Mundo en transición
Seis meses de una guerra sin horizonte
Se cumplieron seis meses de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Lo que en el imaginario de algunos estrategas iba a ser meramente un trámite militar corto, se convirtió en un conflicto sin horizonte claro. Las consecuencias para la economía mundial, para el poder estadounidense y para el pueblo iraní son catastróficas.
La administración Trump e Israel calcularon que una demostración abrumadora de fuerza bastaría para doblegar a Irán. Pero olvidaron algo fundamental: Teherán lleva décadas preparándose para sobrevivir a este tipo de confrontación. Su capacidad de resistencia, su experiencia bajo sanciones y su capacidad para recomponer rápidamente su liderazgo nos demuestran que destruir infraestructura militar no equivale a derribar la capacidad política de un Estado. Sin canales diplomáticos ni creíbles ni eficientes, la estrategia de EE.UU. de “bombardear primero, charlar después” difícilmente conseguirá producir una salida política. La poquitísima confianza que había entre las partes fue destruida totalmente.
Así que, seis meses después, aquí estamos. Varios de los objetivos iniciales de EE.UU. e Israel siguen sin cumplirse. No ha habido un acuerdo diplomático duradero. Irán no se ha rendido. El estrecho de Ormuz continúa siendo utilizado como palanca de negociación y Washington se ha enredado en una de las peores encrucijadas geopolíticas de los últimos tiempos. Mientras el régimen iraní ha demostrado una capacidad de supervivencia que muchos no anticiparon, el costo político para Estados Unidos no es menor. Además, el conflicto ha tensionado las capacidades militares estadounidenses. Una parte importante de sus reservas de armamento se están agotando, incluidos interceptores de misiles Patriot y otras municiones de precisión. Mientras tanto, Irán recurre a drones relativamente baratos y de producción rápida.
Y ni que decir de la factura política. Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo evitar nuevas guerras. Pero a seis meses de las primeras bombas contra Irán, el país del norte no sólo está metido en un conflicto sin luces de finalizar pronto, sino que las consecuencias se sienten en el día a día, sobre todo en el bolsillo del consumidor. Los precios de la gasolina y otros bienes siguen golpeando a la economía estadounidense y el descontento crece. Todo esto a pocas semanas de las elecciones de medio término en EE.UU.
Los grandes perdedores de este conflicto son, ante todo, los pueblos iraní y estadounidense. Uno vive atrapado entre la dictadura y una guerra externa. El otro, entre un gobierno que prometió evitar guerras interminables y una estrategia errática de política exterior que parece incapaz de encontrar una salida.
A seis meses del inicio de este conflicto bélico, la pregunta ya no es quién ganará. La pregunta es cuánto más tendrá que perder el mundo antes de que alguien decida terminar la contienda de manera seria, con un acuerdo diplomático duradero, como el que hubo hasta el 2018. Trump decidió retirarse de él durante su primer mandato. Todo eso a pesar de que Irán estaba formalmente cumpliendo sus compromisos, según los informes de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA). La paradoja es que hoy, la OIEA ni siquiera puede verificar qué ocurrió con el material nuclear iraní que existía antes de los ataques.
Una vez más, vemos que en las guerras no hay ganadores. Puede haber quien pierda menos, quien resista más o quien termine imponiendo alguna de sus condiciones. Pero nadie sale indemne.