Contra viento y marea

El último jeroglífico, la última novela de Vera de Rada

Del autor de la obra puede decirse que cuando compuso El último jeroglífico, participó —como él mismo dijo en la presentación— de un hibridismo.

Ya no es para sorprenderse, pero en Ignacio Vera de Rada, versátil escritor, la prosa elegante que emplea siempre que incursiona en el género narrativo, nos conduce a novedosos estilos. Nuestro autor probó con suficiencia literaria los subgéneros del cuento, la crónica, el reportaje y por supuesto la novela, habiendo publicado infinidad de textos de los primeros tres, en diversos órganos de prensa desde apenas el final de su adolescencia. Hace poco salió al tráfico de los bibliófilos El último jeroglífico, historia basada únicamente en la imaginación de su autor si hablamos del argumento central y una subtrama, pero inspirada en sus propias vivencias de su estancia en Egipto y otros países de Medio Oriente.

El lector de esta novela de pocos diálogos, pero de impoluta narración y que hace casi innecesarios los diálogos de los personajes, puede ser exculpado si cree que el tema central son los estudios para hacer una nueva decodificación de jeroglíficos en Alejandría, la mítica ciudad cuna de Cleopatra. Pues bien, que de sus cien y algunas páginas más, El último jeroglífico nos plantea la decisión de un profesor universitario, británico él, encargado de descifrar el significado del decreto que en tres idiomas está escrito en la estela Rosetta. En el corazón del Sahara, el docto científico pretende desmentir a quien de todas maneras es su referente en la investigación egiptológica: Jean-François Champollión. Es decir, el eminente profesor londinense guarda tanta consideración por el eminente francés, que más que descalificar sus investigaciones sobre la cultura egipcia, más bien pretende homenajearlo, actualizando las teorías con valor de científicas vigentes hasta ese momento.

Pero decíamos que la trama sugiere una centralidad temática: la egiptología. Pero como en otros ámbitos de la vida sucede, y sin una asignación significativa en términos   literarios, cuando en medio de sus tibios devaneos con la recepcionista de un modesto hotelito de los que tantos existen en la monstruosa ciudad de El Cairo, todavía desconfiando de su propia virilidad debido a que la ciencia había ocupado por muchos años y desde su muy temprana juventud, el tiempo que cualquier otro hombre le habría dedicado al amor.

El hombre de ciencia, atrapado por la red de la que el enamoramiento se encarga de enzarzar, tenía fijada en su mente a la joven mujer de belleza casi inapreciable por el ropaje de una cultura que impide mostrar las mejores facciones, todavía tuvo un encuentro imprevisto pero feliz. Ocurrió en Alejandría, donde con avidez se puso a escudriñar cuanto lugar histórico se le atravesase en una ciudad que hace unos milenios fuera el centro de la civilización humana. Y luego de recibir algunos datos de la necrópolis donde el científico hubo entrado, este se había dado cuenta de que estaba no solamente frente a un cicerone, sino más bien de que había entablado amistad con un ex profesor universitario damasceno versado en el oficio que desempeñaba, pero en muchas cosas más. Y así, se forjó una amistad intelectual cuyo intercambio de conocimientos trascendió la filología y la historia.

Del autor de la obra puede decirse que cuando compuso El último jeroglífico, participó —como él mismo dijo en la presentación— de un hibridismo. Si bien la trama, como es de suponer, es un invento, en muchos pasajes de sus siete capítulos existe una fusión del narrador con el mismo Vera de Rada. La percepción del mundo de aquél se entrelaza con frecuencia con la visión que éste tiene de él.

Vera de Rada afianzó un estilo literario gracias a su vasta experiencia en el campo del periodismo, principalmente de opinión, de modo que la obra que hoy nos ocupa goza de una trascendencia estética que se inscribe en los cánones de la novela bajtiniana, convergiendo en ella sus tres planteamientos: la imagen del personaje, la imagen de la palabra y la imagen del mundo, y visto que la novela tiene un vínculo estrecho con la filosofía, con referencias puntuales de Sócrates, Euclides o Goethe, especialmente de los dos hombres de ciencia: el sirio y el británico de los que la narración hace una exquisita descripción de sus perfiles psicológicos; la elegancia del lenguaje, impecable desde la estilización literaria,  y las consideraciones que un hombre bordeando la senectud tiene de la vida, respectivamente, permite, incluso, que el lector pueda recrear mentalmente cada escena.

De ahí que esta novela, condimentada con la ebullición de un amor casi platónico en el corazón estragado por el paso del tiempo y la inanición pasional de un estudioso empedernido, abre una nueva concepción del mundo y del hombre en esa polémica de estos dos contertulios que, por su connotación dimensional, se puede decir que es el súmmum del argumento debatiendo sobre la imperfección actual del mundo que se orienta a un futuro que debe ser mejor. He ahí un texto que nutrirá las letras bolivianas y permitirá adentrarnos en los laberintos de la naturaleza humana.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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