martes 16 de julio de 2024

Lo que pienso

Las promesas sobran cuando la unidad falta

sábado 25 de mayo de 2024

(…en las Bolivias después del Bicentenario… y algo más)

Tan pronto como en 2021 ya se vislumbró que habría un choque de trenes dentro del  —hasta entonces— oficialismo masista: el primer silletazo de Morales Ayma fue como el preludio todavía tímido de lo que se vendría dentro del (hasta entonces, supuesto) férreo control del MAS que tenía el (aparentemente) todopoderoso Jefazo. Desde entonces, Arce Catacora —y su cohorte, como también en su momento hizo Evo con muchos, incluidos de los antes suyos, como Loayza y Escóbar— le ha hecho morder los sapos de sus mismas chicanas legales y sus trapisondeadas políticas.

En las elecciones de 2020, todos los contrincantes del candidato del MAS —cuatro opositores, por ende, a ese modelo— obtuvieron en total 2.765.159 votos (el 44,9 %), 628.893 menos, el 10,21 % de diferencia entre el MAS y todos los demás: incluso unidos hubieran perdido por el porcentaje y por la diferencia. En 2019, fraude oficialista incluido, la suma de las oposiciones —nueve— obtuvieron el 53,61 %.   

Pero no hubo unidad en ese entonces, ni en 2020. ¿Habrá ahora? Pero primero hablemos de liderazgos.

Obviando los cambiacasacas (en 2019 Chi Hyun Chung fue candidato presidencial con el PDC y en 2020 con el FPV, organización que en 2019 llevó a Ruth Nina Juchani con su baza presidencial y en 2020 ella fue por PAN-BOL) y las alianzas (en CREEMOS, que apareció en 2020, se acoplaron DEMÓCRATAS y UCS), Chi Hyun y Camacho Vaca se anuncian para repetir en 2025 y, posiblemente, también vaya De Mesa Gisbert; súmeseles una decena larga —hasta ahora, al menos— de precandidatos anunciados.

A la atomización se suma que las encuestas de preferencia entre electores ha arrojado la expectativa mayoritaria por un candidato nuevo, así como un candidato joven. Coincido con mi conocedor amigo Walter Guevara Anaya que existe «un montón de candidaturas menores en pos de una sigla, así como varias siglas menores en pos de un candidato mayor. No hay por qué ningunear estas dos aspiraciones» porque, como también afirma Guevara Anaya: «La democracia es ancha como la puerta de un establo» (y vaya que en el establo de nuestra democracia siempre joven, porque cada cierto tiempo tiene que volver a iniciarse, han entrado hasta corderos, becerros, toros y burros).

Sin embargo —y me disculpo con mi amigo Walter— coincido más con Raúl Peñaranda Undurraga en que una selección vía primaria puede terminar siendo excluyente porque «ante tan diversas posturas y liderazgos opositores en Bolivia, lograr esa unidad es remoto [y] se marginan de inmediato a los indecisos y a quienes apoyaron en el pasado al MAS [hoy dos MAS, y seguro que hay los hartos con uno u otro], pero que ahora podrían cambiar su voto». En resumen, coincido en que la elección no puede ser «ellos contra nosotros», sino «ellos junto a nosotros» pero definitivamente no concuerdo en que algún precandidato actual —de los tantos que han aflorado— tiene ni el empuje ni el reconocimiento para hacer la sumatoria de voluntades (al fin de todo, la selección de Edmundo González Urrutia como candidato mayoritario opositor fue gracias al prestigio y firmeza de María Corina Machado Parisca sumando voluntades en la Plataforma Unitaria Democrática y el desprendimiento —que lo fue— de Manuel Rosales Guerrero porque las inéditas primarias —con todo el éxito que fueron— fracasaron ante la arremetida madurista): Ni Jorge Quiroga en 2005 (28,62 %), Manfred Reyes Villa en 2009 (26,46 %), Samuel Doria Medina en 2014 (24.23 %) y Carlos de Mesa en 2019 (el que, a pesar del fraude, más se acercó a un voto casi unitario por «ellos contra nosotros»: 36,51 %) y 2020 (28,83 %, regresando a la media de los opositores mejor situados en las elecciones desde 2005); pero el refuerzo desprendido sumado —que no es candidatura única sino suma mayoritaria— el 14,25 % de Doria Medina y Nagatani en 2005, o el 14,00 % de Camacho en 2020 hubieran significado algo (como también lo hubieran sido las sumas de Doria Medina y Joaquino en el 2009 o, incluso, de Quiroga en 2014 y de Ortiz en 2019). Eso a pesar de lo que Manfredo Kempff Suárez ha denominado como nuestra «democracia tramposa». (Una encuesta de Diagnosis de inicios de mayo da el 44 % al actual arco del “oficialismo” —MASEvo y MASArce más excrecencias— versus el 41 % a toda la oposición investigada… de la oposición gana la categoría de largo la categoría nueva oposición y del “oficialismo” Arce, pero con mucha miseria de votos…)

A hoy, así visto el panorama da una sarta de pobrezas —en recursos la mayoría y en todos en adherentes, estructuras y Programas— que conllevará las elecciones tal una pelea que, para los más de los opositores, será de escarbar migajas y que, para los menos de ellos, será cainita para unos y de réquiem para otros…y no hablo de “oficialistas”.

 

Me queda un tema del candelero y —por qué no— candilejas: El rifirrafe entre Javier Milei y Pedro Sánchez (llámele escandalete, follón, alboroto, trifulca, zapatiesta, gresca, tremolina, jaleo o burundanga, como prefiera).

Empecemos por lo más publicitado. En una masiva asamblea de simpatizantes del partido VOX —de derecha, derecha dura, pero lejos de ser fascista (recordando a los desmemoriados que el fascismo y el nazismo surgieron de dos partidos socialistas que cambiaron clases por nacionalismos)—, Javier Milei, orador invitado como otros líderes conservadores de ambos lados del Charco Nuestro —desde liberales hasta estatistas—, encendió su diatriba habitual contra el socialismo y de ahí pasó a una clara insinuación —aunque sin nombre— de Pedro Sánchez y su mujer: «Qué calaña de gente atornillada al poder. Aun cuando tenga la mujer corrupta, se ensucia y se tome cinco días para pensarlo». A cada cual, un sayo.

Lo desmenuzaré mi análisis para hacerlo más rápida su comprensión. Primero que todo: Javier Milei —conocido por su estilo estridente y su retórica incendiaria que les han sido siempre muy efectivos para ganar públicos— se proyecta como líder mundial conservador —tanto de los sectores liberales como de los no liberales (como la estatista Le Pen)— y el primer round fue en Davos; por el contrario, Sánchez es la cabeza de la Internacional Socialista y para ello tiene que afianzar su posición e imagen a como dé lugar, algo que también es tarea empeñosa por Milei. Segundo: Milei tiene que movilizar a sus adherentes —golpeados por las medidas de cambio implementadas pero aún apoyándolo mayoritariamente a él aunque no lo hagan con todas sus medidas— mientras arregla el embrollo económico heredado del kirchnerismo (decrecencias incluidas) con necesarias afecciones a la gente (sobre todo, a la clase media); por su parte, Sánchez aún no sabe si se repetirán las elecciones catalanas (el PSC —filial local del PSOE sanchista— fue primera votación pero no tiene mayoría y depende del nacionalismo moderado de Esquerra, que podría cobrárselo muy caro si se decide a colgarse)  y se enfrenta a las elecciones europeas que no se le auguran (a pesar de las encuestas del CIS protoficialista). Tercero: De Milei, Óscar Puente (ministro de Transportes y Movilidad Sostenible de Sánchez) le dijo drogadicto en un evento público y registrado —«no sé en qué estado previo a la ingesta o después de la ingesta de no sé qué sustancias»— y nadie en España se disculpó, como tampoco de lo dicho por  la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades de Sánchez, Diana Morant, quien acusó a Milei de representar un «modelo negacionista» que «atenta contra la propia democracia» o la vicepresidenta segunda y Ministra de Trabajo española, Yolanda Díaz —de filiación comunista y aliada con SUMAR de Sánchez— cuando cargó contra él y lo acusó de ser «un generador de odio» (el insulto de Puente fue la razón aducida por el Gobierno argentino para que Milei no se reuniera con el silenciado Sánchez); la querella contra Begoña Gómez Fernández está en los tribunales ("todos somos inocentes hasta que se prueba lo contrario" pero aún no le ha ido bien por sus “recomendaciones”; los denunciantes son el Colectivo “Manos Limpias”) y, además, ella no es —ni representa— el Estado español (Emilio de Diego caricaturizó la posición que le “ofrendaron” sus defensores desde el Gobierno: «Ni don Quijote, en sus mayores delirios, cayó en el disparate de elevar a Aldonza Lorenzo a categoría de institución fundamental del reino»); hasta ahora, los insultos a la Corona de los mandamases de Nicaragua, Venezuela y México o de los independentistas no habían levantado sonrojo en el Ejecutivo socialista. Ah, y Cuarto: en noviembre pasado —cinco días antes de la segunda vuelta—, Sánchez dijo sobre Sergio Massa, el contrincante de Milei: «Frente a la estridencia, representa la tolerancia y el diálogo. […] Por eso, querido Sergio, te envío todo mi apoyo desde España […]. Suerte y a ganar!»

¿Quién se sonroja? Yo no.

La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360
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