Un rescate para la humanidad

Los estudiosos de la vida y obra del compositor sostienen que “sus esfuerzos por resucitar La Pasión según San Mateo, de Bach, así como otras obras del músico de Eisenach, trajeron un resurgimiento de la música bachiana que habría de tener un significado enorme no solo en su época, sino en las generaciones futuras”.

A días de conmemorarse un año más de la muerte de Félix Mendelssohn –Bartholdy,  el genio alemán nacido en Hamburgo y muerto en Leipzig, nadie podría poner en tela de juicio el hecho de que hubiera sido un músico cercano a la perfección. Las pruebas saltan a la vista. Niño prodigio, desde los 11 años le nació del alma una profusión inacabable de composiciones, al punto de que un año después ya contaba en su haber con más de cincuenta obras, entre sonatas para piano, canciones, una cantata, piezas de órgano, nueve fugas y dos óperas.  Entre los 13 y 14 años creó seis sinfonías, cinco conciertos y dos cuartetos. A los 15 produjo una de sus obras más reconocidas, la Sinfonía nº 1 en do menor, quizás menos generosa que la Sinfonía escocesa, la Sinfonía italiana o la Sinfonía de la Reforma; pero que de igual modo gozó de gran predicamento en la época. A los 17 años compuso la Obertura de El sueño de una noche de verano, basada en la comedia de Shakespeare, que concluiría en 1843 con el Scherzo y la célebre Marcha Nupcial.

A pesar de la genialidad que Mendelssohn expuso a lo largo de su corta vida (1809-1847), y de la popularidad de su música, aparentemente él no representaba el romanticismo de la segunda mitad del siglo XIX, cuya tendencia exigía pasión, emoción estética, y el abandono –con carácter revolucionario propio de la época- de las formas convencionales. Por el contrario, el compositor, “más concreto, menos mágico y más burgués”, tal cual lo definiera el especialista Gerald Abraham, revelaba en sus obras cualidades que lindaban con la elegancia, la claridad y seguridad en la construcción. Curt Sachs, musicólogo alemán, se refería a la música de Mendelssohn: “nada es posible decir sobre pasión, fuego, lucha o desesperación en sus rasgos compositivos. Poseía una serenidad clásica, y refinada forma de expresión. Sus obras no eran gigantescas ni violentas, sino claras, puras y felices”. 

La crítica ha coincidido en que el arte de Mendelssohn  poseía todas las virtudes de un arte elocuente, aunque a tal punto formal (sin los atributos propios del romanticismo), que la fama que había conquistado hubo de declinar paulatinamente, y pronunciado aún más ese declive a raíz de los ataques de Richard Wagner, que condenaba la música de Mendelssohn como arte estrechamente ligado a los elementos hebreos de equilibrio y conservadorismo, así como a la influencia de Hegel de quien fue discípulo en “las lecciones de estética” que dictó el filósofo en la Universidad de Berlín. Wagner, por su parte, no ocultaba su satisfacción de ser “revolucionario y anarquista de la ópera”, y se ufanaba de que, en éxtasis permanente por la filosofía de Arthur Schopenhauer, su música se orientara a la obra de arte total “con armonías avanzadas y marcados leitmotivs”.

Paradójicamente, la andanada antisemita de Wagner hacia la música de su contemporáneo (los separaba una diferencia de edad de cuatro años), y hacia el mismo compositor desde muy temprano, tuvo un efecto impensado para él, ya que Mendelssohn, maravillado por la música de Bach, emprendió la titánica tarea de estudiar, revisar y resucitar, luego de cien años de olvido, La Pasión según San Mateo, obra para solistas, doble coro, dos órganos, clavecín y dos orquestas, inspirada en el Evangelio de San Mateo, que no había sido interpretada desde su estreno el Viernes Santo de 1729 en Leipzig.

Luego del gigantesco trabajo de Mendelssohn, la presentación de la obra congregó en Semana Santa de 1829 a un público que con el tiempo se convertiría en testigo privilegiado del resurgimiento de la grandiosa partitura bachiana, “realista en el texto (el gallo canta tres veces, tiembla la tierra y se desgarra el velo del templo); o simbólica, como en los pasajes en que la voz de Cristo siempre va acompañada por la orquesta de cuerdas, como un halo”. La imponente creación fue dirigida en Berlín por el propio Mendelssohn,  e interpretada por una nutrida orquesta y un coro de 400 personas.

Tras el memorable rescate de la partitura, se explayaría la crítica afirmando que Mendelssohn no vaciló en modernizar completamente la obra, cortando, recomponiendo, confiriéndole toques sutiles e introduciendo efectos especiales que, en exaltación de los sentimientos y expresión de la subjetividad de Bach, se oyen, como ejemplo,  en el recitativo Und del Vorhang mi Tempel zerris (Y he aquí, el velo del templo se rasgó), donde, en abismal aprehensión de la partitura, y propias sensaciones que difieren con el manido postulado de que hubiera carecido de romanticismo en su música, “Mendelssohn traza luminosos relámpagos sonoros que recorren la orquesta como destellos sublimes, casi divinos; a tal punto abiertos al romanticismo, que como luces de bengala señalizan una inocultable pasión”.

Pero, obviamente, no fueron pocos los que ácidamente criticaron el hecho de que un judío asumiera semejante proyecto, lo concretara, y finalmente ejecutara una obra eminentemente “cristiana”. Uno de ellos sería -cuándo no- un Wagner punzante que, a sabiendas de la monumental tarea que le cupo a Mendelssohn, seguiría hostilizándolo hasta su muerte, e incluso después de ella, con furibundos ataques hacia el componente hebreo de su música (pese a que, lejos de ser un hecho trivial, e iterada anécdota, él mismo se hubiera prestado del compositor a quien tanto denostaba un par de temas para el Anillo del Nibelungo). Pero sus despiadados embates influirían en el desangre de la estrella de Mendelssohn, a tal punto menospreciada por el estigma judío, que algo menos de un siglo después de su fallecimiento el régimen hitleriano prohibiría, en atrevida y marginal determinación, y luego absolutamente intrascendente, la ejecución de sus obras.

Los estudiosos de la vida y obra del compositor sostienen que “sus esfuerzos por resucitar La Pasión según San Mateo, de Bach, así como otras obras del músico de Eisenach, trajeron un resurgimiento de la música bachiana que habría de tener un significado enorme no solo en su época, sino en las generaciones futuras”. Ahí radica, en gran medida, la herencia musical de Félix Mendelssohn-Bartholdy, ligada a su propio genio creador, y claro, a su nobleza humana.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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