jueves 30 de julio de 2026

Vertientes de Albert Camus

Estudiosos de Camus coinciden en que cuatro palabras se desprenden de esta crítica impregnada de empatía: “soltura”, “alegría”, “calma” y “serenidad”, como si mediante ellas pretendiese atenuar su dolencia.
jueves 30 de julio de 2026

Investigaciones de toda época acerca de la vida del argelino-francés Albert Camus en quehaceres o aficiones muy distintas a su formación como novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista, dan cuenta sobre la incidencia de la música en sus días cotidianos. Bien que en su mundo sensible él mantuvo una relación poética y en cierto modo profunda con el arte sonoro, tal como atestigua su célebre cita “solo la música está al mismo nivel que el mar”, Pierre Grouix, ensayista, traductor, académico, y uno de los redactores del Diccionario Albert Camus, sostiene, en sentido opuesto, que él no tenía ningún interés particular en la música, y que esta “no era más que la pariente pobre de las artes creativas camusianas”.  

Sin embargo, en 1932, en su ensayo “Sobre la música”, el joven Camus se refiere al arte bajo el prisma de “la serenidad griega y la exploración de conceptos estéticos”, y muestra su profunda atracción por un helenismo, una armonía y un equilibrio que lo llevarían a descubrir complejas estructuras musicales -el contrapunto como ejemplo- que a la postre le serviría de guía en el plano literario para la creación de sus novelas. Sobre ello, y en refuerzo de sus hallazgos, los especialistas ponen el acento en la existencia de cualidades contrapuntísticas en El extranjero, “en particular en pasajes donde varias voces o elementos narrativos se entremezclan, a la manera de la música barroca”. 

En los carnets (cuadernos) de Camus, recopilaciones en tres tomos de diarios, frases, reflexiones, ideas, trabajos personales, lecturas y borradores, que abarcan desde 1935 hasta 1959, esenciales para la escritura de sus novelas y ensayos, el autor argelino cita con diversas motivaciones -algunas de ellas solo de paso, y otras con alguna profundidad- a los compositores Chopin, Liszt y Berlioz; a Manuel de Falla y al brasileño Heitor Villa-Lobos; a Mahler, Wagner y Scriabin (exalta a este compositor ruso estimulado por la inclinación  hacia su música que Boris Pasternak, su vecino en el campo de Obolénskoie, proclama fervorosamente en su Ensayo de autobiografía).

Llama la atención que Camus, barroco incondicional, no dedicase elogios a la eterna música de Bach, y que brevemente lo cite por “un episodio irónico que ocurre cuando un artista profano que debía ilustrar para un programa de radio la Pasión según San Mateo dibuja a un santo rodeado de bellas mujeres y de ángeles burlones”. Pero si el arte de Bach le es indiferente, es en Chopin, y en su célebre Estudio Op. 10., conocido como “Tristesse”, que Camus se rinde ante el esplendor de la música. En una tarde lluviosa de Amsterdam, describe la impactante escena de un pianista ambulante y menesteroso que toca este estudio “evocador de la angustia vital, sugerente del encanto del mundo de cara al infortunio y propiciatorio de juicios amplios sobre el absurdo, la condición humana y la melancolía”.  

Jean-Claude Brisville, editor, escritor, dramaturgo y guionista francés, autor de la biografía titulada “Camus”, le preguntó cierta vez sobre la influencia que había ejercido la música en él, a lo que Camus contestó en el apartado de sus carnets titulado “Respuestas a Jean Claude Brisville”: “Cuando era joven, literalmente me atiborraba de ella, pero hoy muy pocos músicos me conmueven” (de hecho, es posible evidenciar que en tres de sus obras menciona algo sobre música, y muy de pasada. En La peste, se refiere a la conocida canción de blues estadounidense St. James Infirmary Blues, y páginas más atrás alude a la ópera Orfeo y Eurídice del compositor alemán Christoph Willibald Gluck. En su libro La muerte feliz, cita el aria Toreador de la ópera Carmen de Georges Bizet; y finalmente hace mención, en El primer hombre, de La serenata del compositor italiano Enrico Toselli y de una canción popular titulada Ramona). Pero en una cuarta, tal como se alude más abajo, se remite a un compositor cuya música -en particular por una obra- lo deslumbra.

Si bien Camus advierte que, a diferencia de su juventud, muy pocos músicos le causan impresión en su etapa adulta, concluye sus “Respuestas a Jean Claude Brisville” con tres palabras que sorprenden: “Pero, siempre, Mozart”. Un Mozart próximo, sobre todo, al drama jocoso Don Juan, obra que conservaría por siempre en la memoria y presente en sus “Agradecimientos a Mozart”, en 1956, y en la “Conferencia de Upsala” del 14 de diciembre de 1957 (cuatro días después de habérsele concedido el Premio Nobel de Literatura).

Tocado por la sensibilidad y genio de Mozart, escribe Camus en su obra El verano “que para escapar de la poesía y encontrar la paz de las piedras, se necesitan otros desiertos, otros sitios sin alma y sin recursos. Y Orán (la ciudad argelina del Mediterráneo) es uno de ellos”, donde el aroma nunca evaporable del Don Juan puede respirarse igual que en una “Salzburgo apacible sin Mozart, pero que, de tarde en tarde, corre por encima del Salzach el imponente grito orgulloso de Don Juan hundiéndose en los infiernos”; un donjuanismo que, en profunda alegoría, Camus desarrolla en El mito de Sísifo, “el héroe absurdo”.

Aquí es relevante subrayar que la primera referencia que tuvo de Mozart fue la audición, en 1932, del concierto en Argel de un cuarteto de cuerdas y flauta (posiblemente el Cuarteto en Re Mayor), del que –como disenso razonable a la afirmación del citado Pierre Grouix- Camus ensaya una lúcida crítica en “Alger- Étudiant”: “Este cuarteto –dice- despliega soltura y alegría creativa. El sonido pleno de la flauta realza aún más la sensación de calma y serenidad del conjunto…”

Estudiosos de Camus coinciden en que cuatro palabras se desprenden de esta crítica impregnada de empatía: “soltura”, “alegría”, “calma” y “serenidad”, como si mediante ellas pretendiese atenuar su dolencia. Es que Camus sufre. Escupe sangre. La tuberculosis, enfermedad de los pobres en su Argelia postergada, lo obliga a dejar el fútbol, un deporte cuya práctica es difícilmente imaginable en un pensador como él, atrapado por los razonamientos filosóficos de Nietzsche, Schopenhauer, Dostoievsky, pero que, con pasión sin límite, y como escape a una infancia marcada por la adversidad y la pérdida, comienza a jugar desde pequeño en su natal Mondovi, una localidad situada en la costa este de Argelia.

Aquí, como si se tratara de un espejo que pudiese reflejar el mayor resplandor posible a los ojos de Camus, los autores superponen el fútbol a la afición de la música en él, como si este deporte fuese “una escuela vital, una metáfora de la vida misma donde se conjugan la solidaridad, el esfuerzo y la aceptación del azar”, o, apelando a Gramsci, “el reino de la libertad humana ejercido al aire libre”; expresiones todas que, en suma, convergen a la frase más memorable de Camus sobre el fútbol: “Todo lo que sé con mayor certeza acerca de la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.    

Durante la Primera Guerra mundial, su padre, obrero de un depósito de vino, se alista en 1914 en la infantería ligera y muere en combate cuando Camus tenía algo menos de un año de vida. Su madre, trabajadora de limpieza, sorda, muda y analfabeta, es quien se hace cargo del hijo. Sin embargo, ante las discapacidades de la mujer, su abuela materna es quien supervisa y gobierna, con extrema dureza, la infancia de Albert, un período de miseria que Camus retrata “en el ensayo El revés y el derecho y en su novela póstuma El primer hombre”, publicaciones en las que, como un dolor moral, acentúa en la descarnada suerte de los pieds-noirs (ciudadanos de origen francés principalmente, que nacieron o vivieron en Argelia durante el período colonial francés).

Se narra en la publicación Tribuna.com, que nada irritaba más a su abuela que el fútbol. “Cuando a menudo Abert jugaba cerca de casa y entraba con la ropa sucia y sus zapatos estropeados, caía el castigo. El dinero no sobraba, ni mucho menos, para comprar otros nuevos”. Con el fin de cuidarlos, Camus escoge entonces ocupar el puesto de guardameta: menos juego bajo los tres palos, menos entrevero con los rivales, por tanto menos daños. Paralelamente a su muy elogiado desempeño como portero en el equipo de la escuela, es brillante en los estudios y lee a Nietzsche, Malraux, Proust y Dostoievsky, Su paso firme en todo cuanto hace le da la confianza “para escribir y poner en escena sus primeras piezas”. 

Más adelante, un Camus arrebatado por el fútbol (un loco del fútbol escribiría Abel Pitous, su amigo de infancia), jugaría en el Racing Universitario Argelino (RUA), equipo en el que su sueño se vería fracasado por el diagnóstico de la tuberculosis. De esa época, escribiría años más tarde: “He aprendido lo poco de moral que sé en las canchas de fútbol que quedarán en mí como auténticas universidades. Y también he aprendido que una pelota de fútbol no llega jamás del lado de donde uno cree”; alegoría tal vez referida, como apuntan sus biógrafos, a que las personas no siempre actúan con sinceridad y rectitud, y que esa falta de garantías enseña una lección de humildad y aceptación ante el caos del destino.

Ya en plena Segunda Guerra mundial, trabajando como editor de Paris-Soir, y de algún modo distraer su sueño de ser futbolista profesional, acudía domingo a domingo al Parque de los Príncipes a ver al Racing Club de París, equipo al que seguía por tener la misma indumentaria de su club, el Racing Universitario Argelino, y porque contaba en sus filas con grandes jugadores. Con el paso del tiempo, y aunque Camus no los vería jugar, auténticos ases defendieron los colores del Racing Club de París: el alemán Pierre Littbarski, el francés David Ginola o el uruguayo Enzo Francescoli. 

Si Albert Camus ha reconocido el lugar ocupado por el fútbol en su vida y en su relación con los demás, (cierta vez confió a su amigo Charles Poncet que si él hubiera podido escoger, habría optado por el fútbol), otros filósofos y escritores lo jugaron como una actividad igualmente digna de reflexión: Jacques Derrida (delantero centro), Vladímir Nabokov (guardameta), o Camilo José Cela (delantero y autor de Once cuentos de fútbol). Sin duda que podrán existir más, pero es raro encontrar en alguien como Camus la afición por la música y su pasión por el fútbol tan estrechamente enlazadas.

1933. Enormes remolinos de sol cálido, seco, y viento ligero cubren Argel. Albert Camus, el joven de 20 años que estudia filosofía en la facultad de letras, se sienta próximo a su madre a escuchar el silencio, un lacerante silencio que se esparce por el pequeño apartamento de Belcourt, un barrio popular de callejuelas intrincadas. Es ahí donde ella trabaja como encargada de limpieza. La abraza... La mancha negra que carcome su pulmón derecho lo angustia. Debe escribir, y pronto, como un llamado de urgencia. Ha leído el ensayo titulado Les îles (Las islas) de su profesor de filosofía Jean Grenier. Lectura vital. Por primera vez un autor le habla de la soledad (como la soledad pobre que siente en ese momento), del desasosiego de la existencia y de un mundo indiferente a la suerte de todo individuo… Albert Camus será escritor.  

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.

 

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