miércoles 1 de abril de 2026

Puntos de fuga

Cochabamba no se rasura el bigote

En esta ocasión, la gente fue tan pragmática que decidió dejar de lado principios democráticos que hace poco llevaba como evangelio.
miércoles 01 de abril de 2026

La “ciudad-jardín” no ha cambiado de visión en los últimos 33 años. En ese tiempo, han desaparecido los partidos políticos tradicionales, ha transcurrido el ascenso y caída del MAS, ha pasado la guerra del agua, Enero Negro, el referéndum contra la reelección indefinida, la crisis de carburantes... En el mundo, los centennials están relevando a los millennials y los alfa ya asoman imparables como tráiler en curva. En Latinoamérica, hemos pasado de un clima de izquierda a uno de derecha. Las ciudades se están transformando alrededor de nuevas dinámicas y necesidades de sus habitantes. Incluso la moda ha cambiado varias veces: la ropa, los accesorios, los peinados, la arquitectura, la decoración, el mobiliario... Pero Cochabamba es reticente al cambio estructural. Mira el retrovisor antes que el espejo, se aferra a lo vintage y no se rasura el bigote. Manfred Reyes Villa ha vuelto a ganar la alcaldía con aplastante contundencia.

¿Por qué nos resistimos al viraje? En enero me topé con un estudio que expone las principales críticas a la administración municipal. Resulta que, más que el problema de la basura, la falta de agua, las inundaciones apocalípticas o la burocracia extorsiva, lo que más le molesta al cochabambino es el estado de las calles. Los baches. Todo lo demás son molestias menores, tolerables cosquillas en la oreja. Por ejemplo: la estructura monárquica del municipio, el pacto indisimulable del alcalde con Luis Arce que puso en segundo plano toda coherencia ideológica, su (reincidente) abandono de la ciudad para candidatear a la presidencia, su retorno sin rubor luego de haber sido derrotado… Nada de eso provoca censura. El cochalo puede pasar todo por alto, mientras le arreglen los benditos baches. Me quedé un buen rato con las cejas levantadas, esperando que alguien me dijera que era una broma.

En esta ocasión, la gente fue tan pragmática que decidió dejar de lado principios democráticos que hace poco llevaba como evangelio. El mismo ciudadano que en 2016 votó contra la reelección de Evo y que en 2019 salió a las calles a defender su voto hasta hacer renunciar al líder cocalero, hoy no encuentra problema en que un TED-veleta habilite a otro político atornillado en el poder, argumentando —como antes lo hacía Evo— que con él y solo con él saldrá el sol. La coherencia, al parecer, no está entre los baches que hay que tapar.

¿Qué emociones motivaron aquel voto masivo? Además del estrés cotidiano que imponen transportistas y comerciantes, el ciudadano carga con el trauma de la improvisada gestión del Cholango y los tiempos oscuros de J.M. Leyes, un delincuente edil que dejó al municipio en calzoncillos y en su huida nos robó hasta la esperanza. Sobre ese miedo, el marketing oficialista sembró con astucia una idea simple: “Los candidatos nuevos no tienen experiencia, son desconocidos, pueden cometer otro mochilazo o hacer caer otro puente. En cambio, Manfred recuperó Cochabamba y representa experiencia y progreso”.

No sé si a usted le queda claro, pero para mí el término “progreso” merece deconstruirse, analizarse y explicarse con mayor profundidad, porque en campaña fue una carnada que el oficialismo repartió a puñados. ¿Progreso para quién? ¿Progreso para todos o solo para la monarquía y su séquito? Tengo el honor de conocer a varios cortesanos que exhiben sin disimulo ese dichoso progreso: penthouses, autos de lujo, viajes, injertos capilares, botox y silicona. Sin duda, Reyes Villa es trabajador y ejecutivo y se lanza sin temor a construir obras faraónicas de ladrillo y cemento. Pero, ¿eso es progreso? ¿Acaso la alcaldía se reduce a una secretaría de Obras Públicas? ¿Hay progreso cuando se levantan monumentos de hormigón, pero no se construye futuro?

Quizás es eso lo que sus contendientes —al menos los más serios— debieron desarrollar y vender con mayor claridad y condimento. Que en 2026 no podemos seguir anclados en ideas de desarrollo de los años 90. Que urge una planificación urbana seria para las próximas dos décadas. Que el peatón vale más que el vehículo. Que un bosque urbano es más sano y democrático que un complejo privado de pádel. Que la basura no debe ser un gasto millonario, sino una fuente de empleo y riqueza. Que la noche debe reactivarse con imaginación para generar economía. Que los mercados pueden ser, al mismo tiempo, centros culturales. En concreto, que no habrá progreso integral ni futuro sólido si no equilibramos desarrollo material con desarrollo humano.

Sin embargo, el voto a favor del oficialismo fue tan abrumador que me lleva a una hipótesis desalentadora, pero comprobada: no es que el votante no comprenda todo lo que acabo de exponer; es, simplemente, que no está de acuerdo. Y por más incomprensible que a uno le resulte, hay que aceptarlo. En democracia, después de todo, debemos reconocer que hay múltiples ángulos para ver, evaluar y proyectar la realidad. Que cada quien —del más humilde al más letrado— carga un fragmento de razón, una sombra de egoísmo, una cuota de error y hasta algo de culpa. Y que nadie —bigotón o lampiño— es dueño de la verdad absoluta.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

 

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