domingo 1 de marzo de 2026

Ley pensante

El ajedrez político, las malas movidas y el pasado azaroso

El ajedrez político boliviano nos recuerda que las malas movidas no se corrigen con gestos desesperados, sino con la humildad de repensar la partida desde el principio.
martes 30 de septiembre de 2025

En la tradición del ajedrez, una mala movida no se mide únicamente por el error inmediato, sino por el eco que arrastra sobre toda la partida. Cada movimiento compromete no solo la pieza que avanza, sino la estructura entera del tablero. Así se percibe hoy el escenario político boliviano de cara a las elecciones de octubre: dos jugadores visibles, el capitán Lara y JP Velasco, han ingresado a la contienda con declaraciones altisonantes y gestos de fuerza, pero sin la calma estratégica que exige un país que se debate entre la esperanza y el desencanto.

El problema de fondo no es que ambos hayan jugado mal sus cartas, sino que conciban la política como un duelo de voluntades, y no como un proyecto de convivencia. La filosofía política, desde Aristóteles, nos recuerda que la polis no existe para garantizar la mera supervivencia, sino para alcanzar una vida buena en común. Sin embargo, en Bolivia persiste el riesgo de que la política siga reducida a la pugna entre caudillos, como si el Estado fuera un botín que se disputa a gritos y no una construcción que se teje con paciencia.

Max Weber advertía que el político auténtico necesita combinar la ética de la convicción con la ética de la responsabilidad. El primero cree en principios irrenunciables, el segundo en las consecuencias de sus actos. Ni Lara ni Velasco parecen haber conciliado ambas dimensiones: sus discursos fuertes apelan a convicciones inquebrantables, pero carecen de un horizonte responsable capaz de ofrecer estabilidad. En su lugar, transmiten una sensación de azar, de improvisación, como si Bolivia estuviera condenada a decidir entre cartas mal jugadas.

Aquí surge la dimensión filosófica más inquietante: ¿estamos condenados a repetir la historia de malas movidas? La memoria política de Bolivia es azarosa, hecha de rupturas, de gobiernos que nacen con promesas de redención y terminan en escenarios de división. El pasado enseña que la fuerza retórica no siempre se traduce en fortaleza ética. Los caudillos de antaño, como los de ahora, creyeron que gobernar era imponer, cuando en realidad la verdadera grandeza política consiste en reconciliar.

Cicerón decía que el Estado sin justicia no es más que una banda de ladrones. Si lo trasladamos a nuestro presente, cabe preguntarse: ¿qué es un país gobernado por hombres de declaraciones fuertes, pero de horizontes débiles? Es, en el mejor de los casos, un tablero de ajedrez donde las piezas se mueven sin estrategia, esperando que el azar incline la balanza. Pero un pueblo no puede vivir del azar; necesita instituciones sólidas, acuerdos mínimos, puentes que superen la fragmentación.

Hans Jonas, en su ética de la responsabilidad, planteaba un imperativo orientado al futuro: “obra de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana en la Tierra”. Si aplicamos esa advertencia a Bolivia, el voto de octubre no puede ser un cheque en blanco a la elocuencia, sino una apuesta ética por quien sea capaz de preservar la posibilidad misma de un futuro compartido. El país no requiere héroes momentáneos, sino estadistas conscientes de que cada decisión compromete a generaciones enteras.

Lo más preocupante no es quién gane en octubre, sino que la ciudadanía elija sin preguntarse qué modelo de poder está respaldando. El poder puede ser espada o puente: espada cuando divide y profundiza heridas; puente cuando tiende lazos y crea espacios de reconciliación. La pregunta es si estamos listos, como sociedad, para exigir un liderazgo que renuncie al grito y asuma la serenidad del constructor.

El ajedrez político boliviano nos recuerda que las malas movidas no se corrigen con gestos desesperados, sino con la humildad de repensar la partida desde el principio. Tal vez este octubre sea una oportunidad de mirar más allá de los jugadores visibles y recordar que, en última instancia, el soberano no son Lara ni Velasco, sino el pueblo que elige. El destino de Bolivia no debería depender de la arrogancia de dos piezas mayores, sino de la capacidad de todo un pueblo de imaginar un tablero distinto: menos azaroso, más justo, más humano.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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