericano no está interesado en resolver los problemas estructurales, solo en contenerlos, es un gran artista del performance, del “hacer sin hacer” o del “que parezca que algo hacemos”, porque su finalidad no es ensuciarse las manos tratando de resolver la compleja y oxidada maquinaria gubernamental, las múltiples dinámicas de gobernanza (porque tampoco sabe cómo y no le interesa saber), su finalidad es prevalecer lo suficiente para recargar el tanque de prestigio que acompañará a sus descendientes en el futuro, que probablemente le habiliten alguna tarde en el hipódromo con la monarquía o presentarse en escenarios magnánimos en ambientes europeos, le permite blindar las arcas de su jubilación; el Genócrata Latinoamericano es débil, duda de sí mismo y tiene miedo, por eso solamente contrata a los conocidos, amigos, familia, alguien que sirva de tenedor (instrumento) para sus intereses, como no es un líder y no sabe lo que hace, tiene que rodearse de aquellos que le deberán el favor, tiene que repetir la historia de su origen para dejarnos claro que “no es cualquier ciudadano, él (ella) es especial”.
¿Qué hacemos entonces? Vea, hoy dimos el primer paso, salir de un sesgo cognitivo cuya función era naturalizar la emergencia de estos personajes de izquierda/derecha y los grises en su espectro. Los reconocimos en un retrato inicial. Ahora le propongo salir de la indefensión. Es cierto que necesitamos la construcción de la continuidad simbólica porque requerimos un descanso emocional y cognitivo, pero debemos crearla nosotros, hacerlo por fuera de estas anclas que nos desgastan inútilmente.
Es empezar por lo básico, para respirar y pensar, necesitamos espacios como los que ofrecen las artes y la cultura, por eso en general los Genócratas consideran estos los primeros objetivos a controlar de forma perversa o directamente dinamitar, de ahí su urgencia en recuperarlos. Debemos estar atentos a lo que se entiende como éxito institucional en términos de qué, quienes y para qué (y créame, eso va más allá de los números), cuando esta parte se transparente entonces se podrá correr el velo, podremos ver los objetivos (si es que los hay) y podremos insistir para cambiar su dirección. Como ciudadanos hacemos nuestra parte y los que tienen que aprender a gobernar que aprendan o se vayan, no tenemos tiempo para aguantar otros 20 años de inoperancia, tolerancia con el crimen organizado y compadrerío. Ya no podemos someter nuestro futuro al berrinche y capricho de Genócratas Latinoamericanos a quienes no les debemos ninguna corona.