La espada en la palabra

Carta abierta a Pérez Esquivel

Por suerte uno siempre está a tiempo de reflexionar los fenómenos más en profundidad, tratar de estudiar los hechos científicamente y cambiar de opinión. Pienso que ahí está una de las riquezas o posibilidades maravillosas del ser humano.

Como el papel todo lo soporta, desde tratados científicos hasta poemas o declaraciones sin fundamento, resulta fácil opinar sobre realidades ajenas desde la comodidad del hogar o la ignorancia de los hechos que se juzga. Es por eso que muchos se sienten tentados de hacerlo, o sencillamente lo hacen. Igual que usted, que acaba de referirse a la actual situación de Bolivia. Leyendo sus consejos últimos, se puede inferir que no tiene idea de lo que es realmente este maltratado y complejo país, al menos en la actualidad.

En su carta a Rodrigo Paz Pereira y al Órgano Legislativo, advierte que la Ley Antibloqueos sería “un retroceso en el derecho y la dignidad del pueblo boliviano”. La verdad, yo coincido, pero claramente que por motivos opuestos a los suyos. Como usted, realmente creo que sería un retroceso, pero he aquí mi disidencia: en un país civilizado o en un Estado moderno, no debería existir ninguna ley que prohíba los bloqueos, los cuales deberían estar sencillamente fuera del rango de acciones posibles. El bloqueo, que es una especie de secuestro, debería ser impensable en una sociedad democrática; por tanto, si en una sociedad existe una ley que veta los —tan loados por izquierdistas de diversa laya— bloqueos, significa que esa sociedad está enferma de malas costumbres o que sus integrantes no pueden renunciar a hábitos violentos y tribales. No se olvide, además, que un país en el que existen leyes para regular esto y lo otro, es un país poco democrático y aun autoritario.

Pero, ya hablando sobre el fondo del asunto, reflexionemos un poco más a fondo, y sin el fervor revolucionario que suele nublar la razón, sobre lo que es el bloqueo, estrategia de lucha social de facto que en Bolivia tiene siglos de historia.

Yo supongo que usted tiene un buen concepto sobre los derechos humanos y, en general, sobre el derecho. En ese sentido, le pregunto: ¿No es el bloqueo una herramienta de lucha que coarta o restringe los derechos de terceros, como el derecho al tránsito, al trabajo o a la misma vida? Entre mayo y junio del presente año, Bolivia, y en particular su sede de gobierno, La Paz, fue rehén de grupos violentos y radicales que se arrogaban la representación del “pueblo” o de los “intereses nacionales”. Pero, al mismo tiempo, se podía ver en las calles a miles de bolivianos cerrando sus negocios, haciendo kilométricas filas por combustible o alimentos, o incluso muriendo, ya que la ambulancia en la que iban enfermos no podía pasar un inclemente punto de bloqueo, el cual era más implacable que la propia guerra, pues incluso en esta existe un derecho.

¿Por qué los revolucionarios o afines a las corrientes de izquierda suelen reclamar por los derechos de unos, pero no por los de otros? Lo curioso es que estos “otros” no necesariamente son arrogantes ricachones, burgueses explotadores o poderosos de diversa índole; pueden ser humildes labriegos o incluso obreros vestidos con overoles hechos jirones. El punto está en que si estos “otros” no se pliegan a los reclamos ruidosos de la revolución, la igualdad o la justicia social, ya no se los toma en cuenta como “el pueblo”. En ese sentido, la izquierda internacional —en sus vertientes feministas, indianistas, socialistas, marxistas, etc.— suele ser convencional, rutinaria, antidemocrática y, yo me atrevería a decir, aburrida.

Pero regresemos al punto central. El bloqueo ha sido y es un recurso que ciertamente puede llegar a echar abajo gobiernos o conseguir “conquistas sociales” (entrecomillo la expresión porque muchas veces son solo caprichos sectoriales o prebendas), pero a costa del sufrimiento de miles de personas que nada tienen que ver con el problema, como escolares, amas de casa, ancianos o gente del común que solo quiere ir a trabajar un lunes por la mañana. Si ese daño es el costo de la revolución, qué feo ser un revolucionario. Así, con esa impostura y ese discurso de doble rasero, siempre han embaucado los revolucionarios a las masas ingenuas. Pero por suerte uno siempre está a tiempo de reflexionar los fenómenos más en profundidad, tratar de estudiar los hechos científicamente y cambiar de opinión. Pienso que ahí está una de las riquezas o posibilidades maravillosas del ser humano.

*La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.

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