Contra viento y marea

Entre el brillo de las luces y el mando de las penumbras

Me estoy dejando vencer por el lado humano, porque habría que ser un hipócrita si se niega que una ciudad con matices de primer mundo tiene indisimulables rasgos de una injusticia que penetra hasta la médula.

Por estos días me hallo en una de las ciudades de más color y de ritmos más calientes de las Américas. Es casi imposible sustraerse a la cadenciosa policromía de sus paisajes urbanos. La brisa tropical que acaricia hasta las almas más indiferentes y los esculturales cuerpos morenos que disfrutan de las blancas arenas de Ipanema y Leblon, parecen ser la única realidad de esta gigantesca metrópoli. Sus impresionantes malls y todo el resplandor de una vida nocturna que se funde con el alba, ignoran, sin embargo, la otra cara de la urbe. Claro, uno pensaría que Río de Janeiro es una ciudad de contrastes; la verdad es que así son todas, pero aquí esa brecha se manifiesta de forma brutal desde Barra de Tijuca.

Una de mis motivaciones centrales para venir fue, justamente, presenciar el desfile de decenas de personas de todas las edades por las impecables tiendas de Gucci o Victoria's Secret, para luego salir cargadas de bolsas con artísticos diseños en busca de un churrasco de varios centímetros de espesor, y con pesar comprobar  el doloroso “espectáculo” de esos escaparates que unen el piso con el techo, y del lado de la calle,  como si se tratara de sabuesos, indigentes que se conformarían con un hueso al que todavía le quede el sabor vacuno de una carne que nunca podrán paladear.

Esta dura realidad choca con los discursos oficiales y los indicadores económicos de los gobernantes, quienes desde hace más de una década se llenan la boca con una reducción sostenida de la extrema pobreza. Desde mi experiencia visual: ¿Cómo podría explicar que, mientras las estadísticas indican un panorama de progreso, paralelamente la experiencia en las calles es abiertamente contraria, impidiendo una lectura con la misma mirada de los que detentan el poder?

Contrariamente a lo que en nuestro folklore se dice, acá no se ve lo que se anota. La paradoja entre la opulencia y la miseria de Río se funda en la distancia que existe entre los datos agregados y las verdaderas dinámicas urbanas. Si bien las políticas asistencialistas del socialismo —moderadas en el último tiempo— han reducido las brechas en los papeles, la exclusión social tiene raíces más profundas. Los programas se asientan sobre factores reales como el encarecimiento de la vida, la falta pavorosa de vivienda digna, el empleo informal —porcentualmente muy similar al de Bolivia— y las secuelas de crisis sucesivas como guerras, el COVID-19, el alcoholismo y la drogadicción, que empujan a los más vulnerables hacia los márgenes de la sociedad.

Las aceras de Río son tendales de afrocariocas de los cuales los más afortunados yacen sobre un pedazo de cartón que son como las sábanas cortas: si las jalan hacia abajo, la cabeza queda sobre el siempre húmedo piso; si lo hacen para el lado contrario, los pies permanecen mojados en los charcos de agua maloliente que se forman en las superficies. Como sea, ese es su refugio.

Me estoy dejando vencer por el lado humano, porque habría que ser un hipócrita si se niega que una ciudad con matices de primer mundo tiene indisimulables rasgos de una injusticia que penetra hasta la médula. No se puede permanecer indiferente ante centenares de cuerpos enjutos por el hambre cuyo dormitorio está en las puertas de los shoppings o debajo de los puentes, y su comedor, en los contenedores de basura.

Este desolador panorama no cambia mi percepción de lo que pueden ofrecernos la izquierda o los liberales; pero fortalece mi convicción de que esto no se trata únicamente de indicadores o de ideologías, sino de una repugnante crisis humanitaria a plena luz del día. Ver tanta indigencia en zonas tan exclusivas es un grito de auxilio frente a una realidad donde los dueños de las mansiones pasan impávidos, y casi por encima de sus "huéspedes" de las aceras para sentir el confort de su mullido colchón.

No basta con que las cifras macroeconómicas mejoren si los ciudadanos más desprotegidos siguen quedando invisibilizados bajo el manto de la indiferencia. Río de Janeiro  y el mundo entero necesita que las políticas públicas dejen de medirse solo en los escritorios y comiencen a transformar integral y dignamente la vida de quienes moran en las calles.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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