lunes 29 de junio de 2026

Francotirador

La dignidad de decir la verdad

Frente a ese panorama, la crítica independiente conserva un valor fundamental. No porque garantice victorias políticas ni reconocimiento público, sino porque preserva algo más importante: la dignidad personal.

Uno de los rasgos más inquietantes de la crisis boliviana no es solamente el deterioro económico, institucional o político. Existe un fenómeno más profundo y corrosivo: la normalización de la mentira y la ausencia de responsabilidad intelectual. En Bolivia, quienes ayer ocuparon cargos públicos durante los años más oscuros del régimen del Movimiento Al Socialismo (MAS) reaparecen hoy como analistas, comentaristas o expertos, como si nada hubiera ocurrido. Hablan desde la supuesta autoridad del conocimiento, pero rara vez explican qué hicieron cuando tuvieron poder, qué decisiones tomaron o qué silencios guardaron mientras el país se encaminaba hacia el desastre.

La situación resulta particularmente grave cuando antiguos funcionarios que administraron áreas sensibles del Estado se presentan como observadores imparciales de problemas cuya magnitud contribuyeron a ocultar o minimizar. La memoria pública parece evaporarse rápidamente. Quienes fueron parte de estructuras burocráticas responsables de la opacidad institucional encuentran con facilidad espacios en medios de comunicación, foros académicos o redes sociales, donde emiten diagnósticos sobre los mismos problemas que no supieron resolver o que prefirieron ignorar cuando tenían capacidad de actuar.

El problema no radica en que un ex funcionario participe en el debate público. Por el contrario, una democracia madura necesita escuchar múltiples voces, incluidas aquellas que tuvieron experiencia de gobierno. El verdadero problema aparece cuando esa participación está desprovista de autocrítica. La credibilidad intelectual exige algo más que experiencia administrativa. Exige honestidad para reconocer errores, admitir omisiones y explicar por qué determinadas políticas fracasaron.

La autocrítica constituye una de las formas más elevadas de responsabilidad pública. Sin embargo, en Bolivia parece haberse convertido en una especie en extinción. Muchos actores políticos prefieren reinventarse como expertos neutrales antes que confrontar su propio pasado. El resultado es una esfera pública contaminada por una extraña amnesia colectiva donde nadie parece responsable de nada.

Esta situación recuerda una de las grandes lecciones de la historia intelectual del siglo XX. Muchos pensadores que alguna vez creyeron en el comunismo tuvieron la valentía de reconocer públicamente las mentiras y los crímenes del socialismo real. Entre ellos destacó Jorge Semprún, quien comprendió que la fidelidad a la verdad debía estar por encima de la fidelidad al partido. Después de haber sido militante comunista y de haber conocido las contradicciones del sistema desde dentro, Semprún decidió denunciar los mecanismos de engaño, manipulación y ocultamiento que habían caracterizado a los regímenes socialistas.

Su ejemplo resulta particularmente relevante porque demuestra que la dignidad intelectual no consiste en tener siempre la razón. Consiste en reconocer cuándo uno se equivocó. La grandeza moral de Semprún no surgió de la perfección, sino de su capacidad para revisar críticamente sus propias creencias y asumir las consecuencias de esa revisión.

Bolivia necesita precisamente ese tipo de integridad. Necesita ex funcionarios capaces de decir: “Nos equivocamos”. Necesita autoridades que expliquen qué ocurrió con determinadas políticas públicas, por qué se ocultó información o por qué se ignoraron señales evidentes de deterioro institucional. Necesita una cultura política donde la crítica comience por uno mismo antes de dirigirse hacia los demás.

La verdad siempre tiene un costo. En sociedades acostumbradas al conformismo, quien ejerce una crítica independiente suele convertirse en un personaje incómodo. No porque sus argumentos sean necesariamente incorrectos, sino porque desafían las narrativas que permiten a muchos preservar privilegios, reputaciones o posiciones de influencia. La crítica auténtica incomoda porque obliga a recordar aquello que otros prefieren olvidar.

Por eso resulta frustrante compartir espacios de análisis con personas que nunca han realizado el menor ejercicio de rendición de cuentas. No se trata de una cuestión personal. Se trata de un problema ético. La autoridad intelectual debería derivar de la coherencia entre las palabras y los hechos. Cuando esa coherencia desaparece, el análisis público se transforma en una representación teatral donde los antiguos responsables de los problemas se presentan como observadores externos de las consecuencias.

El escritor checo Václav Havel hablaba de la necesidad de “vivir en la verdad”. La expresión conserva una extraordinaria vigencia para la Bolivia contemporánea. Vivir en la verdad significa rechazar las ficciones convenientes, las justificaciones oportunistas y las memorias selectivas. Significa asumir que ninguna transformación democrática será posible mientras quienes participaron en el deterioro institucional continúen hablando como si hubieran sido simples espectadores.

La recuperación del país no dependerá únicamente de nuevas políticas económicas o de nuevas elecciones. Dependerá también de reconstruir una ética de la responsabilidad. Una sociedad que no exige cuentas a sus dirigentes termina atrapada en un ciclo permanente de simulación. Los mismos actores cambian de discurso, cambian de cargo y cambian de relato, pero nunca asumen las consecuencias de sus actos.

Frente a ese panorama, la crítica independiente conserva un valor fundamental. No porque garantice victorias políticas ni reconocimiento público, sino porque preserva algo más importante: la dignidad personal. La posibilidad de mirar hacia atrás y saber que uno no participó en la fabricación de la mentira. La posibilidad de sostener una opinión sin depender de favores, cargos o lealtades partidarias. La posibilidad de ejercer la libertad intelectual incluso cuando resulta incómoda.

En tiempos de imposturas, decir la verdad sigue siendo un acto de resistencia. Y en una Bolivia donde abundan los simuladores, los oportunistas y los especialistas en reinventar su pasado, la dignidad de la crítica honesta constituye una de las pocas formas de ciudadanía que aún merece ser defendida.

* La opinión expresada en este artículo es de exclusiva responsabilidad del autor y no representa una posición oficial de Visión 360

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