miércoles 10 de junio de 2026

Hilando Fino

El Mundial no le pertenece a la FIFA

Mientras las cámaras apuntan a los palcos del poder, la verdadera esencia del Mundial está en el niño que sueña, en la familia que se reúne y en los millones de personas que, por un instante, vuelven a emocionarse por las mismas razones.
miércoles 10 de junio de 2026

Este jueves el planeta volverá a detenerse frente a una pantalla. Comenzará una nueva Copa del Mundo. Las cámaras mostrarán estadios monumentales, ceremonias espectaculares y palcos ocupados por dirigentes, empresarios, autoridades políticas y personajes influyentes. Allí estará la élite del poder. Sin embargo, el Mundial no les pertenece a ellos.

El verdadero poder estará en otra parte.

Estará en el niño descalzo que, en algún rincón del planeta, mirará el partido soñando con vestir algún día la camiseta de su selección. Estará en el albañil que adelantó su jornada para llegar a tiempo al primer pitazo. En el trabajador que durante noventa minutos olvidará sus preocupaciones. En el enfermo que encontrará alivio en la emoción de ese partido largamente esperado.

El Mundial pertenece a la gente.

A quienes convierten una transmisión en una reunión familiar y encuentran en el fútbol una excusa para volver a encontrarse. Porque también puede ser el momento de llamar al padre, al hermano, al ser amado o a quien la vida alejó, y recordar que aún hay tiempo para reconciliarse.

Algunos vivirán la alegría y otros la decepción. Algunos verán su primer Mundial, otros quizá el último. Algunos países harán historia y otros quedarán en el camino. Pero todos compartirán la misma emoción.

Cuando juega una selección sucede algo extraordinario. Las ciudades quedan en silencio, las calles se vacían y millones de personas observan la misma pantalla con el corazón acelerado. La escena recuerda a la Navidad: familias reunidas alrededor de una mesa y una ilusión compartida.

Porque esa es la magia del Mundial: unir a personas separadas por océanos, idiomas y culturas.

Después de un triunfo, desconocidos se abrazan en las calles como si fueran viejos amigos. Por un instante desaparecen las diferencias y queda solamente la alegría humana.

Si un simple balón puede recordarnos que aún somos capaces de encontrarnos y reconciliarnos, quizá la política debería aprender de esta lección. Porque la mayor victoria de un Mundial no es levantar una copa, sino demostrar que todavía existen motivos para unirnos en tiempos empeñados en dividirnos.