Diez bolivianos y una deuda pendiente
Hay cifras pequeñas que revelan problemas enormes. Diez bolivianos se piden para construir una unidad de trasplante de médula ósea en el Hospital Oncológico de Santa Cruz. La campaña, impulsada por el padre Mateo Bautista, busca reunir cerca de 6,5 millones de bolivianos. Detrás de esa meta hay solidaridad, pero también una pregunta incómoda: ¿por qué necesitamos recurrir a colectas ciudadanas para ampliar el acceso a servicios de salud esenciales?
Para quienes enfrentan enfermedades como la leucemia o ciertos linfomas, un trasplante puede representar una oportunidad de vida. El camino puede implicar tratamientos prolongados, hospitalizaciones y viajes lejos de casa. La enfermedad afecta al paciente, pero también a familias que deben reorganizar su vida, interrumpir su trabajo y asumir gastos que muchas veces superan sus posibilidades. En esas circunstancias, cada demora importa.
La solidaridad cruceña lleva décadas demostrando que es mucho más que un gesto generoso: es una fuerza que construye desarrollo. El propio Oncológico, inaugurado en 1978, nació del compromiso de médicos, voluntarios y ciudadanos. Nuestra historia registra iniciativas que transformaron necesidades en instituciones y servicios. Ese capital social —la confianza, la organización y la voluntad de cooperar— es tan importante para el progreso como la inversión o la infraestructura.
Conviene destacar algo: esta unidad no beneficiará solamente a Santa Cruz. Podrá atender a personas provenientes de otros departamentos. La solidaridad crece cuando no pregunta de dónde viene quien necesita ayuda. Construir en Santa Cruz también puede significar construir para Bolivia.
Pero el orgullo no debe impedirnos mirar lo que falla. En septiembre, la dirección del hospital advirtió sobre un déficit de más de 266 ítems de personal, apenas tres camas para determinados pacientes y largas esperas para algunas cirugías. Son carencias que ninguna campaña puede resolver por sí sola.
Debemos distinguir entre la solidaridad como virtud y la solidaridad como sustituto de obligaciones públicas. La primera fortalece a una sociedad; la segunda debería preocuparnos. No es razonable normalizar que problemas estructurales terminen dependiendo de colectas o donaciones. El Estado tiene responsabilidades que no desaparecen por la admirable disposición de los ciudadanos a ayudar.
La articulación de esta iniciativa es valiosa: mientras la ciudadanía aporta a la obra, las instituciones públicas han comprometido equipamiento, personal y recursos para operarla. Ojalá más empresas privadas se sumen con aportes que permitan alcanzar cuanto antes la meta. Pero una unidad médica no se sostiene solo con paredes. Necesita profesionales, insumos, mantenimiento y presupuesto. Cumplir esos compromisos será tan importante como recaudar los fondos.
Por eso, donar diez bolivianos puede ser un acto de esperanza y, al mismo tiempo, una forma de exigir resultados. Reconozcamos el liderazgo del padre Mateo Bautista y de quienes hacen posible la campaña, sin dejar de pedir cuentas a las autoridades.
Debemos sentir orgullo por una sociedad que se organiza para salvar vidas. Pero la verdadera grandeza estará en lograr que esa solidaridad complemente instituciones eficientes, en vez de reemplazarlas. Que ningún boliviano tenga que depender de una colecta para recibir la atención médica que necesita.