martes 24 de febrero de 2026

Una especie en peligro

Queñuas: los últimos guardianes del agua

El sustrato que genera su presencia absorbe y garantiza el ciclo del agua en las regiones altoandinas; también acoge en sus ramas a una amplia biodiversidad.
Una queñua sobreviviente a un incendio, en faldas del Illimani.
Una queñua sobreviviente a un incendio, en faldas del Illimani.
miércoles 11 de septiembre de 2024

Las raíces profundas de las queñuas mantienen al árbol andino erguido, en las solitarias cumbres altiplánicas, en pendientes, entre rocas, en medio del frío que escarcha a la paja brava, en donde habita muy poca gente. Y aun así, está en peligro de extinción, principalmente por la deforestación y los incendios.

“No sabíamos qué valores tiene la queñua, pero tenemos aquí harto, en cantidad, aquí atrás, abajo, pura queñua... pero si tiene más valor, un taller quisiéramos pasar”, dice Basilia Mamani, comunaria de Cayimbaya, una comunidad anclada en las faldas del Illimani. Ella señala hacia arriba y a todos lados, porque allí, cerca y lejos, puede verse erguida alguna queñua solitaria o una pequeña familia de árboles de esta especie o un bosque reducido, aislado.

“Para leña nos sirve, pero no utilizamos tanto”, afirma luego, justificando una actividad que desde sus ancestros se realiza en el sector, como en muchas poblaciones que habitan en los cerros de Bolivia, donde aún se necesita hablar de la importancia de las queñuas, o queñoas, o en el ciclo del agua y en la conservación de la biodiversidad del lugar y ni hablar de su papel en el ecosistema en general.

Vulnerables

“En agosto y septiembre que es seco y, ahora, con la disminución de la humedad (por la pérdida del glaciar en un pico del Illimani), el fuego se expande con más facilidad en esta zona y encuentra a su paso paja y otros materiales secos, y prolifera con mayor rapidez”, afirma Katherine Fernández Paz, coordinadora de la “Red Polinizar Comunidades Agroturísticas”, institución que apoya el cuidado de los árboles y bosques de queñuas en esta y otras regiones.

En años pasados, el fuego fue uno de los factores que más daño hizo a las queñuas del lugar. Visión 360 pudo verificar cómo algunas, las más jóvenes, quedaron como esqueletos oscuros, clavadas en medio de las montañas nubladas. En torno a ellas ya creció nueva vegetación y hay pequeñas plantas luchadoras rodeándolas.

Pero también hay muchos sobrevivientes, de los que se desprenden, de a poco, una o dos capas externas, negras, como cáscaras, que muestran las heridas hechas por un fuego que no logró matar a estos árboles casi centenarios, y en ellos ya se puede ver el brote de ramas nuevas, con las pequeñas hojas redondeadas que los caracterizan.

Un sendero entre queñuas, en las faldas del Illimani. Foto: Mirna Echave / Visión 360

“La gente no suele organizarse para apagar, por más que sean fuegos controlables. Se han quemado muchos árboles que tenían entre 50 y 60 años, inclusive. Por ese tipo de acciones tenemos que tomar conciencia, recomendar que no suceda”, señala Fernández.

Las quewiñas, así se conoce a las queñuas en Cochabamba, son especies que pertenecen a un género, las polylepis. “La mayoría es endémica de los Andes, desde Colombia y Venezuela hasta el centro de Chile y Argentina”, comenta Rodrigo Soria, director ejecutivo de la Fundación Armonía.

Agrega que existen más de 40 variedades registradas por la ciencia, entre arbustos y árboles, y “tienen distribuciones geográficas muy pequeñas. Como están en los altos Andes, su uso se extiende mucho antes de la llegada de los españoles; han sufrido el efecto humano, porque han sido recursos maderables muy importantes, se han utilizado varios siglos”, señala.

Ecosistemas

Con el paso del tiempo, el uso de la queñua fue constante y creciente, junto con el aumento de las poblaciones, con la creación de comunidades, con la habilitación de tierras de cultivo, la apertura de caminos y la llegada de la minería, que necesitaba madera para su infraestructura y combustible para preparar sus alimentos.

Hoy, su distribución es muy dispersa y si bien existen algunos bosques de queñuas, hay cientos de grupos, aislados unos de otros, que por la separación no se pueden considerar bosques, pero en los cuales se conservan diferentes especies de animales y aves que dependen de su existencia, de su lento crecimiento y de su conservación.

Algunas solitarias se encuentran separadas en los cerros de La Paz. Foto: Mirna Echave / Visión 360

“Hay muchas especies que dependen de estos bosques, de este tipo de ecosistema, especies de aves y de mamíferos. Por ejemplo, está el ave pico de cono gigante, la remolinera real... hay un ratoncito que también depende grandemente de los bosques de polylepis. Es una lista amplia, más de 50 especies que dependen de este tipo de ecosistemas, pero si se pierden (las queñuas) desaparecen para siempre”, señala Soria.

Katherine Fernández afirma que esos ecosistemas deben ser preservados y para ello hay que protegerlos. “Si queremos agua, las queñuas van a posibilitar que haya humedad, que la humedad suba al Illimani y pueda congelarse; pero si atacamos con fuego, con malos usos diferentes, disminuimos las probabilidades de que haya agua para la producción alimentaria; la gente cambia de rubro, y en eso perdemos todos. Las ciudades tienen que comprometerse en su protección”.

Porque se estima que en Bolivia ya se perdió el 90% de estos bosques, dato corroborado por Soria, quien explica que, aunque ese dato es de hace unos 20 años, los esfuerzos de reforestación y protección, versus la continua destrucción de estas áreas forestales, mantienen la cifra. Sin embargo, son más los riesgos y menos las manos que se dedican al cuidado de esta especie y de su hábitat.

La gente aún usa este árbol como leña, lo corta para habilitar tierras de cultivo o para abrir caminos, o se queman en incendios forestales que trepan las laderas de las frías montañas.

Una investigación de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), de 2017, señala que hace siglos el Altiplano tenía grandes extensiones boscosas.

Importancia

Un tronco menos, tumbado sobre el cerro empinado parece no hacer diferencia entre las decenas que aún se ven erguidos, aunque alejados unos de otros. Este es el paisaje que se repite en algunos sectores del Illimani y de otros cerros de la cordillera real.

El árbol fue arrancado para limpiar el sector donde la gente construye un canal que recogerá el agua que aún baja de aquel cerro sin nieve, y que por alguna razón se filtra en la tierra y deja solo hileras de su caudal para las crecientes necesidades de los agricultores.

Visión 360 llegó a las faldas del imponente Illimani, donde ya falta el agua por el deshielo de una de las cumbres, pero aún la queñua convive con los comunarios, como en muchas regiones, en un bosque y con ejemplares solitarios, alejados unos de otros.

Comunerios trabajan en la construcción de un canal, en el Illimani. Foto: Mirna Echave / Visión 360

Allí, en la comunidad de Cayimbaya, del municipio de Palca, de La Paz, la gente empieza a valorar cada vez más su importancia, con la información que llega a partir de publicaciones y campañas, como la realizada en esta región por la Red Polinizar, o como el trabajo de la Fundación Armonía que fomenta la reforestación en sitios como el Parque Nacional Tunari, donde su existencia también garantiza el ciclo del agua en el lugar.

Según estudios, estos bosques proveen varios servicios ecosistémicos en las montañas y el Altiplano. Por ejemplo, ayudan a regular el clima local, detienen la filtración de agua, interceptándola en la vegetación y dejándola filtrar dentro del suelo.

Los bosques también generan un sotobosque de plantas que protegen el suelo contra la erosión y enriquecen los suelos por su aporte de hojarasca. Gracias a ello retienen sedimentos y nutrientes y, asimismo, fijan el carbono atmosférico.

El pico de cono habita en estos bosques. Foto: Fundación Armonía

Pero su función más importante para sostener esos ecosistemas, así como las necesidades de la gente, es que ayudan a proteger y recargar los acuíferos en las cabeceras de valles.

“Hay una relación positiva, fuerte, entre la existencia del bosque y el ciclo del agua; el sustrato sobre el cual está el bosque almacena el agua y lo administra de manera más homogénea. Si quitan el bosque, se pone en riesgo el acceso al agua en el sector”, afirma Soria.

 Actualmente está registrada como una especie En Peligro, (EN) en el Libro Rojo de la Flora Amenazada de Bolivia, debido a una distribución amplia, pero pobre, con pocas poblaciones concentradas y enfrentando sola amplias amenazas.

La deforestación, quema y extracción reducen a diario su presencia en los aproximadamente 367 kilómetros cuadrados en los que aún existen, y su lucha por sobrevivir se enfrenta a las dificultades que tiene para desarrollarse, puesto que crece alrededor de un centímetro cada año.

Comunarios de Collpa llevan sus plantas para reforestar. Foto: Fundación Armonía

Dos aves andinas dependen de las queñuas para existir

En los bosques altoandinos también están en peligro algunas especies, dos de ellas son la remolinera real y el torito pecho cenizo, aves que viven y dependen de este árbol y de su ecosistema. La presencia del hombre ha puesto en peligro la existencia de estas especies de aves, cuyos hábitats se ven cada vez más afectados, degradados y destruidos. Investigaciones recientes, según una publicación de la revista Inmediaciones, señalan que quedan menos de 100 individuos de la especie remolinera real y menos de 200, del torito pecho cenizo.

En el corredor Cotapata – Pilón Lajas – Madidi, es notable cómo, con el paso de los años, las acciones humanas se han acercado más a sus nidos y les quitaron tranquilidad, árboles y los espacios que necesitan para reproducirse y vivir con tranquilidad. 

Hoy, la sobrevivencia de estas aves depende de la intervención humana, con acciones que aseguren su protección y conservación, así como del cuidado de los bosques donde aún se las encuentra, aunque esto requiere mucho compromiso, recursos y un trabajo constante.

La remolinera real,en un bosque de Pongo, La Paz. Foto: Mirna Echave

Buscan conservarlas

La remolinera real, Cinclodes aricomae, es la más afectada por todas las acciones y situaciones. Según el Libro Rojo de los Vertebrados de Bolivia, esta ave se encuentra en peligro crítico (EC) lo que significa que son muy pocas las que quedan de su especie.

Lograr la imagen  que se ve en este cuadro fue difícil y requirió de una larga caminata, por sectores donde no hay ni senderos, afortunadamente aún alejados de la gente, pero no por eso se salvan de la deforestación o de los incendios. La imagen también requirió de paciencia,  porque son aves tímidas y sensibles. Solo salen por la comida y luego se mezclan entre las ramas retorcidas de los árboles andinos.

En algunos bosques de queñuas ya no se la admira y actualmente es difícil encontrarla o tan solo verla.

Ella fue encontrada  en las filosas montañas de la provincia Sud Yungas, entre las nubes que ascienden hacia la ciudad de La Paz. La pequeña ave revolotea brevemente y busca su alimento entre la paja brava y los musgos que cubren las piedras pizarra del lugar.

En segundos, vuelve a las ramas de las queñuas, en los pocos bosques de polylepis que quedan en dicho lugar. Su color se fusiona con el paisaje de su hábitat y así se pierde de  vista.

En estos lugares también vive el torito pecho cenizo, Anairetes alpinus, que según la clasificación del Libro Rojo... se encuentra en peligro de extinción (EP), y la principal causa es también la degradación de su hábitat. Su pelaje es más oscuro y se distingue por unas pequeñas plumas que coronan su cabeza. Aunque también se lo divisa muy poco, los comunarios de Pongo comentan que alguna vez lo ven cerca de sus corrales o en los árboles de la población, es decir, fuera de los bosques de queñuas, aparentemente en busca de alimento.

La queñua y, al fondo, la población de Cayimbaya. Foto: Mirna Echave / Visión 360

Según el biólogo Rodrigo Soria Auza, director de la Fundación Armonía, “estas son las dos especies de aves de mayor prioridad para la conservación, que habitan en esa región, una de las de mayor biodiversidad de Bolivia y, dentro del grupo de aves, son las que están en peligro”.

El investigador explica que las comunidades del sector, de origen quechua y aymara, “utilizan la naturaleza para vivir”, ya que cultivan papa, crían auquénidos, como llamas y ovejas, y también extraen recursos maderables de los bosques, los cuales han sido muy afectados, especialmente los últimos 20 años por el crecimiento de las poblaciones. Estas actividades son las que más impactan.

Los árboles de queñuas, que forman parte de ellos, tardan mucho tiempo en desarrollarse, y crecen como si cada milímetro de altura fuera un triunfo en contra de las duras condiciones climáticas del lugar: como el frío, que con frecuencia puede superar los nueve grados bajo cero, el fuerte viento y la humedad constante. Por ello, apenas alcanzan unos centímetros cada año y se estima que las últimas dos décadas se han deforestado extensos bosques con árboles centenarios.

Una investigación de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), de 2017, señala que hace siglos el Altiplano tenía grandes extensiones boscosas. Distintas teorías afirman que esa madera fue utilizada por los nuevos asentamientos humanos y, por otro lado, que los extrajeron para fundir la plata hallada en las minas durante la época colonial. Por eso desaparecieron, hoy están en peligro y, junto con ellas, varias especies únicas en el mundo.

Pequeñas y variadas, las especies de plantas que formn parte de estos hábitats. Foto: Mirna Echave