martes 24 de febrero de 2026

Día de la Madre

Mamás de corazón: dos historias de amor incondicional y compromiso

Mamá no es solo la mujer que da a luz, sino también quien ofrece su amor libremente, incluso a aquellos niños y niñas que fueron abandonados en el país.

Isabella tenía 10 años y más responsabilidad que muchos de sus congéneres, ya que tenía que servir como madre de su hermana menor, Antonella, de siete. Ambas permanecieron por mucho tiempo en instituciones de acogida de niños, esperando que alguien las adoptara.

Lastimosamente, sus posibilidades no eran buenas. Primero está el hecho que, estadísticamente, los niños mayores de seis años tienen menos posibilidad de ser adoptados. Más remota, aun, era la chance que la mantuvieran junto a su hermana menor.

“Entonces, el panorama era oscuro: o las separaban —lo cual habría sido devastador para las dos niñas—, o castigaban a la mayor manteniéndolas juntas, incluso cuando era trasladada a los centros para adolescentes, lugares que básicamente mataban toda esperanza de adopción”, recuerda la abogada Ruth Dinelza Acochiri Cruz, quien decidió quitar esos nubarrones y que, ahora, seis años después, tiene la dicha de llamar hijas a las protagonistas de esta historia.

Acochiri no solo se limitó a adoptar a sus hijas, sino que también se puso a trabajar para ayudar a otras personas que buscan rescatar a menores de las condiciones de abandono. Una tarea necesaria porque no es un proceso fácil, ya sea en el aspecto administrativo, como en lo emocional.

Un reto que hay que pensar

“Si bien hay muchas emociones metidas en el asunto, adoptar no es un proceso fácil. Quienes deciden iniciarlo deben estar muy seguros de querer hacerlo. Van a encontrar muchos obstáculos, especialmente porque no hay abogados especializados en ello en el país”, asegura a Visión 360 Sonia Medina, otra madre adoptiva y también activista.

Si bien se simplificó el proceso, la adopción en Bolivia es complicada. Foto: Ministerio de Justicia

El pensar muy bien antes de dar este paso es clave, aseguran ambas mujeres, puesto que hay varios factores que hay que tomar en cuenta, incluyendo si la persona está, realmente, preparada para asumir la responsabilidad de convertirse en madre.

“Algo que me di cuenta, con mi propio proceso, es que mucha gente busca adoptar en respuesta a la presión social, especialmente en mujeres. No nos olvidemos que, todavía, se busca imponernos papeles predeterminados. Y no solo hablo de las mujeres, a las que nos asignan, de forma automática, la función de madres. También afecta a los varones, que tienen que ejercer de padres, para ser considerados como ‘hombres de verdad’”, explicó Acochiri.

Es, reconoce, lo que pasó con ella y su exmarido. Si bien, inicialmente decidió por motu proprio no tener hijos biológicos, cuando se casó comenzó a recibir presiones para tener wawas.

“‘¿Hasta cuándo no vas a tener hijos? ¿Y cuánto tiempo están casados? ¿Y por qué no tienen hijos? ¿Cuál de los dos está mal?’ Son el tipo de consultas que la gente te hace. Esas preguntas son tan hirientes, tan feas. Te atacan, te señalan, y muchas familias, muchas parejas han adoptado sin pensarlo bien, bajo esa presión social, que es errada”, explicó.

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Eso no quiere decir que ve el proceso como un error. Todo lo contrario, pero reconoce que no llegaron a pensar en todos los aspectos que implica el adoptar un niño, desde iniciar el proceso con un Estado indolente y burocrático, hasta cómo establecer las relaciones con el menor de edad.

Es que, como reiteró en varias ocasiones Medina, no hay un buen sistema de soporte para la adaptación. Existen muy pocos, o ninguno, funcionario que sirva de guía para navegar por las laberínticas normas nacionales. Tampoco hay muchos terapeutas bolivianos que trabajen con familias adoptivas, especialmente niños en proceso de transición.

Y, por supuesto, están los retos normales de la maternidad, para lo cual nunca hubo una guía o clases perfectas.

“Las relaciones humanas son muy complicadas. Por ejemplo, yo ya tenía cuatro hijas cuando decidí adoptar a Carlos, pero igual enfrentas retos distintos con cada uno”, comenta Medina.

Una lucha continua

En Bolivia, las madres adoptivas se destacan aun más debido a que han logrado vencer al monstruo de la burocracia. En todos los casos, las futuras madres (y también padres) tienen que hacer gala de pasión, entereza y, por qué no, terquedad.

“Me tomó más de tres años poder conseguir la adopción legal. Tres años y un recorrido por distintas regiones del país”, específica Acochiri.

Su odisea comenzó en La Paz, donde vivía inicialmente con su entonces marido. Ya tenían 10 años de pareja y decidieron iniciar el proceso de adopción.

Al principio, como muchas otras parejas, buscaban un bebé. Pero, luego de informarse de la mecánica y conocer la realidad de los niños en hogares y centros, cambiaron de idea, buscando un niño más grande, porque, en general, son los que tienen menos posibilidades de salir.

Mujeres voluntarias en un centro de acogida en El Alto. Foto: Defensoría del Pueblo

Así, comenzaron los trámites. “Estuvimos haciendo trámites durante tres años. Nos sugirieron que, por la edad que buscábamos, y por las condiciones en las que nosotros estábamos, que hagamos la adopción a nivel nacional, porque en La Paz era muy, muy difícil”, agregó la mamá.

Para complicar la cosa está la corrupción. “Nos pedían que paguemos u otros actos de corrupción”, cuenta Acochiri.

Algo similar experimentó Medina. A diferencia de otras personas, doña Sonia ya conocía a su futuro hijo. Lo encontró en las calles de Oruro cuando el niño tenía tres años. “Estaba muy descuidado, con la piel dañada por la sequedad y el frío”.

Lo llevó a su casa para atenderlo. En ese entonces, Medina estaba a punto de cumplir 50 años y de sus cuatro hijas biológicas, dos ya estaban casadas e independientes. Le curó las heridas, le abrigó y lo llevó a diferentes medios de comunicación, con la esperanza que los padres lo reconocieran y se contactaran con ella.

Lo hicieron, pero de la peor manera posible. Un día, una de sus hijas paseaba con el pequeño en una zona donde había bares. Una pareja lo reconoció.

Le perdieron la pista por mucho tiempo. Hasta que, en una ocasión, Medina acudió a un centro, gestionado por religiosas, quienes le informaron que encontraron un niño, de la misma edad y en condiciones similares, que decía que se llamaba Carlos.

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“Él eligió ese nombre. Él quería que le llamemos así”, recuerda Sonia. Es así que inició el trámite.

Pero encontró muchas trabas, incluyendo un funcionario que le prohibió contactar al pequeño. “Estábamos emocionados, pero cuando comenzaron a trancarnos, perdimos la esperanza”.

Lo mismo pasó con Acochiri. De La Paz, pasó su búsqueda a Santa Cruz y de ahí planeaban enfocarse en Cochabamba. De esta forma pasaron tres años.

Un día viajó a Tarija por trabajo. Allí conoció un colega que le indicó la posibilidad de adoptar dos hermanas, algo mayores de lo previsto. Regresó a la sede de Gobierno, habló con su pareja y decidieron intentar.

Para que sea posible el proceso, la pareja se trasladó a Tarija, para facilitar el contacto y la transición de las niñas. En esta ocasión lograron su objetivo. En relativo poco tiempo, su familia acogió a Isabella y Antonella. Esto ocurrió hace seis años.

“No creo equivocarme al decir que debemos ser de los primeros en el país en adoptar un grupo de hermanas, además de edades tan altas”, considera. 

De igual forma, Medina tuvo suerte. Un día se encontró con uno de los pocos funcionarios que la ayudaron. “Me preguntó dónde me había perdido y le conté cómo me prohibieron contactar con Carlos. ‘Doña Sonia, no se rinda, que Carlitos llora pidiendo por su mamá’, me dijo”.

Emocionada, regresó a su casa a hablar con sus hijas. En conjunto decidieron intentarlo nuevamente. Así, en 2010, Carlos se convirtió en el nuevo integrante de la familia Medina.

“Si bien era feliz con mis hijas, desde joven quería un hijo varón, morenito. Dios me lo dio”.

Si bien ambas madres aseguran que no “mimaron” mucho a sus nuevos retoños, el orgullo se escucha claramente. Como en todas las familias hubo momentos difíciles, choques de personalidades y una que otra pelea.

Pero, ninguna de las madres escondió la verdad de sus hijos. Los, ahora, adolescentes, saben que estas dos madres no les dieron a luz, pero sí que los escogieron y les dieron su amor.

 

La transición puede ser difícil y requiere de seguimiento

Aunque The Beatles aseguren que “solo necesitas amor”, la verdad es que incluso las madres más amorosas pueden encontrar problemas al momento de establecer relaciones con los hijos adoptivos.

“Hay que entender que nada es automático. Muchos de los chicos que están en adopción tienen traumas debido a la forma en que perdieron a sus padres biológicos. También algunos centros no son adecuados para su cuidado y eso acarrea problemas”, explica Ruth Dinelza Acochiri Cruz, madre adoptiva y activista.

Habla desde su propia experiencia. Cuando llegó el turno de sus hijas Isabella, de 10 años, y Antonella, de siete, el proceso no fue rápido ni fácil.

Parte de los problemas surgieron porque Isabella asumió, desde pequeña, el rol de madre para Antonella. Por lo que la menor de edad suele obedecer mejor a la mayor antes que a sus nuevos padres.

Otro problema es que, por la edad, Isabella era consciente de que fue su madre biológica la que perdió la custodia. Por eso, hubo por un tiempo rechazo a Ruth. “Mi exmarido tuvo una relación afectiva más fácil”, agrega.

Estas tensiones se cobraron una víctima: el matrimonio. Después de algunos choques, la pareja decidió separarse y, ahora, encontraron el equilibrio familiar. Si bien el matrimonio no existe, la relación entre padres e hijas es fuerte.

Es por eso que tanto Acochiri y Sonia Medina trabajan en redes para ayudar a las familias adoptivas. De hecho, Ruth trabajó en las reformas del sistema de adopción para hacerlo más fácil.  En las redes, la  Asociación Boliviana de Familias Adoptivas y Familias Corazón ofrece  consejos  y apoyo.