lunes 25 de mayo de 2026

Francotirador

El vacío frívolo de los candidatos de Evo

La política es, ante todo, un espacio de responsabilidad ética y compromiso con el destino colectivo.

No hay lugar a dudas. La imposibilidad de Evo Morales para ser candidato a la presidencia, hizo que el tiro salga por la culata: el binomio Andrónico Rodríguez y Mariana Prado. Ambos representan al deseo reprimido de seguir las huellas del MAS. Y es que, en tiempos de declive, las candidaturas se vuelven reflejos, no de propuestas, sino de carencias. El binomio Andrónico-Prado como opción presidencial, no representa una apuesta ideológica, ni un proyecto de país, sino más bien, el síntoma acabado de la frivolización de la representación política, donde los rostros sustituyen a las ideas y la imagen reemplaza a la sustancia. Se trata de una fórmula pensada, no para gobernar, sino para simular una continuidad artificial del poder.

Ambos personajes comparten más de lo que aparentan. Andrónico Rodríguez, considerado el sucesor político de Evo Morales, ha sido descrito como “el mudo”, un apelativo que no responde a un insulto, sino a su elocuente vacío discursivo. A pesar de ocupar un cargo como presidente del Senado, ha evitado sistemáticamente los debates nacionales, rehuyendo cualquier confrontación seria de ideas, evadiendo entrevistas y apareciendo, apenas, en actos simbólicos o expresando frases preparadas. Su función es mantener una fachada de renovación generacional dentro del MAS, sin autonomía, sin narrativa, sin liderazgo real.

Detrás de su figura, persiste la sombra de Evo Morales, quien no ha renunciado al control del instrumento político, ni al deseo de colocar una pieza leal que garantice su supervivencia judicial y simbólica. Andrónico representa ese intento de reconducir un proyecto agotado, al que ya no se le puede llamar revolución, ni tampoco gobierno, sino mera estrategia de resistencia tribal y facciones masistas. Su presencia en las encuestas —algunas lo sitúan en tercer lugar— responde más a operaciones de ingeniería electoral, diseñadas para polarizar y debilitar a los verdaderos contendores (como Tuto Quiroga o Samuel Doria Medina), que a una intención genuina de disputar el poder con ideas.

La designación de Prado como candidata a la vicepresidencia, constituye otro caso paradigmático de cómo ciertas figuras públicas logran posicionarse en la política, no por mérito o trayectoria, sino por un conjunto de atributos simbólicos vacíos, legitimados por la lógica del privilegio social, el marketing personal y el oportunismo de alianzas. Este fenómeno, cada vez más común en las democracias debilitadas, muestra una desconexión alarmante entre las élites políticas emergentes y las verdaderas demandas de la sociedad boliviana, marcadas por desigualdades estructurales y una economía de sobrevivencia.

Prado, ex ministra de Planificación y adoradora de Evo Morales, surgió como figura pública, más por sus vínculos ambiciosos y familiares, que por una praxis política clara o por méritos y capacidad. Proviene de un estrato social acomodado: la buena vida en una mansión con piscina en la zona de Avircato y un notorio complejo de Electra. La política, en este contexto, no fue un espacio de lucha o convicción, sino una plataforma de visibilidad.

Fue lanzada como candidata en una jugada que más parece el resultado de una negociación entre machos alfa, antes que una propuesta política seria. Algunos dirán que la impulsó la billetera de Cronenbold. Otros, más cercanos al realismo político boliviano, verán en esta candidatura el resurgimiento de una figura plástica, caracterizada por la vanidad de su Instagram y los guiños aprobatorios del culto a la personalidad de su eterno jefe: Evo Morales.

Durante su gestión (2017–2019), no se recuerdan esfuerzos relevantes, pues el Ministerio de Planificación fue una entidad meramente ornamental, en medio de un gobierno hipercentralizado y clientelar. Uno de los datos más elocuentes es el que publicó el Banco Mundial (BM) en 2018: más del 60% de la población económicamente activa de Bolivia trabajaba en la economía informal. Es decir, más de seis millones de personas vivían —y viven— al margen de la seguridad social, del acceso al crédito formal, del trabajo digno. Esas personas sobreviven con su esfuerzo diario, muchas veces desde la calle, la venta ambulante o el autoempleo sin ninguna garantía. Mientras tanto, el aparato estatal con una ministra como Prado, no hizo más que negar el estudio del BM y organizar foros sin capacidad ejecutiva.

Esta economía informal, que representa entre el 55% y el 62% del PIB según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Instituto Nacional de Estadística (INE), no es solo una anomalía, sino el síntoma de una crisis estructural que requiere políticas públicas de inclusión productiva, protección social y sostenibilidad fiscal. Sin embargo, ni Prado ni sus asesores impulsaron cambios que afectaran la matriz extractivista o la dependencia de subsidios. Su gestión fue una escenografía tecnocrática sin efectos reales.

Su candidatura revela, además, otra dimensión preocupante: la trivialización del liderazgo político y el vaciamiento del sentido republicano de servicio público. Prado no representa una militancia ideológica o una corriente programática. Su relación con figuras como Álvaro García Linera, no hizo más que reforzar su imagen de “figurín emergente”, moldeada por el poder masculino y el dinero, más que por convicciones personales. La vieja metáfora de la “hija política”, apadrinada por un impostor que también fracasó en sus promesas transformadoras.

Prado representa a una generación de élites desconectadas, convencidas de que el carisma mediático, las redes sociales y el marketing político son suficientes para ocupar cargos de representación nacional. En un país donde millones se ganan la vida cada día fuera del sistema formal, sin acceso a salud, jubilación o crédito, resulta ofensivo que quienes han vivido en la comodidad del privilegio pretendan engañar a esa Bolivia profunda que nunca han comprendido.

La política es, ante todo, un espacio de responsabilidad ética y compromiso con el destino colectivo. Pero cuando los cargos se reparten por conveniencia, parentesco o banalidad estética, la democracia se vuelve una parodia de sí misma. La candidatura de Prado no encarna una propuesta; encarna el vacío, en la misma dimensión que Andrónico. Sin embargo, este vacío se torna peligroso cuando pretende ocupar el lugar de la esperanza boliviana.

Ambos adoradores de Evo, aparecieron sin anunciarse y sin convencer. Andrónico Rodríguez y Prado no personifican un proyecto político, sino la desesperación de una élite decadente que, incapaz de ofrecer algún futuro, busca prolongar su supervivencia a través del modelo prebendal, el caos controlado y la simulación de alternativas. En Alianza Popular convergen el servilismo andinista y la frivolidad urbana, no como síntesis renovadora, sino como evidencia de que el viejo poder perdió toda capacidad de ordenarse racionalmente. Como advirtió Norbert Lechner, la izquierda latinoamericana —en su versión más dogmática— siempre fue reacia al orden, porque confundió revolución con desorden y radicalismo con retórica vacía. En Bolivia, esa izquierda ya ni siquiera es transgresora; es pura demagogia cínica, que vive del conflicto y se resiste a la institucionalidad porque el caos le rinde: tiempo, impunidad y dinero.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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