martes 16 de junio de 2026

La Tribuna

El fin del monopolio de los gigantes

​Los partidos ya no son paseos; son batallas estratégicas donde nadie regala nada. Vivimos en una hermosa época de rebeldía, donde las diferencias históricas se achicaron a un suspiro.

El fútbol siempre fue un idioma universal, un rito que se celebra con la misma pasión en una cancha de barrio que en un estadio como La Bombonera o una catedral del fútbol como Old Trafford. Sin embargo, la historia nos había malacostumbrado a que el libreto de este juego solo lo sabían de memoria en dos lados. Tradicionalmente, Sudamérica y Europa han sido la cuna de los mejores futbolistas del planeta. Por peso propio, las potencias de ambos continentes armaron un monopolio, adueñándose no solo de los títulos mundiales, sino también del derecho a mirar por encima del hombro a los demás. Antaño, enfrentar a un gigante de estas latitudes era, para las selecciones del resto del mapa, ir directo al matadero. El peso de la camiseta no solo ganaba partidos; te asustaba en el túnel antes de salir a la cancha, congelándote el pecho. El partido era un trámite y la derrota, una profecía cumplida.

Pero el tiempo no se detiene y la globalización terminó por patear el tablero táctico. Con los modernos sistemas de captación y la apertura de fronteras, técnicos y preparadores de las grandes escuelas migraron a todos los rincones, enseñando cómo se cocina el fútbol moderno. Muchos países considerados "chicos" —esos que antes solo miraban la fiesta por televisión— empezaron a contagiarse de ese estilo de juego, de esa sangre, de esa forma de entender, sufrir y vivir los noventa minutos. Aprendieron que el gigante también muerde el polvo si se le juega con inteligencia. A fuerza de trabajo serio y una planificación a largo plazo, lograron mezclar el orden europeo y la picardía sudamericana con su propia idiosincrasia.

El resultado está a la vista en este Mundial de las distancias cortas, un torneo que les está rompiendo el bolsillo a los apostadores. Hoy, por ejemplo, las selecciones africanas ya no son aquel equipo ingenioso que corría mucho pero se desordenaba rápido. Hoy son auténticos cerrojos defensivos, planteles con una disciplina colectiva envidiable y contragolpes que te liquidan en tres toques. Por otro lado, los combinados asiáticos, con su tremenda disciplina mental, se convirtieron en calculadores tácticos: juegan con el nerviosismo del rival, aguantan el ida y vuelta sin despeinarse y entienden a la perfección en qué minuto hay que salir a morder arriba y en cuál es mejor meter el micro atrás para salir de contra.

 

 

Los partidos ya no son paseos; son batallas estratégicas donde nadie regala nada. Vivimos en una hermosa época de rebeldía, donde las diferencias históricas se achicaron a un suspiro. Es el torneo donde Japón le juega de igual a igual a la linajuda escuela de los Países Bajos y se da el lujo de ganarle arriba con un gol de cabeza, rompiendo el mito de la estatura europea. Es el campeonato donde fuimos testigos de la evolución de Estados Unidos que, bajo la batuta de un técnico con oficio y colmillo como Mauricio Pochettino, pareció robarle el manual de la viveza criolla a nuestra Sudamérica —el saber sufrir, el raspar cuando es necesario, el no achicarse— para darle una lección de madurez a una Paraguay impotente, que se quedó mirando cómo le arrebataban de las manos su histórica e inexpugnable garra guaraní. Incluso Marruecos, que ya no es ninguna sorpresa, sino un equipo durísimo de roer, le complicó los papeles a un peso pesado como Brasil, demostrando que al "jogo bonito" también se le puede oponer un libreto defensivo perfecto, con once jugadores dejando la vida en cada pelota dividida.

Claro que el fútbol tiene su lógica y siempre habrá espacio para que salte la ficha de la jerarquía individual. De tanto en tanto, una Alemania aceitada y fría como una máquina le meterá una goleada bárbara a una entusiasta Curazao, recordándonos que el presupuesto y la infraestructura aún pesan. Pero la regla general de este certamen nos grita una gran verdad: hoy ponerle la etiqueta de favorito a cualquiera puede ser un grave error.

La brecha se evaporó. Lo que un día fue un abismo, hoy es apenas una línea delgada que cualquiera se atreve a pisar. La evolución del juego obliga a las potencias a bajarse del pedestal y quemarse las pestañas en la pizarra, porque el conocimiento se democratizó. El fútbol actual nos está regalando la lección más linda de todas: que los colores de las camisetas ya no juegan solos, que los apellidos millonarios escritos en la espalda no ganan partidos por decreto y que los escudos, por más estrellas que lleven bordadas, ya no asustan a nadie. Al fútbol de hoy se le respeta corriendo el doble, pensando el triple y jugando con el cuchillo entre los dientes. Los gigantes ya no dan miedo, el monopolio se cayó a pedazos y en este hermoso descontrol táctico, los que ganamos somos nosotros.

¡Que viva, hoy más que nunca, el fútbol!