La espada en la palabra

El genio atormentado y el refugio de la fe

Abrumado por la complejidad de la realidad y el vacío de una vida intelectual sin el Nazareno, Tolstói dio el paso de la fe, hallándole sentido a la vida.

Los filósofos y artistas tienen una propensión natural a la tristeza crónica o la depresión debido a que, a diferencia de las personas del común, se encuentran rumiando constantemente la realidad. Poseen, por lo general, una mirada escéptica del mundo, cuando no una totalmente pesimista. Este peso del saber sucede incluso en uno de los escritores de la Biblia, el Eclesiastés, quien advierte al lector que la acumulación de conocimientos puede ser angustiante y que la reflexión crítica de la realidad suele asemejarse a “correr tras el viento”.

Pensar y repensar problemas o fenómenos los lleva a caer en bucles de pensamientos negativos y en procesos infinitos de autocrítica. Nunca se conforman con una teoría o una obra; siempre continúan explorando lo desconocido, el misterio, las ambivalencias y el sufrimiento individual y colectivo, exponiéndose a crisis de sentido. Además, vivir materializando obras artísticas o formulando teorías los obliga a mirar siempre hacia el interior, analizando miedos, vacíos e incoherencias del inconsciente. Estos rasgos de personalidad, que potencian su talento creativo, aumentan también su vulnerabilidad psicológica.

En último término, todo creador es un poeta, porque fabrica obras de la nada. Su materia prima es la magnificación de la alegría o el dolor, que lo lleva a cimas de éxtasis o simas de tristeza. Algo similar ocurre con el filósofo, que en su fáustica labor no conoce de descansos. Al pretender abarcarlo todo —arte, religión y ciencia— se mete en una empresa que al comienzo parece una hermosa ascensión, pero termina siendo un laberinto irresoluble. Por eso, toda gran obra es un proyecto inacabado: es decir, un fracaso anticipado.

El pensador vive buscando certezas donde pararse con seguridad; para ello debe desafiar normas de su propia época, creencias establecidas y valores aprendidos en el hogar, lo que le genera inseguridad y desesperanza. Por otro lado, su trabajo es terriblemente solitario; escribir demanda silencio y reclusión. El artista y el pensador son frecuentemente tímidos o socialmente torpes, lo que los condena al aislamiento.

Es por eso que Erasmo de Rotterdam aseveró en El elogio de la locura que la ignorancia y la carencia de aptitudes reflexivas protegen a las personas del sufrimiento existencial. Elogió la necedad, pues esta sería el escudo perfecto para no sufrir por el exceso de conocimientos. Las personas sencillas no se preocupan por la muerte, el sentido de la vida o el futuro de la especie, liberándose de la constante ansiedad. Al carecer de ambiciones intelectuales, viven vidas de placeres simples y sin el agobiante peso de la autocrítica. Su superficialidad les permite encajar mejor en la sociedad.

El filósofo se da cuenta de que la historia universal es una ingrata crónica de sufrimientos; por tanto, el estudio revela la condición humana llena de miserias, lo cual derrumba las ilusiones necesarias para vivir esperanzado. El estudio sería, pues, la entrada a un mundo de desilusiones, y la estupidez se presenta como la verdadera benefactora de la humanidad para una vida feliz.

Varios pensadores pagaron caro su talento. Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche sintieron en el tuétano la soledad y la incomprensión; sus obras son el testimonio de espíritus acongojados por el sufrimiento innato de la existencia. Artistas como Vincent van Gogh son el ejemplo de melancolías devastadoras; los colores vibrantes de su obra fueron un refugio para guarecerse de su tormento. Incluso titanes de la ciencia como Newton o Einstein también fueron víctimas de la ansiedad o el estrés.

Frente al abismo, mentes literarias como la de Franz Kafka se refugiaron en la monotonía de un trabajo de oficina rutinario y burocrático, o en las aguas profundas del cristianismo, como fue el caso del atormentado. León Tolstói. Tras años de una búsqueda intelectual agotadora y luego de soportar una depresión que lo llevaba al abismo, el autor de Ana Karenina decidió lo más inteligente: entregar su vida al Evangelio y abandonar las elucubraciones sofisticadas para llevar una vida campestre y sencilla, como la de los mujiks, que también sufrían, pero al menos morían en paz. Abrumado por la complejidad de la realidad y el vacío de una vida intelectual sin el Nazareno, Tolstói dio el paso de la fe, hallándole sentido a la vida.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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