viernes 3 de abril de 2026

Luto

Viloco... medio siglo después

"A diez días de presentar el libro me dije que no podría hilar fino este complejo entramado sin yo mismo ir a Viloco a escuchar las voces de esos muertos"
Fotografía de la localidad de Viloco, cerca del lugar del accidente. Foto: Oswaldo Calatayud
Fotografía de la localidad de Viloco, cerca del lugar del accidente. Foto: Oswaldo Calatayud

En el imaginario de la gente –sobre todo futbolera– Viloco será siempre sinónimo de The Strongest, o más específicamente del accidente aéreo donde el The Strongest perdió a toda su plantilla de jugadores. Pero Viloco en sí mismo es un paraje escondido en la cordillera Tres Cruces, o Quimsa Cruz, que aún hoy, pasados 55 años, guarda el recuerdo de aquella tragedia que a esta población minera le tocó ser testigo a finales de septiembre de aquel 1969, y que a mí me tocó escribir –por destino– medio siglo después.

Cuando tenía el libro “Viloco”, de más de 400 páginas casi listo, aún me encontraba sin respuesta sobre lo que en verdad habría pasado para que ese avión, pilotado por el mejor piloto de su generación, se precipite a tierra, con 74 personas dentro, constituyéndose en el peor accidente de la historia de la aviación boliviana.

Tras varios años de investigación e intensos meses de redacción del libro, se ahondaron mis incógnitas, pues encontré a exdirigentes que se aferraban a la versión de que había sido una bomba la que explotó en los cielos a aquel avión en el que iba a viajar el presidente Siles Salinas, a quien finalmente ese mismo día dieron golpe de estado los militares del General Ovando. Un piloto de avión, por su parte, me contaba en off que sencillamente se trataba de una falla humana; en tanto los reportes de los fabricantes del avión se guardaron su informe final que al parecer determinaba que la nave Douglas DC–6 de Lloyd Aéreo Boliviano sufrió un desperfecto mecánico por sus extendidas horas de vuelo.

Cualquiera de estas hipótesis podría ser defendida, como en parte hago en mi cuento “Luces y Sombras” que escribí para escapar de las pesadillas que me produjeron las pesquisas sobre el siniestro. Llegado un momento, las imágenes del saqueo impenitente que primero sufrieron los cadáveres desparramados en aquel canchón del sector Bengala por parte de los lugareños, así como la irrealidad de los cuerpos calcinados que veía en las fotografías del alpinista que primero llegó al lugar, o de las partes desmembradas que eran cargadas a lomo de mula por los mineros y militares, los ataúdes que llegaron a La Paz y que solo contenían pesadas piedras, o los desentierros que se dieron tiempo después para dar sagrada sepultura al difunto correcto por parte de sus familiares, fueron imágenes que terminaron inundándome. Este ya no era un libro, era el siniestro guion de una película sin final feliz.

A diez días de presentar el libro me dije que no podría hilar fino este complejo entramado sin yo mismo ir a Viloco a escuchar las voces de esos muertos, a oír los testimonios de los mineros que en muchos casos el viento se había llevado; en fin, a ver y tocar ese avión que era el último cadáver que nadie se había llevado después de que el pájaro de lata se hizo una bola de fuego en las nieves para ver resurgir de entre sus cenizas al fénix negro y amarillo llamado The Strongest.

Era viernes, llamé a la imprenta para que no quemaran planchas; tomé mi mochila y sin apenas saber a dónde, me dirigí hacia aquel umbral que mi brújula de escritor dictaba. Ya con algo más de consciencia logré que mi hermano nos prestara su jeep en el que –curiosa y coincidentemente– solía viajar a los centros mineros a vender brocas. Nos acompañó mi madre que –también extrañamente– comenzaba a escribir una novela sobre las palliris y en algo le interesó el periplo.

La odisea empezó temprano en la mañana. Calculamos llegar al mediodía, como indicaba el moderno GPS, pero era imposible hacerlo en ese tiempo si era nuestra primera incursión. Ante todo, debíamos encontrar sobre la carretera a Oruro el desvío que indicara el acceso al sector montañoso donde estaba encallado el centro minero que había tenido su auge en los años 70 y 80, antes de la relocalización de 1985. No obstante, la densa niebla y el pavimento congelado en ciertos tramos hacía imposible avanzar a más de 50 kms por hora. Llegado un punto, el camino comenzó a serpentearse hacia un abismo que no se venía, pero que de tramo en tramo te aseguraba que iba a Viloco por los letreros carcomidos y la única tranca en medio del yermo total.

Las horas pasaban hasta que finalmente a mitad de la tarde trasmontamos el último montículo de rocas para apreciar desde las alturas aquel antiguo campamento minero. Unas chayñitas amarillas y negras nos dieron la alegre bienvenida a un poblado que en su centro tenía estampada en verde una cancha sintética de fútbol. Todo lo demás era parte del pasado: su antigua radio, el viejo teatro, los galpones a medio caer, la vetusta sede social y la ensarrada maestranza.

Pronto cayó la noche y nos alojamos donde una señora que nos dijo: “¡Ah, llegaron los stronguistas!”, como si en verdad nos estuviera esperando. Luego salimos en busca de informantes en medio de un pueblo fantasmal que se la pasaba todo el día en el socavón, para luego enterrarse en sus casas de adobe escapando del intenso frío que arreciaba a toda hora: Estábamos a más de 3.700 metros de altura, a los pies de la cordillera que desde ahí abajo parecía invencible.

Todos los viloqueños sabían dónde había caído el avión, aunque pocos recordaban el hecho con nitidez. La mayoría había muerto o había migrado, pero los jóvenes que aquella vez tenían entre 15 y 25 años, aún tenían vivas las imágenes del rescate que inició ni bien el tata Pantoja, un cazador de vizcachas, advirtió la explosión del avión en la roca a pocos minutos de él, y una vez confirmó la horrorosa escena, bajó al pueblo para ver si alguien le creía.

El señor Pantoja ya murió, me lo repiten todos, pero fue él quien se adelantó a rescatistas, periodistas, familiares y a los mismos pobladores que días después comenzaron el rescate. Para que le creyesen, porque el estruendo de aquella tarde de viernes 26 de septiembre podría pasar por un dinamitazo o algún estrépito propio de la montaña, enseñó a sus amigos algunas piezas de valor como relojes o alguna parte del avión que se había hecho trizas.

Cuando al día siguiente, sábado, los más curiosos escalaron esas casi dos horas que los separaban del lugar, advirtieron la escena dantesca, en medio de la cual se distinguía el amarillo de unas camisetas desperdigadas que jamás volvieron a aparecer. Del resto se ocuparían la radio que ya había captado la información de un avión perdido y la notoria afluencia de gente el domingo siguiente, sobre todo militares, periodistas y familiares que, desesperados, llegaban de La Paz.

Eso nos contó la primera persona a quien entrevisté esa misma noche, a tiempo de comprometerlo para subir al lugar donde se hallaba el avión el día siguiente. Siempre tuve destrezas para el montañismo, por lo que llegar a Bengala (sí, como el tigre, sector que otros llamaban La Cancha) era un objetivo que estaba decidido a cumplir. Como se solía hacer entre ellos, esa noche tomé impulso con un singani que encontré en el único local que funcionaba de noche en Viloco: la Rocola, un espacio que te transportaba a los años mozos de aquel centro minero cuando los trabajadores compensaban su sacrificio con todo tipo de recreación, entre ellos el propio fútbol y, claro está, la bebida. Esa Rocola parecía un espacio de los años setenta, con luces de colores, música retro y juegos de azar que escoltaban la pieza de más valor: una rocola de música con más de 50 discos de la época.

Al dejar el lugar, a eso de la medianoche, cuando todo oscurece en Viloco, empezó a nevar. Estaba ansioso, quedamos en subir a la montaña a las cuatro de la madrugada, pero el guía apareció a las cinco: “Ha nevado toda la noche, pensé que iba a pasar, pero dice que está peor arriba”, me dijo. “Igual vamos”, le contesté, mientras me ajustaba las botas y me ponía un impermeable con el escudo del club.

El primer tramo era un camino de tierra que ningún motorizado quería hacer porque podía enfangarse, así que comenzamos a pie. A la media hora llegamos a un cementerio que me hizo recuerdo a los 16 jugadores fallecidos en la tragedia, además del director técnico y dos dirigentes. Por supuesto que no estaban enterrados ahí, pero ese camposanto a los pies del nevado hablaba por sí solo. Continuamos por dos horas más, tiempo en el que se supone debíamos estar cerca, pero el guía dijo que faltaba mucho, sobre todo la parte de las quebradas y los pedrascos. Al cruzarnos con algunos mineros que iban de bajada nos advirtieron que continuaba nevando y la capa que se había formado era de más de un metro: ¡imposible que pasen! nos dijeron, sonriendo.

A esa altura comenzaba a doler la cabeza, faltarte aire y el frío gélido penetraba por todo el cuerpo. A pesar de mi obsesión, el guía me dijo que podríamos intentarlo el día siguiente, que ese momento el deshiele iba a ser lento y que no tenía sentido. En sus propias palabras, “ni lo último que queda del avión se debe poder ver, ¡y bajar es más difícil!”. Me frustré, pero no podía dejar que la montaña me tragara a mí también.

A mediodía estábamos de nuevo en el pueblo almorzando una sopa caliente de pescado y luego una ensalada de frutas. ¿Cómo llegan estas cosas acá?, me pregunté por un instante, creyéndome en el fin del mundo. A primera hora de la tarde retomé mis entrevistas a los viloqueños de antaño y fue cuando bendije no haber subido a la montaña, porque durante cinco horas fui encadenando reveladores testimonios que contaban en retazos la misma antigua historia de cómo ese único día se dio asueto a los mineros para ir a recoger los cadáveres que había que bajar en frazadas entre cuatro personas. O aquellos que se ganaron sus pesos como guías de los familiares o cargando con sus burros las pertenencias de los siniestrados, incluso en algunos casos sus cuerpos.

Fue una tarea titánica que se extendió hasta el último día de septiembre de aquel año, cuando solo quedó la chatarra de avión junto a algunas pieles y escombros. Con el tiempo, aquel sitio se convirtió en un lugar de culto para montañistas que querían dar con los restos de la Tragedia del The Strongest. Incluso algunos familiares e hinchas volvieron los años siguientes a poner flores o a dar bendiciones a aquel lugar que sin duda tenía una energía sagrada.

La tapa del libro dedicado a la tragedia. Referencias al celular 61113505

 

No podría decirse que Viloco se volvió un lugar de culto, pero entre los viloqueños siempre había un afán por subir a ver el avión y llevarse algún recuerdo. De ahí que encontré a pobladores con fotos antiguas y actuales posando junto al fuselaje del avión que en esos cincuenta años había sido desmantelado poco a poco: había quienes iban en busca de partes mecánicas, artefactos eléctricos, los cueros de los asientos, valiosas pertenencias (incluso dinero y monedas) incrustadas en la nieve, o incluso chatarra que serviría para algo. En efecto, hubo gente que con la cristalería de los vidrios se había hecho pulseras y collares. Eso sí, el motor principal era imposible de bajarlo al pueblo, pero alguien (junto a muchos) lo logró uno de esos días. Lo mismo que el pico del avión y su hélice que cierto vecino atesoraba como una escultura al centro de su casa. Pero de las camisetas oro y negro, ni un rastro, aunque se cree que alguien las encontró en la maleta respectiva y se las llevó, porque de las pertenencias de los pasajeros tampoco había evidencias.

Apelar a los testimonios de los viloqueños que ahora rondaban los setenta años, algunos de los cuales recordaban el hecho como si hubiera ocurrido ayer, mientras otros falseaban su memoria o terminaban apelando a su imaginación, me sugirió no escudriñar más en un pasado vil y loco como el que ya había escrito. Debía retornar a La Paz el día siguiente, y vanos fueron mis deseos por una vez más intentar subir a la montaña. No cesaba de nevar y apliqué mi fetichismo de querer ver y tocar lo poco que quedaba del avión con gente que me mostró partes del mismo, que me enseñó imágenes. La señal definitiva de que no debía hurgar más ese pasado fue cuando me dijeron que habían suspendido la fecha del torneo local en el que jugaba el The Strongest de Viloco. La cancha estaba anegada por la nieve y no había más pistas que el de retorno. “¡Tiene que volver antes de que se tape el camino!” nos había dicho la casera de quien compramos el último café con pan y queso.

Durante el viaje dormí sin clemencia, turnando sueños y pesadillas sobre el siniestro, alucinando sobre posibles cabos sin atar y las voces inverosímiles de algunos relatos que en verdad eran de no creer. El lunes, ya en La Paz, me dediqué a transcribir las partes importantes de las varias entrevistas que recogí de los viloqueños en pleno centro minero, y otros testimonios de quienes vivían en el barrio Viloco de Oruro o en una zona minera de El Alto. Solo faltaba el prólogo e incluir algunas de los cientos de fotos que había tomado durante el viaje. El resto está ahí, en el libro que está por agotar su segunda edición y que muchos consideran una manifestación del pasado que nos recuerda que el The Strongest se sobrepone a todas sus tragedias, dentro y fuera de la cancha. Eso, en definitiva, es Viloco.