jueves 28 de mayo de 2026

¿La vida no vale nada?

Tal vez por eso sigue resonando con tanta fuerza aquella sentencia luminosa de Sergio Almaraz Paz: “ni la idea más grande vale más que la vida del más humilde de los hombres”.

Hay frases que retratan un evento social mejor que cualquier tratado sociológico. En estos días de bloqueos, carreteras cerradas, desabastecimiento y desesperación colectiva en Bolivia, una de ellas ha quedado grabada con brutal crudeza en la conciencia nacional. Ante el pedido de auxilio para permitir el paso de un enfermo terminal, algunos bloqueadores respondieron: “que se muera el enfermo”.

No es solamente una expresión de intolerancia. Es el síntoma de una degradación moral mucho más profunda. Es el momento exacto en que la política deja de ser lucha por ideales y se convierte en negación de la condición humana del otro. Cuando una causa, cualquiera sea, pierde la capacidad de reconocer el sufrimiento ajeno, deja de ser legítima y comienza a parecerse peligrosamente a una forma de barbarie.

El gran psicólogo social Gustave Le Bon advertía ya en el siglo XIX que las masas, cuando actúan absorbidas por una emoción colectiva intensa, suelen perder la racionalidad individual y retroceder hacia comportamientos primitivos, impulsivos y destructivos. Elias Canetti, en Masa y poder, describía cómo el individuo diluye su responsabilidad moral dentro de la multitud y termina haciendo cosas que jamás haría en solitario. Y Sigmund Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo, explicaba cómo el contagio emocional puede sustituir el juicio crítico hasta anular completamente la empatía. Eso es precisamente lo más inquietante de lo que estamos viendo. Personas comunes, probablemente solidarias en su vida cotidiana, convertidas por la dinámica colectiva en sujetos capaces de impedir el paso de medicamentos, alimentos, oxígeno o combustible, son capaces incluso de condenar a muerte a un desconocido en nombre de una consigna política.

La pregunta inevitable es: ¿qué pulsión tanática, esa tendencia autodestructiva de la que hablaba Freud puede llevar a una sociedad a dañarse a sí misma con semejante ferocidad? Porque los bloqueos no destruyen únicamente al adversario político. Destruyen primero al propio pueblo que los ejecuta. Perjudican al campesino que no puede vender su producción y termina viendo pudrirse su cosecha. Arruinan al pequeño comerciante que deja de percibir ingresos diarios. Asfixian al transportista, al obrero, al trabajador informal. Paralizan hospitales, encarecen los alimentos y multiplican el sufrimiento precisamente entre los sectores más vulnerables.

Los bloqueadores creen castigar al gobierno, pero terminan castigando a la nación entera, incluyendo, sobre todo, a sus propias familias y comunidades. Y el daño mediato puede ser todavía peor. Cada episodio de violencia colectiva erosiona la confianza social, destruye el tejido comunitario y normaliza la deshumanización. Cuando una sociedad empieza a aceptar que un enfermo puede morir porque “la causa” está primero, se ha cruzado un límite extremadamente peligroso. Después de eso, toda atrocidad puede justificarse.

Hannah Arendt escribió que el mayor horror de los totalitarismos no era solamente la violencia física, sino la banalización del mal. El momento en que las personas dejan de pensar moralmente y actúan mecánicamente dentro de una lógica colectiva que considera irrelevante el dolor humano. Eso ocurre cuando la ideología reemplaza a la conciencia.

Bolivia vive hoy una tragedia silenciosa. La progresiva pérdida de sensibilidad frente al sufrimiento ajeno se normaliza y se acepta. Y una sociedad que deja de conmoverse ante la vida humana termina inevitablemente degradándose a sí misma. Ninguna reivindicación política puede estar por encima de la vida. Ningún cálculo estratégico puede justificar el hambre, la enfermedad o la muerte de inocentes. Ninguna consigna puede convertir la crueldad en virtud revolucionaria.

Tal vez por eso sigue resonando con tanta fuerza aquella sentencia luminosa de Sergio Almaraz Paz: “ni la idea más grande vale más que la vida del más humilde de los hombres”.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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