viernes 1 de mayo de 2026

Puntos de fuga

Cuaderno amarillo, campaña negra

Por eso, pertenecer a una nación no conlleva el deber de ser nacionalista. Pero, ¿por qué somos tan fanáticos?
viernes 01 de mayo de 2026

“La corrupción debe combatirse, ante todo, en el interior de la propia conciencia”, afirmaba Salvador Pániker (1927-2017). Acotaba, con punzante lucidez, que hay políticos corruptos porque hay ciudadanos corruptores, y que la democracia será siempre frágil si la población no aporta con responsabilidad moral.

Además de la corrupción, pienso que hay otros males que la gente corriente debería combatir desde su propia conciencia. Entre ellos, la tozuda resistencia al pensamiento crítico es un rasgo generalizado que me provocó enorme desmotivación en este primer trimestre, donde participé en una campaña electoral dominada por actividades folclóricas, caducas e inútiles, propiciadas por esos vividores de manual y de bolsillo que impiden que la actividad política salga del fango. Allí, cada vez que sentía que mis fosas se obstruían con barro y mi vista se nublaba, me aferraba, como salvavidas, a los diarios de 1993-94 que este filósofo indio-catalán recopiló en Cuaderno Amarillo (2000).

Pániker cuestionaba una realidad transversal a la geografía y al tiempo, que en nuestra “Bolivia, Bolivia, Bolivia” está muy acentuada, aunque ausente en el debate: el poder del Estado está entregado a los raquíticos partidos y, a veces, a los indecentes taxi-partidos. El indefenso ciudadano debe elegir a sus conductores del pobre menú que sale de la cocina de inescrupulosos chefs —los delegados—, cuyo razonamiento para conformar las candidaturas —algo que pude evidenciar en la débil alianza de la que formé parte— prioriza, sin rubor, turbios proyectos personales antes que un proyecto colectivo potente, en favor del desarrollo y bienestar de una sociedad que Pániker definía con poética precisión: “una comunidad entre los vivos, los muertos y los que habrán de nacer”.

Hastiado de tanto absurdo terrenal, y también conmovido por dolores ajenos sin remedio, defendió una causa radical: la eutanasia. Pero esa lucha en favor de la libertad plena del individuo no habría sido posible sin una concepción más abierta, flexible y menos dogmática de la religión. “Dios no es el tipo de persona que uno invitaría a cenar —¿quién podría sentirse cómodo bajo la mirada de alguien que lo sabe absolutamente todo acerca de uno?—”, decía, y luego remataba: “Dios es luz, pero también oscuridad. Es el bien y el mal. Es la forma y la nada”.

“¿Por qué habría uno de ser completamente cristiano, budista o hinduista?”, preguntaba con desafío. Proponía tomar un poco de aquí y otro poco de allá, recoger información y energía de distintas fuentes y componer nuestro propio menú. Diseñar una religión a nuestra medida y rezar, con libertad, al “dios lo-que-fuere o lo-que-no-fuere”.

No dudó de la existencia histórica de Jesús. Sin embargo, lo despojó de todo ropaje divino. Sostenía que debió ser un hombre profundamente religioso, un sujeto sin oficio fijo que llevó una vida itinerante, moviéndose con naturalidad entre gente corriente e inadaptados sociales, empleando su tiempo en narrar historias, a la manera de esos santos caminantes que todavía hoy podemos encontrar en la India —o de aquellos incautos voluntarios de campaña electoral encargados de hacer proselitismo “puerta a puerta”—. Su resurrección, en cambio, le parecía una fantasía al servicio de la absolutización.

Y el enemigo es absolutizar. La iglesia y sus verdades eternas, el islam, el monoteísmo, el partido Único, el culto al Uno. Cuando uno comienza a absolutizar, entra en el camino de los desvaríos: la Patria, la Revolución, la Historia, la Verdad, el Partido... “En cuanto comienzan las palabras con mayúsculas, comienzan los crímenes”, sentenciaba.

Por eso, pertenecer a una nación no conlleva el deber de ser nacionalista. Pero, ¿por qué somos tan fanáticos? El filósofo lo atribuía al sentimiento de identidad colectiva que amortigua el shock de la muerte: “Yo moriré, pero la nación vive”. Una manera mañuda de buscar la trascendencia, ¿no creen? La reflexión se aplica también al fanatismo político. Haber participado en una elección bajo una sigla no obliga a defenderla hasta la muerte ni prohíbe criticarla. Ojalá lo entiendan algún día esas hojitas de té que, con melodramáticos lloriqueos, me reclaman cuando critico al gobierno de Paz Pereira, que en pocos meses está agotando lo que en el béisbol llaman strikes

Hay temas fundamentales sobre los que deberíamos debatir como sociedad. Temas que podrían darle a nuestra vida —individual y colectiva— un sentido más profundo, algo de paz, un poco de comprensión. Lamentablemente, nos pasamos el tiempo sumergidos en el barro, despotricando contra las bajezas de nuestros conductores. Sin embargo, celebro que, en momentos de agotamiento, cuando la luz y la penumbra se equilibraban y el espacio y el tiempo se congelaban, haya contado con un cuaderno amarillo que me ayudara a trascender y relativizar aquella campaña electoral caótica y estéril.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360.
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