Bolivia 2030
Faltan casi cuatro años para las elecciones generales y el país ya vive, sin decirlo, en campaña. No hay convocatoria, no hay franjas ni tribunal midiendo gastos, ni un solo candidato inscrito. Hay, en cambio, giras por provincias que antes nadie visitaba, entrevistas con sonrisa ensayada, visitas al Papa, videos cortos con música de fondo, cenas con empresarios y una súbita devoción por el territorio. Que me perdonen los optimistas, pero esto tiene todo el aspecto de la campaña más prematura de nuestra historia.
La explicación empieza por el vacío. El MAS, que durante dos décadas resolvió la sucesión puertas adentro, llegó a 2025 convertido en cascarón, y sus dos fórmulas, la de Andrónico Rodríguez y la de Eduardo del Castillo, sumadas apenas pasaron del once por ciento. Cuando se va el dueño de casa, todos los inquilinos empiezan a medir las paredes. A eso se agrega un gobierno con un vicepresidente que se declaró opositor del presidente con quien ganó, lo que difícilmente disuade ambiciones. Nadie espera su turno porque nadie sabe quién lo reparte.
Los nombres ya circulan. Andrónico Rodríguez, Jaime Dunn y Edman Lara dejaron de disimular, cada uno con su propia fuente de energía. El primero carga con la orfandad de un evismo que lo trata de traidor y con la necesidad de demostrar que existe una izquierda posible sin Evo. El segundo trabaja el nicho liberal que ve en el Estado la raíz de todos los males. El tercero hizo de su ruptura con Rodrigo Paz una plataforma, y su problema no es la visibilidad sino la disciplina.
Pero el movimiento más decidido viene de Santa Cruz, y viene con aparato. Juan Pablo Velasco gobierna el departamento desde mayo y ha convertido la gobernación en vitrina nacional, con una estrategia que ya está en pleno despliegue. A su lado se mueven Edgar Sánchez de Oruro y otros liderazgos regionales, y en el mismo tablero cruceño asoman aspiraciones evidentes como las de Manuel Saavedra, Eduardo del Castillo, Romer Saucedo y Jean Pierre Antelo. Es un dato sociológico antes que político. La región más poblada y de mayor peso económico del país ya no se conforma con financiar candidatos ajenos, quiere poner el suyo.
José Luis Lupo, que ya pasó por una papeleta nacional como acompañante de Samuel Doria Medina, se prepara sin estridencias, con la calma de quien entiende que la carrera es larga.
Falta en esta lista el nombre que todos tienen en la cabeza y pocos pronuncian, el del propio presidente. La Constitución permite una reelección continua, y Rodrigo Paz, primer mandatario elegido en segunda vuelta, tiene derecho a preguntarse si esa puerta le sirve. Su caso es singular. Llegó al poder con el voto de los desencantados de la izquierda, sobre una estructura partidaria débil y de la mano de un acompañante que hoy es su crítico más ruidoso, de modo que una eventual candidatura dependerá menos de su deseo que del ánimo de un electorado volátil. Habría además un obstáculo adicional, porque la paridad lo obligaría a buscar una compañera de fórmula y a rehacer desde cero el equilibrio de la dupla que lo llevó a la presidencia. Si la economía da señales de alivio, la reelección será una tentación razonable. Si no, será la bandera favorita de sus adversarios. En ambos casos aporta al clima que describo, porque un presidente que podría repetir obliga a todos los demás a posicionarse frente a él desde ahora.
Descarto a la camada que va de salida. Evo Morales (de todas maneras impedido constitucionalmente para postular), Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina y Manfred Reyes Villa representan una época que el votante ya empezó a archivar. Aun así, la experiencia aconseja no enterrar jamás a un político con ganas, porque las ganas y la plata, juntas, resucitan a cualquiera.
Hay un dato que cambia la lógica de todo y que todavía no se termina de asimilar. Por disposición constitucional, ratificada por el TCP, el binomio debe ser paritario, hombre y mujer o mujer y hombre. Esto convierte la búsqueda de acompañante en la primera gran decisión estratégica y obliga a los aspirantes a tejer alianzas con mucha anticipación. También abre un escenario inédito para las mujeres, que no llegarán como adorno de la fórmula sino como pieza capaz de decidirla. Paola Aguirre, Gabriela de Paiva, Luisa Nayar, Fátima Tardío, Adriana Salvatierra, Qya Reina, María Galindo, María René Álvarez, María René Soruco, Luciana Campero y Natalia Aparicio, entre otras, van a dar que hablar. No sería raro que alguna acabe encabezando la papeleta que hoy todos imaginan con nombre de hombre.
¿Por qué tan temprano? Porque los partidos dejaron de ser maquinarias y se volvieron franquicias de personas, y una persona necesita años para construir una marca. Porque las redes sociales no conocen calendario electoral y premian la exposición constante. Porque el reconocimiento de nombre, que antes se compraba en tres meses de campaña, hoy se cultiva como una huerta. Y porque en un sistema sin liderazgos hegemónicos, llegar primero a la conversación pública vale casi tanto como llegar primero a las urnas. Lo que la teoría llama campaña permanente se ha vuelto, entre nosotros, una carrera de resistencia.
La precocidad tiene su costo. Cuatro años son una eternidad para sostener una imagen, y quien se muestra demasiado pronto se expone al desgaste, al error y al olvido. La historia boliviana está llena de favoritos de mitad de período que no llegaron a la meta. Hay también un costo para la gestión, porque el gobernante que gobierna pensando en 2030 gobierna para la foto y no para el problema. Y está el elector, que ya viene cansado y puede castigar a quien le hable de elecciones mientras a él le cuesta llegar a fin de mes.
Serán cuatro años movidos, ni duda cabe. Algunos de los que hoy corren van a llegar sin aire a la recta final, y alguno de los que hoy callan puede aparecer descansado justo a tiempo. Lo único seguro es que la campaña ya empezó, aunque nadie la haya convocado.