lunes 16 de marzo de 2026

Medioambiente

Sope recuerda un año de la mazamorra que cubrió Andavilque; no hubo informe, tampoco casas para los afectados ni justicia

Las llamas que se salvaron quedaron de color plomizo, cubiertas de barro venenoso, y ni siquiera pudieron ser lavadas de inmediato, porque el torrente se había llevado también el sistema de agua.
Las 30 familias de la comunidad de Andavilque, en el municipio de Potosí, no recibieron ninguna reparación por la pérdida de sus casas. A un año de la llegada de la mazamorra, nadie se acuerda de lo sucedido en ese lugar. Foto: Sope
Las 30 familias de la comunidad de Andavilque, en el municipio de Potosí, no recibieron ninguna reparación por la pérdida de sus casas. A un año de la llegada de la mazamorra, nadie se acuerda de lo sucedido en ese lugar. Foto: Sope
lunes 16 de marzo de 2026

A un año de la mazamorra que asoló la comunidad de Andavilque, el 16 de marzo del año pasado, las viviendas siguen derruidas; no se conoció un informe oficial de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), ni del municipio de Llallagua, de la Gobernación de Potosí ni de otras dependencias del Estado sobre lo que provocó ese desastre, que causó dos muertes y afectó a la comunidad, informa la Sociedad Potosina de Ecología (Sope).

En su página, esta organización recordó hoy que pasó un año de la muerte de don Agapito y que ha pasado un año sin que se hubiera repuesto nada en la comunidad, a pesar de los compromisos asumidos por las autoridades municipales, departamentales y del Gobierno central.

Según Sope, las viviendas siguen derruidas y la Agencia de Vivienda les dijo a los pobladores que perdieron sus casas que había una normativa para donar viviendas a las más de 30 familias. Hasta la fecha no hubo ningún avance, porque el municipio de Llallagua no había saneado terrenos y ni siquiera se tiene información oficial sobre si efectivamente existían esos predios para activar el financiamiento de nuevas viviendas.

Aunque Comibol se comprometió a construir un dique en el lugar del desastre ambiental, e inclusive habría comprometido una inversión de 2 millones de Bs, los habitantes sostienen que solo parcharon algunos lugares del dique de colas, donde se concentran los residuos mineros, que hasta la fecha no fueron tratados. Advirtieron que “las filtraciones continuaban y que las aguas ácidas y las aguas coloradas, como fluidos en descomposición, seguían estancadas en las inmediaciones”, relata.

Al cumplirse un año, lo que reina en Andavilque, según Sope, “no es solo la ruina material, es también el trauma, la salud quebrantada, la incertidumbre, el abandono”.

Según esa organización, no existe sistema de alerta temprana. “Peor aún, los trabajos en el dique para la extracción del mineral por parte de la Cooperativa Multi Activa continúan”. El dique improvisado aún aguanta, sí, pero las lluvias tampoco habían tenido la intensidad del año anterior.

Lee también: Fuertes lluvias provocan inundaciones, daños y desbordamientos de ríos en costa de Ecuador

El día que llegó la mazamorra

Sope, en la publicación, recuerda que eran aproximadamente las 5.00 de la mañana del día 16 de marzo de 2025, cuando don Agapito, venciendo los achaques de la edad, se levantó en la pequeña comunidad de Andavilque. El frío aún pesaba sobre los techos humildes y el amanecer apenas se insinuaba, cuando un estruendo, seco y brutal, sacudió el aire. Había sonado como una explosión; no era trueno, no era lluvia, era la mazamorra.

Zaida, que se preparaba para ir a trabajar a Llallagua, fue la primera en verla. Desde lo alto bajaban toneladas de lodo, de banda a banda, llevándose por delante árboles, sembradíos y animales que ya nadaban en las aguas ácidas de la laguna El Kenko. Entonces su voz desgarró la madrugada: ¡Cuidado! ¡Salgan todos! ¡Socorro!.

Detrás de ella vinieron otras voces de espanto. Niños, mujeres y ancianos comenzaron a subir a las laderas para salvar la vida, mientras el barro descendía como un torrente descontrolado, pero no todos tuvieron tiempo: a don Agapito no le alcanzó el minuto ni el aire; quedó enterrado en su domicilio.

Juan Manuel, otro de los habitantes del lugar, aturdido, apenas pensó primero en su madre, la puso a resguardo y quiso volver por algo de su pequeño restaurante, alguna olla, algún saco, algo que pudiera salvarse, pero la fuerza de más de 4.000 toneladas métricas de lodos contaminados con cadmio, arsénico y otros venenos entró levantando puertas, arrastrando todo lo que había dentro. Nada se pudo salvar.

Solo se oían gritos desesperados de niños, ancianos y mujeres que por un instante sintieron que la muerte los había alcanzado. Doña Irene ya había presentido el peligro el día anterior, y esa mañana vio a su ganado nadar sobre el lodo antes de que el torrente se lo llevara. La riada recorrió 50 kilómetros del río Caripuyo, borrando cultivos de haba y arrastrando junto a los lodos contaminados árboles, techos, puertas y otros. Ella miró aquel avance ciego y monstruoso como si fuera, en verdad, la lengua de un demonio, que todo lo contaminaba, todo lo quemaba, todo lo destruía.

Una hora después, los vecinos caminaban sobre el lodo como sombras, tosiendo, con los pañuelos en la boca, los ojos enrojecidos por los gases, mientras miraban cómo el fruto de años de trabajo había sido borrado en minutos. Ya no quedaban más que escombros y ruinas; el aire era denso, los gases se infiltraban por las narices y se acumulaban en los ojos, y el lodo se adhería a la piel. Aun así, tuvieron que volver sobre la mazamorra para verificar que nadie más hubiese sido enterrado y rescatar algo entre la devastación.

Después llegó la ayuda del Servicio Departamental de Salud (Sedes) de la Gobernación, que movilizó tres ambulancias. Un batallón del Ejército acudió para prestar socorro. En medio de los gritos y la búsqueda, encontraron a don Agapito enterrado por el lodo; solo se veía parte del techo de su casa. Una cocina había sido expulsada por la fuerza del embate, pero él no tuvo esa suerte.

Las llamas que se salvaron quedaron de color plomizo, cubiertas de barro venenoso, y ni siquiera pudieron ser lavadas enseguida porque el torrente se había llevado también el sistema de agua.

Horas más tarde, la solidaridad llegó desde la ciudadanía de Llallagua, con expresiones de dolor, alimentos y vituallas. Se declaró emergencia municipal y se desplazó maquinaria para limpiar y habilitar otro camino para conectar con Llallagua, puesto que el principal acceso estaba interrumpido. Muchos fueron trasladados a un albergue improvisado.

Después vendrían las demandas apresuradas, los titulares, las acciones rechazadas y las promesas conocidas: que se repondrían las viviendas, que se investigaría la responsabilidad del desastre, que habría remediación ambiental, que se construiría o repararía un dique, que se implementarían sistemas de alerta temprana.

Andavilque no pide compasión; exige memoria, verdad y reparación. Exige que la muerte de don Agapito, el sufrimiento de las 30 familias afectadas y la devastación provocada por más de 4.000 toneladas métricas de lodos contaminados no sean reducidos a promesas ni al olvido.

Exige que Comibol, la Alcaldía de Llallagua, la Gobernación de Potosí y los ministerios competentes asuman su responsabilidad con transparencia, obras reales y garantías de no repetición. Porque ningún discurso sobre progreso puede sostenerse sobre casas derruidas, tierras contaminadas y comunidades abandonadas; y mientras no haya justicia para Andavilque, el desastre seguirá ocurriendo en la memoria de su pueblo.